🌎 LA HISTORIA DE LOS TORNEOS DE SELECCIONES DE AMÉRICA

En los días previas al inicio de la fase final de clasificación de la AmeriCup 2021, FIBA hace un recorrido de la mano de los periodistas Alejandro Pérez, Marcos Mejías Ortiz, Germán Beder, Pablo Cormick y Reiner Izturriaga por la historia de los torneos en el continente americano desde la época previa a la propia AmeriCup, pasando por el dominio de Brasil y Puerto Rico en los 80, el protagonismo de USA y Puerto Rico en los 90 y los diferentes campeones de las últimas dos décadas.

En los días previas al inicio de la fase final de clasificación de la AmeriCup 2021, FIBA hace un recorrido de la mano de los periodistas Alejandro Pérez, Marcos Mejías Ortiz, Germán Beder, Pablo Cormick y Reiner Izturriaga por la historia de los torneos en el continente americano desde la época previa a la propia AmeriCup, pasando por el dominio de Brasil y Puerto Rico en los 80, el protagonismo de USA y Puerto Rico en los 90 y los diferentes campeones de las últimas dos décadas.

Foto: FIBA
EL BALONCESTO INTERNACIONAL DE LAS AMÉRICAS ANTES DE LA AMERICUP

El continente americano, extenso y desigual, demoró en unirse en el básquetbol. No se propagó con rapidez el ejemplo de Sudamérica, que fue pionera en competir regionalmente, ya que unida desde la década del 20, en 1930 disputó el primer Campeonato Sudamericano, la que se convirtió en la primera competencia internacional exclusiva de este deporte en el mundo.

Si hasta la región de Centroamérica y el Caribe demoró hasta 1965 para realizar su Centrobasket inaugural, aun cuando los Juegos Centroamericanos habían incluido al básquetbol desde su creación, en 1926.

El básquetbol de América tuvo su reunión bautismal como parte de la primera edición de los Juegos Deportivos Panamericanos de Argentina, en 1951. Estados Unidos, Argentina, Brasil, Cuba, Chile, Paraguay, México, Ecuador y Colombia se unieron en aquella competencia que mostró un destacable nivel deportivo en sus participantes.

Desde allí los Panamericanos se consolidaron para el básquetbol como la cita periódica en el calendario olímpico del nuevo continente. Allí confluían (y aun lo hacen) cada cuatro años, los mejores para competir. Ese mismo calendario y el acuerdo entre la Federación Internacional (FIBA) y el Comité Olímpico (COI) estipulaba que los Panamericanos servían como la vía directa de clasificación para los Juegos Olímpicos. Luego, se realizaban Preolímpicos mundiales, con países de todo el mundo, como repechajes para decidir las últimas plazas disponibles. Ese método se utilizó hasta la edición panamericana de Cali´1975, previa a la olímpica de Montreal en 1976.

Durante las siete ediciones (1951 a 1975) en que se mantuvo este esquema Estados Unidos impuso su previsible superioridad, logrando 6 medallas de oro. Los otros dos países que demostraron ser grandes potencias continentales fueron Brasil (seis medallas, una de oro en 1971, una de plata y cuatro de bronce) y Puerto Rico, que acumuló cuatro podios, tres en el segundo lugar y uno en el tercero. Los argentinos en el inicio (dos platas en 1951 y 1955), México (plata en 1967), Panamá y Cuba tuvieron apariciones esporádicas y fugaces.

A su vez, para los Campeonatos Mundiales eran los torneos regionales los que determinaban las clasificaciones de los equipos americanos. Tanto el Sudamericano, como el Centrobásket eran las plataformas de despegue para el ámbito mundial, al tiempo que Estados Unidos y Canadá entraban directamente, sin necesidad de pelear por su vacante. Así fue hasta 1985.

Esa estructura de funcionamiento competitivo comenzó a cambiar a mitad de los años 70, cuando el 11 de octubre de 1975 se fundó la Confederación Panamericana de Básquetbol (COPABA), la entidad que pasó a administrar la actividad continental, desde sus oficinas en San Juan de Puerto Rico.

Pocos años más tarde COPABA decidió poner fin a la injerencia de la Organización Deportiva Panamericana (ODEPA) en las clasificaciones para los Juegos Olímpicos y dispuso la creación de la AmeriCup en 1980, que en su momento se llamó el “Torneo de las Américas”, como evento preolímpico continental, a través del cual se definieron las tres plazas asignadas para los Juegos de Moscú de ese mismo año. La primera sede fue otorgada a Puerto Rico, que vivía una euforia por el baloncesto, luego de la magnífica medalla de plata lograda en los Panamericanos de 1979, con un equipo compuesto por mayoría de “nuyoricans”, jugadores de origen puertorriqueño, pero nacidos o criados en Estados Unidos, en su mayoría en Nueva York.

Se determinó que el torneo fuera algo más reducido en sus participantes (desde 1967 a 1979 intervinieron entre 10 y 13 equipos por edición en el básquetbol de los Panamericanos), lo que aumentaba la calidad de los equipos. Si bien inicialmente se conformó el Preolímpico con ocho países, la renuncia de Venezuela dejó como históricos “fundadores” a Puerto Rico, Canadá, Argentina, Brasil, México, Cuba y Uruguay, los que finalizaron en ese orden,

Carlos Raffaelli es una de las grandes figuras del básquetbol argentino anterior a la Generación Dorada. Sus recuerdos son positivos sobre la creación del Torneo de las Américas, siendo un destacado protagonista de la primera edición en 1980, en la que terminó como quinto máximo anotador, con 19,0 puntos de promedio. Él había participado de dos Juegos Panamericanos, en 1975 y 1979, y reconoce que “el básquetbol es una de las tantas disciplinas de ese torneo y eso, a veces, nos llevaba a dispersarnos por todo lo que había alrededor. En cambio, en aquel Preolímpico inicial, solo se trataba de básquetbol. Además, el formato era más sencillo y el objetivo era específico: clasificar a los Juegos de Moscú”.

El argentino, que brilló entre las décadas del 70 y 80 y que también intervino en el Preolímpico de 1988, remarcó, además, que “al haber menos participantes, estaban los equipos más poderosos, a excepción de Estados Unidos. Entonces el torneo no te daba descanso. Eran todos partidos exigentes e importantes, porque el premio de clasificar a unos Juegos Olímpicos o, después, a un Mundial, era muy grande”.

“El acierto de la implementación de ese torneo está en que cuando se pasó a jugar cada dos años, creció en el interés de los equipos, mucho más cuando Estados Unidos debió empezar a participar y hasta con sus jugadores NBA”, y Raffaelli remata con un ejemplo: “la mayor demostración de la importancia del Torneo de las Américas está en que mientras este crecía, para el básquetbol los Juegos Panamericanos fueron perdiendo interés”.

El puertorriqueño Flor Meléndez es un ícono en su país, pero también es un personaje reconocido en toda Latinoamérica. A sus 73 años no deja lugar para dudas de que “el Torneo de las Américas, que en 1980 fue Preolímpico, pasó a ser el torneo más importante del continente. Todos lo encarábamos con mucha responsabilidad, porque ganarlo era algo grande”. Y para graficar su opinión remata con una cita que lleva su firma: “Siempre dije que para Puerto Rico ganar el Centrobasket es una obligación y ganar el oro Panamericano está dentro de lo posible. Pero si ganábamos un Torneo de las Américas, y más si era Preolímpico, había que festejar con champán…”.

Flor Meléndez (Foto: Angel Colón)

Sobre la primera edición de 1980, ganada por Puerto Rico con marca de 5-1, el veterano entrenador, que por entonces era un joven de solo 33 años, que hacía menos de tres que se había retirado como jugador profesional, recordó que “armamos un equipo que mezclaba experiencia y juventud, que se fortificó con la incorporación de Neftalí Rivera. Ese equipo venía trabajando desde los Panamericanos del año anterior e hicimos una gran preparación. Estaban en un gran momento y jugaron un gran baloncesto que terminó con el título”.

Meléndez participó de otras ediciones como entrenador jefe, en 1993, por ejemplo, dirigiendo a Panamá y en 2011 volvió a conducir a Puerto Rico. Como conoce gran parte de la historia del torneo afirma que “el torneo evolucionó y con él los equipos. Países como Argentina, Venezuela y hasta Islas Vírgenes se convirtieron en grandes animadores. Era el torneo que todos esperaban y las federaciones se peleaban por organizarlo, porque tener a los fanáticos de tu lado, era una ventaja en un torneo tan duro”.

