LUCAS FAGGIANO, SENSATEZ Y SENTIMIENTOS

Nacer en Bahía Blanca y jugar al básquetbol son prácticamente sinónimos. Y si está en el ADN, es casi una obligación. Lucas Faggiano, como tanto otros, creció con una pelota naranja en la mano y la mirada hacia el aro. O hacia la cancha, donde su padre Jorge era protagonista en la Liga Nacional.

Nacer en Bahía Blanca y jugar al básquetbol son prácticamente sinónimos. Y si está en el ADN, es casi una obligación. Lucas Faggiano, como tanto otros, creció con una pelota naranja en la mano y la mirada hacia el aro. O hacia la cancha, donde su padre Jorge era protagonista en la Liga Nacional.

El base de San Martín de Corrientes rebobina su vida para encontrar sus inicios en el deporte, pero no encuentra el momento preciso donde detenerse: “No tengo el recuerdo exacto de cuándo empecé a jugar. Mi papá era jugador profesional y cuando él se entrenaba yo estaba en la cancha. Me fui metiendo de a poco y desde que me acuerdo ya estaba en Estudiantes de Bahía Blanca. Hice todas las inferiores en el club hasta que me invitaron a participar en el equipo profesional. Terminé la escuela y quise probar ser jugador profesional. Así empecé mi carrera y a los 16 años ya jugaba en el equipo principal de Estudiantes”.

Ese paso inicial en la Liga Nacional fue intenso pero breve. Así como hace hoy en la cancha, metió un sorpresivo cambio de dirección: “Después del primer año de Liga, en donde era juvenil, surgió la posibilidad de buscar una universidad en Estados Unidos. Me gustaba la idea de ir a estudiar y a jugar a un básquetbol que tiene el concepto de formarte durante cuatro años. Me surgió una beca en Brooklyn, en los Long Island Blackbirds, de División 1, y la conseguí. Me fui para Estados Unidos y la idea era quedarme los cuatro años, pero por motivos personales tomé la decisión de volver. Mientras estuve, fue muy lindo, una experiencia increíble en la que me entrené como nunca en mi vida y todo eso me fortaleció para el futuro”.

Lucas no pudo completar sus estudios de Administración de empresas y lo lamenta: “Llevaba bien la carrera, algo imprescindible ya que te exigen un nivel de notas para poder jugar. Hubiese sido lindo terminar y volverme con el título. Además, tomaba clases para perfeccionar mi inglés”. La idea de continuar sus estudios en Argentina dio vueltas por su cabeza, pero hasta el momento no la concretó: “Intenté, me inscribí, pero finalmente no lo hice. Lo veía como algo difícil de compatibilizar con el básquetbol profesional y ahora pasaron varios años. Si hubiese seguido, aunque fuera a un ritmo lento, ya tendría la mitad de la carrera hecha y habría sido positivo”.

El principal motivo del regreso de Lucas Faggiano a la Argentina fue la salud de su madre, Silvana. “Mi mamá se enfermó y decidí quedarme en mi ciudad con mi familia. Al mismo tiempo, de Estudiantes me ofrecieron formar parte del equipo. Lo cierto es que la decisión no fue deportiva pero una vez que resolví cambiar de planes y no volver a Estados Unidos acepté jugar en la Liga Nacional”, cuenta Faggiano.

Hay emoción en su mirada. Volver a vivir el período en el que la madre de Lucas sufrió por un cáncer le humedece un poco los ojos. Pero no se quiebra. Resiste como en aquel momento: “No fue fácil. Fueron años de lucha contra la enfermedad. Yo encontraba en el básquetbol un refugio. Me distraía, más allá de que era mi profesión y siempre lo tomé muy seriamente. Era el lugar donde me olvidaba de todo y me sentía en paz. Esas situaciones te hacen aprender que uno se pone mal por un partido perdido o porque en la cancha no te salen las cosas como querés, pero a eso hay que darle una importancia relativa. Porque después la vida te hace dar cuenta de qué es lo que realmente debe importar”.

El 3 de marzo de 2013 murió Silvana. Lucas lo afrontó como pudo y volvió a cambiar de dirección tras en 5 años en Estudiantes: “Falleció mi mamá, tuve una situación conflictiva en Bahía Blanca y en dos o tres meses pasé de estar con mi familia a vivir en Buenos Aires y jugar en Boca. Fue un período de cambios en el que decidí hacerme un tatuaje como homenaje a ella y cambié el número de camiseta también por ella. Toda mi carrera había usado el 12, que era el número que siempre había usado mi papá, pero empecé a usar el 3 porque era el día que había muerto mi mamá. Necesitaba hacer un click como para seguir adelante en mi vida”.