No son pocos los que consideran a Arturo Guerrero el mejor jugador de la historia de México. Esa opinión se fundamenta en que se trató de un anotador incansable, de los mejores de América Latina. En el Torneo de las Américas (Preolímpico) de 1980 resultó el máximo anotador, con 24,5 puntos de promedio. El mexicano considera que “la creación de ese torneo demostraba que FIBA tomaba el mando del sistema de clasificación para los Juegos Olímpicos, que empezaba a ordenar y decidir su calendario continental en América”.

Arturo Guerrero
BRASIL Y PUERTO RICO DOMINARON AMÉRICA EN LOS 80

La primera década de disputa del Torneo de las Américas, en las cuatro ediciones que contempló, no mostró cambios significativos en la realidad del básquetbol continental. Con Estados Unidos apenas apareciendo en el cierre de los años 80, fueron Brasil y Puerto Rico los que dominaron el torneo, repartiéndose dos títulos cada uno. Los números son elocuentes y avalan la superioridad de estos dos seleccionados sobre el resto.

Los brasileños se quedaron con los títulos en el Torneo de las Américas de 1984, como local en San Pablo, y de 1988, festejando en Montevideo, Uruguay. Además, sumaron un cuarto lugar en 1980 y un bronce en 1989.

Sus números, implacables, no dejan lugar a ningún cuestionamiento. Su rendimiento en esa década inicial fue estupendo, ya que acumuló 26 triunfos en 30 partidos, alcanzando un récord ganador del 87%. Lo hizo a su manera, con un ataque demoledor que trepó a los 101,1 puntos de promedio, escondiendo una defensa que no era para sentir orgullo, ya que recibió 91,3 en contra de media.

Por su parte, los boricuas también disfrutaron de una década para el elogio. Alcanzaron los títulos en 1980, ante su propio público, y el de 1989, en la altura de la ciudad de México, en la primera práctica como Premundial. Quedaron segundos en 1988 y el único traspié fue en 1984, con una frustrante sexta ubicación.

Las buenas performances también se reflejan en sus números: logró un 70% de triunfos, como resultado de un récord de 21-9, apoyado también en un ataque prodigioso (94,1 puntos por juego), claramente superior a una defensa que permitió 81,1 puntos de sus rivales.

Puede pensarse, como una forma de marcar alguna diferencia ante rendimientos muy similares, que Brasil hizo un brusco recambio generacional y conformó una amplia base de jugadores que se sostuvieron durante varios años en un alto nivel. Los inolvidables Oscar Schmidt y Marcel De Souza comandaron un equipo que salía de memoria ante cada torneo internacional, que mayoritariamente integraban, además, Israel, Gerson, Guerrinha, Maury, Cadum, Paulinho Vilas Boas o Rolando Ferreira, y que dejó poco margen para la aparición de otros nombres.

Puerto Rico también hizo su recambio, aunque le demoró algún tiempo más para llegar a resultados similares. De aquel histórico equipo de 1979-80, plagado de “nuyoricans”, fue mutando su esencia, dando paso a otros jugadores formados en la isla como Quijote Morales, Piculín Ortíz, Fico López o los hermanos León. Por supuesto que incorporar a los formados en Estados Unidos siguió siendo, hasta hoy, un recurso habitual. Sin embargo, en los 80 y 90, las raíces boricuas estuvieron más expuestas.

¿Cómo jugaba ese Brasil? Imponiendo el ADN de sus hombres de esa época, expuso a la perfección una manera de sentir el básquetbol, que era, fundamentalmente, desde el ataque. Desplegó una forma propia de entender el juego y conformó un equipo tan particular, como efectivo e inolvidable.

¿Cuál era el estilo de Puerto Rico? Emulando la escuela estadounidense en la que se formaron muchos de sus hombres, fue un estilo individualista, intenso, vertiginoso y bien fundamentado técnicamente. Claro que, para mal y para bien, le agregó el toque latino indisimulable: desordenado, pero con una actitud ganadora inquebrantable.

Más allá de todos estos datos o de la cronología se pueden exponer varios argumentos más para demostrar el porqué del dominio de brasileños y boricuas. Para Marcel, uno de los anotadores más consistentes de la historia en Latinoamérica (¿y en el mundo?), es difícil el análisis, pero se anima con algunos argumentos. “Lo primero que pienso es que nos aprovechamos de que Estados Unidos no participó y cuando lo hizo en 1989, presentó un equipo de universitarios. Otro motivo era que teníamos hombres altos y buenos, que marcaban diferencias. Brasil tuvo a Marquinhos, Israel, Gerson o Rolando. Puerto Rico tuvo a Piculín, Rivas y Ramón Ramos. Los dos equipos tenían perímetros anotadores, porque sabíamos que si fallábamos, el rebote estaba asegurado”, aporta el paulista como primeras ideas.

Marcel de Souza

Pero Marcel, que en aquella década promedió 19,2 puntos en 22 partidos por Torneos de las Américas, se entusiasma y, con la misma claridad que tuvo para jugar, agrega otros motivos: “Muchos de los jugadores de ambos países tuvimos experiencias en Europa y eso nos daba otro ritmo y otra fortaleza en nuestro juego, nos daba un roce que en Latinoamérica no era habitual. También dominamos, porque Argentina tardó un poco más en desarrollarse. Cuando los argentinos mejoraron, pasaron a dominar ellos”.

A los 63 años Marcel, que además se graduó como médico, especializado en radiología y medicina de familia, lanza una carcajada cuando recuerda que “los partidos con Puerto Rico eran muy divertidos. Había muchos lanzamientos y poca defensa… Éramos dos equipos parecidos, con jugadores muy ofensivos y hacíamos posesiones muy cortas. Era otro básquetbol. Después vino la escuela europea de juego controlado y todo cambió”.

Raymond Dalmau es un mito viviente del básquetbol de Puerto Rico y en tres décadas distintas dejó su sello en el ámbito internacional. A sus 71 años asegura que “hubo dos grupos. El que se formó en los años 70, con el que logramos el título de 1980, y el que se formó después de nuestros retiros, a mitad de los 80. En ambos casos la característica fue que pasamos juntos un largo tiempo, nos conocíamos mucho. Los nuyoricans que llegamos en los 60 y 70 conformamos un equipo con talento y con ganas de trascender. Y los muchachos que nos siguieron, el grupo de Piculín, Mincy, Fico o Rivas, mantuvieron un nivel igual o mejor que el nuestro, para que Puerto Rico estuviera siempre entre los mejores”.

Dalmau mantiene un récord inigualable en el Torneo de las Américas, ya que es el único que lo ganó como jugador (1980) y como entrenador (1989). “Ese título en México tuvo un gran valor, porque lo conseguimos a pesar de que nos faltaron varios jugadores muy importantes y que le ganamos a un Estados Unidos conformado por colegiales, que era lo que usaba en esa época. Ellos no conocían el ámbito internacional y con una buena estrategia pudimos ganarles. Allí, como en el Mundial de 1990, demostramos que Puerto Rico era una potencia internacional”.

Las estadísticas dicen que Brasil le ganó a Puerto Rico las cuatro veces que se enfrentaron durante los años 80 en el torneo continental. Dalmau reconoce que “Brasil fue nuestra némesis, pero siempre fueron partidos duros y parejos. Éramos dos equipos que peleábamos por ser los reyes de América y generamos una rivalidad que fue todo un desafío y que provocó grandes espectáculos”.

 

ÓSCAR Y MARCEL, UNA DUPLA BIEN BRASILEÑA

Para muchos un estilo de juego en el deporte se construye a través de pequeñas sociedades. A veces, se trata de duplas, en otro momento se pusieron de moda los tridentes o “Big Three”, más acá se habló de “cuarteto estelar” y hasta se exageró con “el quinteto de la muerte”. Pero cualquiera sea la cantidad de integrantes, lo valioso es que esos jugadores encajen bien, que coincidan en una forma de sentir el juego, que se complementen, que sepan convivir, que se potencien mutuamente y que juntos hagan más fuerte a ese equipo y lo lleven a buenos resultados. Eso, ni más ni menos, sucedió con los brasileños Marcel Ramon Ponickwar de Souza y Oscar Daniel Bezerra Schmidt.

¿Qué será aquello tan invisible, pero tan fuerte, que unió a estos dos personajes míticos del básquetbol de América? ¿Cómo fue posible que aún surgidos desde puntos tan distantes hayan logrado una inmensa simbiosis? Es que merece mirarse el extenso mapa de Brasil para comprobar los 2.911 kilómetros que separan la industrializada Campinas, en el estado de San Pablo, donde nació Marcel el 4 de diciembre de 1956, y la turística Natal, en Río Grande del Norte, lugar de nacimiento, el 16 de febrero de 1958, de Oscar.

¿Dónde coincidieron oficialmente por primera vez con la camiseta de Brasil? Dos semanas antes de la Navidad de 1973 participaron del III Campeonato Sudamericano Juvenil en Bahía Blanca, Argentina. Marcel, de 17 años, proveniente de Jundiaí Clube, mientras que Oscar, con apenas 15 años, había empezado a jugar en el Unidade Vizinhanza de Brasilia, donde se había radicado un par de años antes por la carrera militar de su padre.

El camino ganador en común comenzó a gestarse en junio de 1975, en el siguiente Sudamericano Juvenil disputado en Araraquara, San Pablo. Allí vencieron en la final a Argentina, que tenía como uno de sus valores destacados a Mario Scola, el padre de Luis, campeón olímpico 2004.

Allí empezaron a escribir una historia compartida, en la que no hicieron otra cosa que anotar muchos puntos y ser protagonistas en casi todas las competencias en las que participaron. Compañeros en el Club Sirio de San Pablo entre 1978 y 1982, también hicieron una experiencia juntos en el Juve Indesit Caserta de la entonces poderosa Lega de Italia en la temporada 1983-84, terminando Oscar con 28,1 puntos de promedio y Marcel con 15,5.

Pero donde escribieron los capítulos más gloriosos fue en la selección brasileña de mayores, disputando juntos los Campeonatos Sudamericanos de 1977 (campeones), 1979, 1983 (campeones) y 1985 (campeones), las Copas del Mundo de 1978 (medalla de bronce), 1982, 1986 y 1990, los Juegos Olímpicos de 1980, 1984, 1988 y 1992 y los Juegos Panamericanos de 1979 y 1987. Acá conviene detenerse, porque en esta última edición, en Indianápolis, protagonizaron una de las hazañas máximas del básquetbol de América, ganándole a Estados Unidos la final por 120-115 con una actuación inolvidable de Oscar (46 puntos) y Marcel (31 puntos), para quedarse con el oro.

¿Qué los hacía tan formidables anotadores a Oscar y Marcel? “Nosotros tuvimos una rivalidad, pero una rivalidad positiva. Si Oscar se quedaba después del entrenamiento lanzando al canasto, yo también me quedaba. O al revés. Muchas veces, con todo el equipo arriba del bus, debían esperarnos que termináramos nuestros ejercicios de tiros extras. Y ese esfuerzo nos hizo mejores jugadores”, recuerda Marcel.

Hace poco tiempo atrás, Oscar homenajeó a Marcel, considerándolo “mi gran compañero del básquetbol y de la vida”.

Como no podía ser de otra manera, en su paso por el Torneo de las Américas dejaron una marca imborrable. Su primera aparición fue en la edición inicial de 1980, con Marcel sumando 20,0 puntos de promedio, mientras que Oscar aportó 18,7. Entre ambos acumularon el 42,7 de los puntos del equipo.

Marcel aclara que “en el campo nunca fue una disputa entre nosotros, jugábamos contra el rival y para el que estuviera mejor ese día. Hacíamos lo que le convenía al equipo” y, entre risas, agreqa: “Jugar con Oscar era muy fácil. En esa época el rival sólo tenía un jugador que defendía bien y se lo asignaban a él, que igual hacía sus puntos. Entonces, yo quedaba libre para hacer mis tiros también”.

Tras no poder compartir la edición y el título de América en 1984 por una lesión de Marcel, se reencontraron en el Preolímpico de 1988, ya sí para festejar la coronación continental y la clasificación a los Juegos de Seúl. Allí Oscar terminó en 30,0 puntos de promedio (36% en triples) y Marcel agregó otros 13,1, con 35,6% detrás del arco. Entre ambos anotaron 43 de los 56 triples de Brasil y lograron el 44% de los puntos del equipo.

Para explicar parte de por qué el éxito de esa dupla memorable, Marcel pone las cosas en contexto, aclarando que “era otra época. Las defensas eran mucho más livianas, no eran tan agresivas, ni había tanto contacto físico. Había algunos que no defendían, solo miraban al rival. Más allá de eso, nosotros entrenábamos mucho para mantener la buena puntería”.

En el Torneo de las Américas de 1989, a pesar de que Brasil terminó tercero, la tarea de ambos fue impresionante, porque Oscar lideró la tabla de anotadores con 32,8 puntos de promedio, con un 42% en triples, al tiempo que Marcel lo acompañaba con 24,6 puntos de media y un 45% en triples. Los dos aportaron 48 de los 66 triples de Brasil y el 49,4% de los puntos totales.

Marcel afirma que junto a Oscar fueron “los inventores de los contraataques definidos con tiros de tres puntos. En ese época se consideraba una locura venir en carrera y tirar un triple, pero para nosotros era natural. Y como teníamos una alta efectividad, era más productivo terminar de esa manera. Además, era algo que ensayábamos en las prácticas. Buscábamos jugar de esa manera”.

El ex jugador sigue riéndose cuando trae una anécdota fantástica que incluye a Guerrinha (Jorge Guerra), el histórico armador de equipo de Brasil de los años 80-90: “Cuando estábamos con el grupo le hacíamos bromas a Guerrinha, diciéndole que era muy fácil sumar asistencias en ese equipo. Solo debía hacer un pase, solo uno, para el costado y Oscar o yo anotábamos. Así cualquiera podía sumar asistencias…”.

Su última aparición en América fue en el torneo de Portland 1992. Allí Oscar volvió a sobresalir como anotador, con 31,3 puntos por partido y un 35% en triples. Marcel sumó 10,8 puntos, con 38% en triples. Entre ambos colaboraron con 34 de los 50 bombazos de Brasil en el torneo y con el 40% de los puntos totales.

Marcel asegura que el gran mérito de ese equipo de Brasil, que los tuvo a él y a Oscar como símbolos, “fue haber creado un estilo propio, de juego rápido y muchos tiros, usando los triples como arma principal. Pero claro, cuando tienes un 44 o 45% de efectividad es difícil perder. En algún torneo el cuerpo técnico analizó que el promedio de tiempo de posesión por ataque era de solo 4 segundos. Una locura”.

Tal vez allí radique la causa de esa unión indescriptible que conformaron Oscar y Marcel. La forma de sentir y de entender el básquetbol y que lo interpretaron de una forma única e imborrable. Una forma bien a la brasileña.

 

ESTADOS UNIDOS Y PUERTO RICO FUERON LOS PROTAGONISTAS EN LOS 90

Luego de cumplida su primera década de existencia, la AmeriCup tomó un giro espectacular en los 1990’s, que comenzaron con la llegada de uno de los mejores equipos en la historia del baloncesto, tuvo torneos y finales dramáticas y vio el nacimiento de una escuadra que eventualmente se bañó en gloria.

En lo que fue la cuarta edición del torneo continental celebrada en la ciudad de Portland en el verano de 1992, por primera vez, los profesionales de la NBA vistieron el uniforme nacional de los Estados Unidos, en un conjunto que siempre ha sido recordado bajo el mote de “Equipo de Ensueño”, o simplemente en inglés: ‘Dream Team’.

Como era de esperarse, Estados Unidos arrasó con toda la competencia camino a conquistar su primera medalla de oro de la AmeriCup, y que luego siguió con su paso arrollador en los Juegos Olímpicos de Barcelona.

Michael Jordan

Leyendas de la talla de Michael Jordan, Magic Johnson, Larry Bird, entre otros, marcaron un hito en la historia de la AmeriCup y que se extendió a nivel mundial y cambió la historia del baloncesto.

“El Dream Team encendió el interés en el baloncesto alrededor del mundo”, expresó en 2019 el otrora comisionado de la NBA, David Stern al portal The Undefeated.