Y ese camino continuó con dos temporadas en Boca, luego una en San Lorenzo y de allí a Corrientes, donde Faggiano dio un salto de calidad: “Fue todo un desafío. Tomé la opción de San Martín porque iba a tener más protagonismo. Había sido campeón de la Liga Nacional en San Lorenzo, pero con un rol más secundario, saliendo del banco. A media que fueron pasando los años en San Martín crecieron mi ascendencia y mi protagonismo. Ya en la temporada pasada tenía bastante responsabilidad, pero en un equipo con muchísima más experiencia. Este año se fueron muchos jugadores experimentados y quedó más en evidencia mi responsabilidad en el equipo. Soy el capitán, que es algo muy lindo. El club y yo fuimos subiendo escalones”.

Esa escalera ascendente llevó al equipo correntino a jugar su primera Liga de las Américas, en la que no logró el objetivo de clasificarse para la fase de semifinales. “Siempre es muy lindo jugar torneos internacionales. No nos vamos conformes. Sabíamos que era un grupo duro pero nuestra idea era ir por mejores resultados. Más allá de eso, fue muy motivante poder jugar este torneo y competir contra equipos de Brasil y Chile”, dice el base del conjunto argentino.

Uno de los espectadores en las tribunas del Coliseo Antonio Azurmendi de Valdivia, Chile, durante el Grupo C de la Liga de las Américas, fue Jorge, el papá de Lucas: “Disfruta de verme en la cancha. En los acontecimientos importantes siempre está”. Jorge Faggiano fue un jugador destacado en los primeros años de la Liga Nacional. Ídolo en Estudiantes de Bahía Blanca y respetado por todos. Jorge es siempre el faro hacia donde mira Lucas.

“Es muy importante. Siempre me preguntaron si me pesaba el hecho de ser ‘el hijo de’ pero a mí nunca me pesó, todo lo contrario. Cuando alguien venía y me contaba sobre mi papá, de todos sus logros y el reconocimiento, yo lo tomaba como un motivo de orgullo y no como una presión. Siempre me hablaron bien de él como persona, más allá de lo que había sido como jugador, y eso siempre fue positivo para mí. Él siempre entendió cuándo hablarme o cuándo callarse. Qué decir y qué no. Cómo comportarse en la cancha, nunca gritó. Siempre esperaba a que estuviera frío para hablarme sobre el juego, nada en caliente. Y si no venía a hablarme, yo le preguntaba. Siempre fue un aporte valiosísimo tener a mi papá como referente”.

La historia del seleccionado argentino indicaba que había 6 parejas de padres e hijos que vistieron su camiseta. Hasta que los Faggiano conformaron la séptima. Jorge jugó entre 1983 y 1988, mientras que el 29 de noviembre de 2018 llegó el debut de Lucas, en los clasificatorios a China 2019.

“Para mi viejo fue como si estuviera jugando él. Cuando le conté, a los 5 minutos ya tenía sacados los pasajes para ir a ver los partidos. Haber jugado los dos en la Liga Nacional ya era muy lindo y poder hacerlo los dos en la Selección fue algo soñado y que nos generó un gran orgullo”, explica Lucas. Y agrega: “Siempre quise estar en la Selección. Cuando fueron pasando los años me volví más realista y entendí que por la calidad y cantidad de jugadores que hay en mi puesto era muy difícil que me convocaran. Sin embargo, algunos hechos me fueron acercando e ilusionando. Primero me invitaron a participar de unas prácticas abiertas y eso me hizo trabajar más para intentar estar. La esperanza crecía y el día que llegó la citación fue una alegría inmensa. Y el día de jugar, ni te cuento. Lo viví con muchos nervios porque era mi debut y por el contexto ya que era de local, a cancha llena, contra Estados Unidos y necesitábamos ganar para clasificarnos al Mundial”.

Ese estreno ideal en el seleccionado le entregó a Lucas una imagen que quedará para siempre en su recuerdo: “Tengo una foto jugando un pick and roll con Scola y esa será una de las fotos que marquen mi carrera. Hace un tiempo atrás nadie hubiese imaginado que iba a vivir ese momento. Fue un extra más que se agregó a la situación. Es un lujazo haber compartido equipo con él. Pero a la hora del partido hay que dejar de lado las emociones que te genera tener a esa clase de jugadores al lado porque si no se te viene todo encima, te desborda, y no podés jugar”.

La ilusión de estar en le Mundial no se la quitará nadie a Faggiano. Pero su sensatez lo hace saber dónde está parado: “Prefiero tener los pies en la tierra y entender. Cuando me citaron mi único pensamiento fue ir y ayudar en los minutos que me tocara en cada partido. Así lo hice y fue mi máxima alegría. Preferí no mirar más allá. Sé que el puesto de base está muy bien cubierto en calidad y cantidad y que por muchos años Argentina no va a tener problemas en la base”.

Lucas Faggiano, a los 29 años, tiene la inteligencia y madurez de un veterano de 40 y los sentimientos le afloran como un chico que recién empieza. Como ese que picó por primera vez una pelota en su casa, separada del club Estudiantes de Bahía Blanca apenas por una pared.

Texto: Pablo Cormick/FIBA
Fotos: FIBA

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