La AmeriCup de 1992 fue la segunda aparición de Estados Unidos en el evento, luego de su medalla de plata en 1989, cuando perdió en la final ante Puerto Rico. En Portland, Estados Unidos no dejó duda de su superioridad al ganar sus seis partidos con un promedio de 51.5 puntos por encuentro y con siete de sus jugadores promediando puntos en doble figura. Venezuela fue la grata sorpresa al llegar a la final del torneo, siendo la primera vez que lograba un podio continental.

La selección norteamericana fue la dominante en la década de 1990 con cuatro títulos (1992, 1993, 1997 y 1999), dejando vacante el trono en 1995 cuando no fue a Argentina.

En 1993, la capital puertorriqueña de San Juan volvió a albergar la AmeriCup por primera vez desde 1980, su edición debut. Los boricuas, que pasaban por un gran momento en el baloncesto internacional, estaban dispuestos a recuperar la corona conquistada en 1989, pero Estados Unidos dio al traste con sus planes en el juego final (109-95). Aun así, Puerto Rico se mantenía en los primeros planos del continente, luego de clasificaciones consecutivas a Copas del Mundo (1986 y 1990) y Olimpiadas (1988 y 1992), además de la medalla de oro en los Juegos Panamericanos de La Habana 1991.

Puerto Rico fue el otro país que pudo ganar la AmeriCup durante la década, cuando en 1995, con un segundo grupo de jugadores, pero encabezado por los estelares José “Piculín” Ortiz, Jerome Mincy y Ramón Rivas, dio el campanazo en el torneo celebrado en Neuquén y Tucumán.

José “Piculín” Ortiz

Meses antes, 11 jugadores de la escuadra principal boricua habían sido suspendidos en Puerto Rico por los incidentes ocurridos durante los Juegos Panamericanos de Mar del Plata, cuando el grupo reclamó pagos pendientes por parte de la federación local. Por varias semanas se discutió en la Isla que equipo se iba a llevar, pues en la AmeriCup habían solo tres plazas para los Juegos Olímpicos de Atlanta. Es decir, treparse al podio era obligación si se quería ir a la cita olímpica de 1996.

Apenas tres días antes de iniciar el torneo, se anunció la decisión de mantener el castigo a los sancionados y Puerto Rico acudió con sus tres líderes (Ortiz, Mincy y Rivas) junto con otros nueve jugadores, algunos novatos de la selección y otros veteranos que aceptaron el llamado. Puerto Rico sorprendió al ganar el torneo con marca de 9-1, siendo la única derrota un revés por 35 puntos en la segunda ronda del torneo ante Argentina, a la cual vencieron en la final por un ajustado, 87-86. Argentina tenía en sus filas a unos jóvenes Fabricio Oberto y Rubén Wolkowyski, jugadores de la eventual Generación Dorada, que tuvieron sus primeros pasos en la selección.

“Fue un torneo de mucha satisfacción por la forma que se logró la medalla”, recordó el técnico Carlos Morales en el Podcast En la Pintura Deportes en 2017. Morales fue dirigente de Puerto Rico de 1993 al 1999.

Ortiz fue el referente de los boricuas, que ganaron por tercera ocasión el prestigioso título continental, el último hasta la fecha. “Fuimos con los jugadores que dijeron presente. Todos metimos mano y salimos airosos. La afición en Neuquén fue muy generosa con nosotros”, indicó Ortiz.

La AmeriCup de 1995 marcó el final de la carrera continental de uno de los grandes del baloncesto internacional: el brasileño Oscar Schmidt, quien se despidió de la selección en las Olimpiadas de 1996.

Oscar Schmidt

En 1997, Montevideo recibió la AmeriCup, tal y como hizo nueve años antes (1988). La final volvió a tener de protagonistas a Estados Unidos y Puerto Rico, que lucharon por el cetro continental por tercera ocasión, aunque ambos pasaron por caminos distintos para llegar a dicho partido. Luego de un inesperado revés en el juego inaugural ante Venezuela, Estados Unidos arrasó con la competencia para ganar los siguientes siete partidos para así lograr su tercer campeonato de la AmeriCup. Por su parte, Puerto Rico, disputó su tercera final continental consecutiva en la década luego de estar apunto de quedar eliminado en la fase regular del torneo. Pero victorias ante Argentina y Brasil en el inicio de la segunda etapa del torneo, elevó la moral de los boricuas que volvieron a treparse en el podio. Mientras, Brasil, bicampeón en los 1980’s, sumó su tercera medalla de bronce en cuatro ediciones.

Para 1999, la AmeriCup volvió al coliseo Roberto Clemente de San Juan, pero esta vez con un ingrediente especial. Luego de ceder el título mundial en 1998, y con solo dos boletos disponibles para las Olimpiadas de Sidney 2000, Estados Unidos recurrió a su talento de la NBA para recuperar el trono de las Américas. Con nombres como Tim Duncan, Kevin Garnett, Jason Kidd, entre otros, la escuadra estadounidense no dio paso a la sorpresa y ganó el torneo de manera invicta (10-0).

Con Estados Unidos como favorito para quedarse con el oro y uno de los pases olímpicos, el resto del continente batalló por el honor de la medalla de plata y el otro boleto disponible para la cita olímpica del siguiente año. Puerto Rico lucía como favorecido al jugar en casa y sumar un invicto de 5-0, pero una derrota ante Canadá en la semifinal evitó un nuevo enfrentamiento ante Estados Unidos por el título. Canadá, con equipo encabezado por el base Steve Nash, se quedó con el otro boleto para Sidney 2000.

Steve Nash

Aunque quedó fuera de la meta olímpica, la AmeriCup de 1999 fue una de mucha ganancia para Argentina. Este torneo fue el primero en el que la selección sudamericana le dio las riendas del equipo a un joven grupo que hizo historia a nivel juvenil con mucha proyección. Manu Ginóbili, Andrés Nocioni, Luis Scola, Wolkowyski, Oberto, entre otros, se agenciaron la medalla de bronce continental, pero más que eso, dieron el primer paso para lo que sería una historia dorada que se escribió en la siguiente década.

En resumen, en la década de 1990’s, la AmeriCup tuvo a Estados Unidos como su máximo campeón con cuatro títulos. Puerto Rico, por su parte, jugó en tres finales, incluyendo el oro de 1995, y fue la única selección en llegar entre los primeros cuatro lugares en todos las ediciones celebradas en la década de 1990. Argentina sumó dos preseas de bronce, una plata y sentó la base para sus memorables éxitos que llegaron años después. Mientras, Venezuela (1992) y Canadá (1999) tuvieron el honor de ser los escoltas de las escuadras estadounidenses conformadas por jugadores de la NBA.

Sin duda, la AmeriCup quedó marcada con la década de 1990 y cambió el rumbo de lo que fue el baloncesto en el inicio del siguiente siglo.

LOS NÚMEROS CON LOS QUE OSCAR SCHMIDT MARAVILLÓ A AMÉRICA

Del brasileño Oscar Schmidt, uno de los más formidables anotadores de la historia del básquetbol mundial, ya se escribió mucho. Se agotaron casi todos los elogios posibles, los que siempre fueron objetivamente merecidos. Por eso, buscaremos abordarlo desde lo estrictamente estadístico, lo que dará una referencia irrefutable de su valor, al tiempo que la contundencia de los números nos provocará un lógico asombro.

Aunque ya lleve más de 16 años fuera de la actividad, sus 19 temporadas como deportista profesional fueron una avalancha permanente de puntos y de triunfos. El mítico Oscar, integrante del Salón de la Fama de FIBA desde 2010, dejó su sello distintivo en cada competencia por la que pasó. Y en el Torneo de las Américas lo hizo de manera contundente: participó en seis ediciones (1980, 1984, 1988, 1989, 1992 y 1995) y a excepción de la primera, en las cinco restantes terminó como máximo anotador, con un promedio de 28,0 puntos en 46 partidos disputados.

Pero aquí nos remitiremos solo a los años 80, a sus primeras cuatro ediciones, en las cuales llevó a Brasil a dos títulos continentales. En la primera experiencia del Torneo de las Américas Oscar contaba con apenas 22 años y en aquel Brasil aun no era la figura indiscutida. Como en el plantel también coincidían otros jugadores de calidad, como el pivote Marquinhos, el también tirador Marcel o el base Carioquinha, la ofensiva estaba más repartida. En ese entonces Oscar transitaba la aclimatación a su nueva posición de alero, ya que él había aparecido en el profesionalismo, a mitad de los años 70, como pivote, debido a su altura de 2,04 metros.

Igualmente, en Puerto Rico 1980, no sorprendió que terminara, luego de seis partidos, quinto entre los mejores atacantes, con un promedio de 18,7 puntos, producto de un 50% en tiros de campo y un inmaculado 32-32 en tiros libres. A pesar de ese contexto, terminó anotando el 21% de los puntos totales de Brasil.

Cuando volvió a disputar el Torneo de las Américas en 1984, ya tenía 26 años y llevaba dos temporadas de experiencia en la exigente Lega de Italia, jugando para el Caserta. En San Pablo, como local, arrancó con una actuación “moderada”, en lo que sería una constante en los torneos de esa década, sumando 14 puntos ante Uruguay. Con el correr del torneo calentó la mano y llegó a 29 puntos con Panamá, 27 frente a Argentina, subió a 30 contra México, logró 28 ante Cuba y tocó el máximo con República Dominicana: 34 puntos. Sobre el final aminoró sus aportes, con 20 ante Canadá y 27 contra Puerto Rico.

Brasil terminó campeón invicto durante ocho partidos en 1984, obteniendo el pasaje a los Juegos de Los Ángeles, y ahora sí Oscar Schmidt fue el máximo anotador del torneo, cuando todavía no se habían incorporado los triples, con 26,1 puntos de promedio. El mérito de esta performance se acrecienta cuando se ven la proporción de aciertos: 62% en tiros de campo, 84% en libres, sumados a 4,5 rebotes. Esa vez, su aporte significó el 27% de los puntos totales de Brasil.

Cuando el básquetbol de América se reencontró, en 1988, Oscar estaba en la plenitud de su carrera (30 años) y ya era una estrella mundial. Había liderado la mayor sorpresa hasta ese momento, ganándole la medalla de oro en los Juegos Panamericanos a Estados Unidos en su propia casa (Indianápolis 1987) y venía de una campaña estupenda en Italia, donde había promediado 37,3 puntos por juego. En Montevideo otra vez comenzó “flojo”, sumando 18 puntos ante Argentina, pero después destrozó a Puerto Rico con 40 puntos, de los 98 del equipo. Tras regular su aporte frente a Venezuela (18), volvió a deslumbrar contra México (35), aunque los brasileños sufrieron una inesperada derrota, y ante Uruguay, en tiempo extra, alcanzó los 44 puntos, de los 96 de Brasil. Allí estuvo demoledor, con 11-15 dobles y 5-8 triples. Desde ese partido hasta el final estuvo imparable, anotándole 29 a los canadienses, 36 a Uruguay, ahora en semifinales, y 20 a Puerto Rico en la definición del torneo.

Para Brasil resultó su segundo título y la clasificación a los Juegos Olímpicos de Seúl. Para Oscar significó otra vez ser el máximo anotador, alcanzando un promedio de 30,0 puntos, sostenidos con una muy buena efectividad del 58% en dobles y 36% en triples, más 5,5 rebotes de media. En aquella oportunidad su incidencia subió al 31% de los puntos totales del equipo.

El Torneo de las Américas de 1989, el primero que funcionó como Premundial, y el brasileño, a los 31 años, trepó hasta números fantásticos en la Ciudad de México. Como de costumbre fue calentando el motor, y de los pálidos 15 puntos frente a Paraguay, saltó a 24 frente Canadá. Cuando Brasil le anotó 131 puntos a Venezuela, Oscar aportó 44 (15-19 dobles y 1-9 triples). Después vinieron dos partidos de 24 puntos, contra Ecuador y Argentina, para volver a descollar ante Cuba, al que le marcó 40 puntos, con 13 de 21 tiros de campo. Sin embargo, lo mejor llegaría en la semifinal ante Estados Unidos, cuando alcanzó su marca máxima con 45 puntos (el equipo tuvo 96 totales), con 9-17 triples, a pesar de la derrota. En el partido por el bronce, ante Venezuela, encestó 31 puntos, con 11-19 tiros de campo, y Brasil consiguió el pasaje al Mundial de Argentina 1990.

Oscar terminó con promedio de 32,8 puntos, sustentado en un 61% en dobles y un destacado 42% en triples, contribuyendo con el 28% de los puntos totales.

El brasileño cerró esa primera década anotando 823 puntos en 30 partidos, de los que ganó 26, logrando dos títulos, con una media de 27,4 puntos por juego (60% en dobles y 39% en triples), confirmando que fue la principal estrella de la que disfrutó el Torneo de las Américas en sus primeros pasos.

 

EL NACIMIENTO DE LA GENERACIÓN DORADA Y LAS SUPERESTRELLAS DE ESTADOS UNIDOS

El nuevo formato de juego anunciado por FIBA allá por mediados de 2015 abrió múltiples posibilidades para el baloncesto americano. Sobre todo, permitió acercar a las selecciones de cada país a su respectiva afición, con un estilo de disputa sólido, moderno y equitativo. Pero también abrió espacio a una competencia nueva, que lentamente va creciendo en identidad y jerarquía. Se trata de la AmeriCup. Y se habla de ella como un certamen de jerarquía porque antes de recibir la actual denominación, ya era un torneo continental fuerte, distinguido y valorado, incluso por los propios protagonistas. Han pasado muchísimas figuras de renombre por los FIBA Américas. Muchísimos equipos que, más tarde, terminarían trascendiendo a nivel mundial. La historia es larga y profunda. Pero sólo basta con repasar las ediciones de la primera década del milenio para comprobar el interés que despierta en los fanáticos y el gigantesco semillero de estrellas que supo ser y seguirá siendo. Constatemos…

En 2001, el torneo se realizó en Neuquén, Argentina, en un estadio Ruca Ché que presentó marcos inolvidables (a la altura del evento). Fue el primer título fuerte de la famosa Generación Dorada, equipo icónico de la Selección Argentina que por ese entonces dirigía Rubén Magnano. La base de jugadores fue la misma que luego alcanzaría el subcampeonato en la Copa del Mundo de Indianápolis 2002: Emanuel Ginóbili, Luis Scola, Fabricio Oberto, Juan Ignacio Sánchez, Rubén Wolkowyski y Hugo Sconochini, entre otros. En ese certamen también se pudo ver a varios NBA, como los canadienses Steve Nash y Todd Macculloch y el boricua Daniel Santiago. Incluso participó el venezolano Carl Herrera. No obstante, todas las luces se las llevó Ginóbili (24 años), finalmente MVP, quien ya comenzaba a distinguirse como un jugador totalmente distinto al resto en la suma de sus virtudes: ambición, mentalidad, talento y altruismo.

Manu Ginobili

La siguiente cita fue en 2003, en Puerto Rico, una sede recurrente para los FIBA Américas. Y esa edición, en cuanto a figuras, puede haber sido la más importante de la historia. No sólo por el peso de los nombres, sino también por el momento que atravesaban al momento de la competencia (muchos de ellos en máxima plenitud).

El campeonato otorgaba tres plazas para los Juegos Olímpicos de Atenas del año siguiente y esos lugares se compitieron con ferocidad. Un lugar se lo adjudicó Estados Unidos, que venía de concretar un discreto Mundial en su tierra y apeló a una verdadera constelación de estrellas para borrar la imagen del año anterior. Estuvieron todos los referentes de aquella etapa: Allen Iverson, Jason Kidd, Tracy McGrady, Tim Duncan y Vince Carter. El segundo boleto le correspondió a la Selección Argentina, que también acudió a la cita con todo su arsenal. Y el tercer pasaje se lo adjudicó Puerto Rico, que hizo pesar la localía y el talento de sus estandartes (Piculín Ortíz, Daniel Santiago, Carlos Arroyo, Larry Ayuso y compañía), en un gran cierre ante Canadá. El torneo tuvo altísimo nivel, emoción, adrenalina y competitividad extrema.

Ya en 2005, el evento se mudó a República Dominicana, más precisamente a Santo Domingo. Y a pesar de varias bajas (Argentina y Estados Unidos acudieron con planteles alternativos), el campeonato fue excelente. El título le correspondió a Brasil, que superó en la final a Argentina (primer torneo oficial de Sergio Hernández) por 100 a 88 con un Leandro Barbosa en llamas. El ex NBA concluyó con 29 puntos y puso de pie al público en el Coliseo Virgilio Travieso Soto. Las otras tres plazas que se jugaban para ir al Mundial de Japón 2006 las firmaron Venezuela, Estados Unidos y Panamá, dado que el conjunto argentino ya tenía cerrado su pase de antemano al haber alcanzado la medalla de Oro en los Juegos Olímpicos de 2004.

Leandrinho Barbosa

La edición de 2007 tuvo lugar en Las Vegas, Estados Unidos. Allí, el local, nuevamente volvió a presentar a todas sus estrellas (Kobe Bryant, Carmelo Anthony, Jason Kidd, LeBron James y Dwight Howard, entre otras) y arrasó de principio a fin, coronándose de forma invicta. Eso no fue novedad. Lo fuerte de aquel torneo estuvo en la lucha por la otra plaza que había en juego para Beijing 2008. Porque tanto Brasil, como Argentina, Puerto Rico y Canadá presentaron planteles para dar batalla. Finalmente, la clasificación le correspondió al elenco de Hernández, que derrotó a los brasileños en una muy emotiva semi (91 a 80, con 27 tantos de Luis Scola, MVP del campeonato). En la final, Estados Unidos aplastó sin atenuantes a la albiceleste (118 a 81). Ni siquiera hubo equivalencia.

El último FIBA Américas de la década se concretó dos años más tarde en San Juan de Puerto Rico, con cuatro plazas disponibles para el Mundial de Turquía. Y como de costumbre, fue un torneo de un nivel excelente. Brasil terminó como justo campeón con todas sus figuras presentes: Leandro Barbosa, Anderson Varejao, Tiago Splitter y Marcelo Huertas. En la final, superó al local por 61 a 60 en un juego vibrante y con el Coliseo Roberto Clemete absolutamente colmado. Los otros dos pases clasificatorios se los ganaron Argentina y Canadá. Al igual que en Las Vegas, el MVP fue para Luis Scola, acaso uno de los jugadores más emblemáticos de la historia del certamen.

Este ejercicio de memoria sirve para resaltar dos detalles determinantes en la estructura del baloncesto americano. El primero es el inmenso caudal de figuras que crecieron y se desarrollaron en la competencia. El segundo es el peso que ha logrado el torneo a lo largo de su historia. Cuando se buscan argumentos para describir las razones por las cuales siempre hay un equipo americano despertando la atención global en las grandes citas de FIBA, simplemente basta con observar cómo se desarrolló ese seleccionado, los escollos que superó en el proceso clasificatorio y el contexto en el que construyó su identidad para comprender que buena parte de su éxito tiene fundamento en una subestimada contención continental.

LA GENERACIÓN DORADA, UN EQUIPO HISTÓRICO

Uno de los equipos más emblemáticos que distinguió a los FIBA Américas en las últimas décadas ha sido el de la Selección Argentina en su versión “Generación Dorada”. Porque más allá de los resultados alcanzados, fue un grupo que logró trascender al baloncesto de aquél país por su estilo de juego solidario, por el compromiso de sus integrantes y por el gigantesco talento de sus individualidades. Fue un equipo que dejó una huella, con un estilo de juego dinámico, estético, agresivo y altruista. Su reconocimiento ha sido unánime. A nivel continental y también a nivel mundial.

Hubo dos FIBA Américas en los que la Selección Argentina deslumbró: uno, cuando la camada recién comenzaba a llamar la atención (2001); y otro, cuando muchas de las principales figuras ya encaraban la recta final de su trayectoria con la camiseta albiceleste (2011). Ambos certámenes se disputaron en Argentina y tuvieron como desenlace el título del local. Si se analizan las fotos con detenimiento, podrán apreciar que varias de las caras que aparecen en los festejos de un torneo y otro, son las mismas, con el inevitable paso del tiempo como testigo. Un equipo distinto de aquel pero casi igual. La parábola del deportista, mejor sintetizada que nunca: intensidad y vértigo en el despertar, experiencia y sabiduría en el comienzo del ocaso.

El primer título fuerte de la Generación Dorada, como se mencionó unas líneas más arriba, ocurrió en agosto de 2001, en el FIBA Américas de Neuquén, con una multitud acompañando cada partido. Allí Argentina arrasó y se consagró de manera invicta (diez triunfos en diez presentaciones). Ya se percibía que el plantel- por entonces comandado por Rubén Magnano- estaba para grandes desafíos. Porque más allá de los éxitos puntuales (venía de ganar el Sudamericano de Valdivia) y del presente de sus figuras en el exterior, desplegaba una propuesta de juego interesante para la época, con una rotación extendida, múltiples variantes en ataque y un bloque defensivo impenetrable. Se palpaba el compromiso, la unión, el hambre. El único rival que le hizo un poquito de sombra fue Brasil, en la fase inicial (llevó el cotejo a tiempo suplementario). Luego, Argentina no permitió equivalencias. Incluso, en la final, volvió a cruzarse con el conjunto brasileño y lo sacó de la cancha (78-59).

Emanuel Ginóbili, que ya aparentaba ser un virtuoso, fue distinguido como Jugador Más Valioso. Tenía 24 años recién: en la NBA aún ni sabían pronunciar su apellido. Aquél campeonato en el estadio Ruca Ché fue un presagio de lo que estaba por llegar para el equipo argentino. Porque apenas un año más tarde, en Indianápolis 2002, rompería el invicto del Dream Team (58 encuentros sin derrotas) y alcanzaría el subcampeonato del Mundo.

Debió pasar una década para que el seleccionado albiceleste volviera a adjudicarse el primer puesto en un FIBA Américas. Ocurrió en Mar del Plata, en un certamen con muchísimas figuras que seducía con un premio mayor: dos plazas para los Juegos Olímpicos de Londres. Significó el reencuentro del equipo argentino con su público luego de diez años (no hubo otra localía desde Neuquén) y también el regreso del entrenador Magnano al país, ahora como DT del elenco brasileño. Cada jornada tuvo entradas agotadas. De hecho, desde mucho antes de que la pelota fuera al aire, ya se habían terminado las localidades. La Generación Dorada generaba conmoción. En el hotel donde se hospedaba directamente había guardia de fanáticos durante las 24 horas. No obstante, el plantel debía confirmar en la cancha la expectativa que había generado afuera. Y la presión era muy fuerte. Porque, paralelamente, los rivales no eran para subestimar: Brasil estaba fuerte, Canadá y Puerto Rico también. Pero la historia tuvo final feliz.

Si bien, el local cayó en la fase inicial frente a los brasileños, antes y después de ese juego, venció en todos sus partidos concretando la ansiada clasificación a Londres. La semifinal, la que otorgo la plaza olímpica, fue ante Puerto Rico con un cierre inolvidable en el que José Juan Barea tuvo el tiro ganador y lo falló (terminó 81-79). Y en la final, los dirigidos por Julio Lamas se tomaron revancha de Brasil (el otro clasificado a los Juegos) y lo superaron por 80 a 75. Luis Scola (32 puntos) fue elegido Jugador Más Valioso por tercer FIBA Américas consecutivo, confirmando su ascendencia absoluta a nivel continental y también el rol de líder indiscutido de su Selección. Aquel título fue el último para los argentinos en la competición. ¿Será el turno de volver a ganar en 2021? Los antecedentes numéricos marcan que le tocaría.

TRÍO DE ASES EN LAS VEGAS

En la ciudad universal de los casinos, no hay margen para otra opción que no sea que la banca gane. Que la casa se quede con todo, o al menos con la gran mayoría. Eso ocurrió en el Preolímpico de 2007 en Las Vegas. Todas las apuestas consideraban a Estados Unidos como el gran favorito al oro. Y el equipo dirigido por Mike Krzyzewski, que venía de un decepcionante tercer puesto en el Mundial de Japón 2006, no defraudó. La lucha principal del campeonato se centraba en conseguir el segundo boleto para los Juego Olímpicos de Pekín 2008, ya que el primero sería para este nuevo combinado de estrellas de la NBA.

Si bien los doce integrantes del plantel anfitrión eran destacadas figuras en sus equipos de la liga más poderosa del mundo, había tres que sobresalían: Kobe Bryant, LeBron James y Carmelo Anthony. En ese trío de ases se depositaban las mayores responsabilidades del equipo. El liderazgo que ostentaban con sus compañeros era notable. Tanto en la cancha como fuera de ella, donde atraían la mayor cantidad de miradas. “Me siento muy cómodo siendo una de las caras del equipo. Espero poder ser uno de los líderes. Estoy listo para el desafío”, comentaba Anthony tras el primer entrenamiento previo a la competencia. Para Carmelo y LeBron comenzaba un camino en el que buscarían redimirse de la decepción en los Juegos Olímpicos de Atenas en los que ambos habían sido parte del único seleccionado de Estados Unidos que no ganó el oro olímpico desde 1992 hasta hoy. “Pienso en eso todos los días”, decía Anthony por entonces.

El Thomas & Mack Center de Las Vegas fue el escenario donde Estados Unidos hizo desfilar a sus rivales. En nueve de las diez victorias los norteamericanos superaron los 100 puntos. Solo en el 91-76 sobre Argentina, en la última fecha de la segunda ronda, la diferencia con su rival de turno fue menor a 25 puntos.

El recorrido triunfal de Estados Unidos fue el siguiente:112-69 a Venezuela, con 17 de Carmelo Anthony; 123-59 a Islas Vírgenes, con 22 de Anthony; 113-63 a Canadá, con 25 de Anthony; 113-76 a Brasil, con 21 de LeBron James; 127-100 a México, con 25 de Anthony; 117-78 a Puerto Rico, con 21 de James; 118-79 a Uruguay, con 26 de James; 91-76 a Argentina, con 27 de Kobe Bryant;
135-91 a Puerto Rico, con 27 de Anthony en las semifinales para asegurarse la clasificación olímpica; y 118-81 a Argentina, con 31 de James en una final en la que Anthony aportó 8 rebotes y Bryant 8 asistencias. Así, todo junto, genera más impacto aún. Siempre alguno de los miembros de este fabuloso power trío fue el máximo anotador de su seleccionado.

En el repaso estadístico del torneo en general, esta selección de Mike Krzyzewski, que venció a sus rivales por una diferencia promedio de 39,5 puntos solo fue superada en ese rubro por el Dream Team de 1992 -tanto en Portland como en Barcelona- desde que Estados Unidos compite con jugadores de la NBA. En el plano individual, encontramos a Carmelo, Kobe y LeBron dentro de los líderes en apartados destacados. Anthony fue el segundo máximo anotador del torneo (detrás del brasileño Leandrinho Barbosa), con 21,2 puntos por partido en apenas 19,4 minutos de promedio. LeBron (octavo) colaboró con 18,1 y Kobe (undécimo) con 15,3. Entre los tres aportaron 54,5 puntos por juego de un promedio de 116,7 que convirtió Estados Unidos. Más asombroso todavía es el porcentaje en lanzamientos de cancha que registró cada uno: James fue el mejor en ese apartado con 76%, Anthony fue segundo con 61,3% y Bryant quinto con 54,8 %. También se ubicaron entre los cinco mejores en triples: LeBron con 62,2% (primero), Carmelo con 57,8% (segundo) y Kobe con 45,9% (quinto). Por si fuera poco, James fue el segundo mejor en asistencias con 4,7 por encuentro (el argentino Pablo Prigioni repartió 5,7).

Si Anthony (especialmente), James o Bryant no fueron elegidos como MVP, fue simplemente porque Luis Scola jugó un torneo sensacional y lideró a Argentina para conseguir el boleto a los Juegos Olímpicos contra los pronósticos de la mayoría.

Con el trío de ases de Kobe, LeBron y Carmelo, lo que pasó en Las Vegas no quedó en Las Vegas. Ellos brillaron más que las luces de toda la ciudad y comenzaron el show de magia que un año después lograría recuperar el oro olímpico para Estados Unidos.

 

MANU GINOBILI, EL HOMBRE QUE SE CONVIRTIÓ EN LEYENDA

El torneo FIBA Américas ha cobijado a infinitas figuras del baloncesto continental (y mundial) a lo largo de sus ediciones. Fue testigo simbólico de la evolución de muchísimos jóvenes que terminaron influyendo de manera determinante para sus respectivas selecciones. Y un caso emblemático que confirma este postulado es el de Emanuel Ginóbili. El argentino, considerado por muchos como uno de los diez mejores extranjeros de la historia de la NBA, representó a su país en cuatro FIBA Américas. Durante el transcurso de esos 12 años, Manu pasó de ser una joven promesa de la Liga Nacional Argentina a un jugador de renombre en Italia, para finalmente convertirse en la estrella NBA que todos los fanáticos de la disciplina disfrutaron.

Su primera participación fue en 1999, en San Juan de Puerto Rico. Argentina, por entonces dirigida por Julio Lamas, estaba en pleno proceso de recambio generacional y comenzaba a darle lugar a jóvenes proyectos que iban ganando terreno a nivel local. No se sabía bien qué resultados daría el experimento, pero Lamas lucía decidido a afrontar la transición. Así es como el seleccionado albiceleste se presentó en tierra boricua con un plantel que desbordaba juventud y hambre de gloria. Ya no estaban experimentados como Marcelo Milanesio, Esteban De la Fuente o Marcelo Nicola. Pero sí quedaban dos buenos referentes (Juan Espil y Hugo Sconochini), quienes empujaban a la base de los talentosos emergentes (Ginóbili, Nocioni, Victoriano, Palladino, Gutiérrez). Y el experimento dio sus frutos, porque si bien Argentina no pudo obtener la clasificación a Sidney 2000 (una utopía), terminó destacándose en aquel campeonato con un valorado tercer puesto final que abrió margen a la ilusión. Allí Manu mostró sus primeros pincelazos (25 puntos ante el local en el cotejo por el tercer puesto), no obstante, nadie sabía mucho de él. Había sido recientemente elegido por San Antonio Spurs en el draft, pero ningún NBA lo registraba. Ni siquiera su futuro compañero Tim Duncan, presente en Puerto Rico con el equipo estadounidense. “No le presté mucha atención, pero debe tener condiciones, no cualquiera entra al Draft”, contestó el ala pivote en aquel momento sacándose de encima el problema.

Dos años más tarde, Ginóbili ya era otro jugador. Su evolución era vertiginosa, sorprendente. Por eso, no sorprendió a nadie que fuera la máxima figura de Argentina en el Premundial de Neuquén: para ese entonces, el bahiense dominaba la liga italiana. Aquél Manu era explosivo, asesino y extremadamente ambicioso. Anotaba de mil manera diferentes, no lo podían parar. En la final contra Brasil marcó 28 tantos absorbiendo todos los elogios y adjudicándose de manera unánime el premio a Jugador Más Valioso.

La tercera participación del escolta en un FIBA Américas ocurrió en 2003, nuevamente en San Juan de Puerto Rico. Allí Ginóbili ya era una estrella: ni una promesa, ni un jugador con ascendencia. Directamente era una estrella mundial. Venía de liderar a su Selección al subcampeonato en Indianápolis 2002 y de ser campeón de la NBA con los Spurs en 2003. Los medios lo perseguían a cada paso que daba y él sufría el cambio de status. Porque comenzaba a darse cuenta de que su estilo de vida se había alterado para siempre. Así y todo, a pesar de no tener un rendimiento descollante en el balance global de la competencia, se las ingenió para romperla en la semifinal ante Canadá, que le posibilitó a la Argentina clasificar a los Juegos Olímpicos de Atenas 2004. En ese encuentro marcó 26 puntos, para concluir con promedio de 14,1 (máximo goleador del plantel). La final fue contra Estados Unidos, que no permitió ningún tipo de equivalencias y se llevó el triunfo por un cómodo 106 a 73.

Debieron pasar ocho años para que Manu volviera a un FIBA Américas. Pero el contexto prácticamente lo obligaba: el torneo se jugaba en Mar del Plata, con dos plazas olímpicas en disputa y la posibilidad de mostrarse ante su gente luego de una década sin localías oficiales. Rápidamente Ginóbili confirmó asistencia. Llevaba dos años sin representar a su país y ya comenzaba a extrañar a sus compañeros de toda la vida. Era una excusa perfecta para homenajear a tiempo a la Generación Dorada en su lenta disolución. Y así lo entendieron los aficionados locales, que agotaron tickets en cada presentación sin importar rival ni instancia.

Manu, recientemente padre, estaba con un nivel de madurez definitivo y su único interés pasaba por disfrutar. No obstante, cuando comenzó la competencia, le cambió el chip. Como siempre. Y el Ginóbili competitivo fue, hasta el día del retiro, un jugador infernal. Por eso su rendimiento, una vez más, terminó siendo sobresaliente. En la semi ante Puerto Rico, que definía uno de los boletos a Londres 2012, aportó 23 puntos y lideró al local a un (muy) ajustado triunfo por 81 a 79. “Cuando vi el tiro de Barea en el aire (NdR: tuvo el triple para la victoria) la verdad se me frenó el corazón, casi me muero. Después vi que pegó en el aro, se acabó el tiempo y me emocioné. Sentí como que una mochila gigante se caía de mi espalda. Lo único que quería era abrazarme con los chicos y con la gente. Fue un momento muy emocionante pero muy sufrido”, manifestó. Y concluyó, luego: “Fue uno de los partidos que más presión me tocó vivir en mi carrera. Sólo comparado con el séptimo juego de las finales de la NBA, en 2005 (contra Detroit), donde sabés que no tenés un mañana. Hoy me sentí así. Era una oportunidad que no podíamos dejar pasar”.

Aprovechando el envión, el equipo argentino se agrandó en la final y, con un Luis Scola en llamas, derrotó a Brasil para adjudicarse el título (80 a 75). Fue la frutilla del postre. Una despedida soñada. Ginóbili volvió a jugar para la Selección en su país, aunque nunca más de manera oficial. Paralelamente siguió cosechando distinciones y rompiendo récords con los Spurs. Al extremo tal que el 28 de marzo de 2019, en una noche inolvidable para su vida, la franquicia texana le retiró la camiseta número 20. Y entre los oradores designados para describir la carrera del escolta, apareció Tim Duncan. El mismo que dos décadas atrás, en Puerto Rico, no supo pronunciar su apellido.

LUIS SCOLA, EL GRAN CAPITÁN

Si no hay amor que no haya nada entonces, alma mía reza el Indio Solari en El Tesoro de los Inocentes. La de Luis Scola con el seleccionado argentino es una relación de amor. El compromiso del ya eterno capitán con su equipo nacional es de un valor incalculable. Como aquí sí hay amor, entonces hubo y hay de todo.

“Para el FIBA Américas de 1999 tuvimos algunas renuncias, con lo cual decidí convocar a Luis Scola para el seleccionado de mayores. Entonces, él me pidió una reunión y me explicó que si bien su principal objetivo era jugar en la selección absoluta, esa vez prefería ir al Mundial Sub 19 de Portugal, ya que era la última vez que podría jugar con sus compañeros de formativas. Me aclaró que aceptaría la decisión que yo tomara. Lo pensé algunos minutos y le dije que la selección lo necesitaba, que iban a entrar al equipo varios del plantel del Mundial Sub 22 de Melbourne del que él había participado y que ese era el momento indicado. Nunca más volvimos a hablar del tema y esta es la primera vez que yo lo expongo. Me llamó mucho la atención cómo un joven de 19 años había manejado la situación con tanta personalidad para explicar lo que él pensaba, la madurez con la que lo había encarado, las formas, educación y fundamentos con las que lo había hecho y que además tuviera la disciplina para aceptar la decisión del entrenador. No volvió sobre la situación y tampoco afectó para nada su comportamiento, ni su entrega, ni su actitud. Luego, Luis hizo un aporte extraordinario, jugó un torneo excelente, al igual que todo el equipo que consiguió la medalla de bronce”. De ese modo Julio Lamas rememora, más de veinte años después, la primera vez que convocó a Luis Scola para disputar un Torneo de las Américas.

Y así lo revive el propio Scola: “Me acuerdo que el torneo continental de mayores coincidía con el Mundial de Portugal, en el cual Argentina finalmente quedó cuarta. Julio me llamó y me dijo que iba a ir a jugar con los grandes a Puerto Rico, lo que en ese momento no me gustó. Creía que tenía que terminar mi ciclo con ese equipo de juveniles. Por supuesto que visto en retrospectiva pienso diferente. Fue un muy buen torneo que sirvió como puntapié para todo lo que pasó después”.

En aquel Preolímpico de San Juan de Puerto Rico, Argentina no logró conseguir uno de los cupos para los Juegos de Sídney 2000, pero dejó una muy buena imagen con un equipo integrado mayormente por jóvenes. Allí, Scola promedió 9,2 puntos y 4,4 rebotes por partido y se lució con 22 puntos en el triunfo ante Puerto Rico (101-96) por la segunda fase.

Para la siguiente cita continental, Scola debía enfrentarse a una situación similar a la vivida dos años antes: era la pieza fundamental del seleccionado que participaría del Mundial Sub 21 en Japón y también formaba parte del conjunto absoluto, ya al mando de Rubén Magnano, que sería anfitrión del Premundial. El detalle distintivo fue que había cuatro días entre la finalización del campeonato de menores y el inicio del de mayores. Para Scola fue tiempo suficiente para estar presente en ambas competencias. No le importaron los más de 18.000 kilómetros de distancia entre Saitama y Neuquén, al sur de Argentina. Tampoco las doce horas de diferencia en los husos horarios. El ala pivote brilló en oriente, donde fue el máximo anotador del torneo y se colgó la medalla de bronce. Luego, fue importante en la conquista del oro y la clasificación al Mundial de Indianápolis 2002.
En el campeonato continental, Scola registró 7,8 puntos y 3 rebotes de promedio. Argentina, con Emanuel Ginóbili como guía, arrasó con todos sus rivales para obtener el título por primera vez y mostrarle al planeta que allí crecía un equipo moldeado para hacer historia.

Al Preolímpico de 2003, en San Juan de Puerto Rico, Argentina llegó con el orgullo de haber conseguido el subcampeonato del mundo, pero con la certeza de que todavía le esperaba más gloria. El camino tuvo más obstáculos de los esperados, con derrotas ante México en el debut y Venezuela en la segunda fase. El duelo por uno de los pasajes a los Juegos Olímpicos fue ante Canadá. La victoria por 88-72 mostró la mejor cara del equipo de Magnano. Allí Scola se lució con 18 puntos (9 de 11 en dobles) y 5 rebotes. En la final, no hubo equivalencias frente a un Estados Unidos de alto vuelo. Con 9,5 puntos por partido, Luifa se ubicó como el cuarto mejor anotador del equipo detrás de Ginóbili, Andrés Nocioni y Fabricio Oberto. Aún no era el gran protagonista ofensivo. Su colaboración en rebotes, con 3,3, tampoco fue estelar.

En 2005 Argentina presentó un equipo sin sus figuras más destacadas a raíz de que el oro olímpico en Atenas 2004 la clasificó directamente al Mundial de Japón 2006. Entonces, Scola registró su única ausencia en un torneo continental desde su debut.

Para 2007 el panorama se presentaba muy complicado. El torneo de Las Vegas otorgaba dos plazas para los Juegos Olímpicos y una de ellas se descontaba que sería para Estados Unidos, que había formado un plantel de lujo. Argentina, para peor, se presentaba sin varios jugadores fundamentales. Por distintos motivos se ausentaron Ginóbili, Nocioni, Oberto, Rubén Wolkowyski y Juan Ignacio Sánchez. Entonces, la figura de Scola se agigantó a niveles extraordinarios. Con Pablo Prigioni y Carlos Delfino como socios principales, Luis, que había sido designado capitán por primera vez, fue el faro ofensivo del equipo conducido por Sergio Hernández: en 6 de los 10 partidos anotó 20 o más puntos. El encuentro clave del torneo fue ante Brasil en las semifinales que definían los clasificados a Pekín 2008. Argentina venció por 91-80 a un poderoso Brasil, con 27 puntos (10 de 14 en dobles) y 9 rebotes de Luifa. A pesar de las superestrellas de la NBA que condujeron a Estados Unidos al título, Scola fue elegido el jugador más valioso del campeonato. Sus 19,5 puntos y 7,4 rebotes de promedio por partido, más la incidencia determinante que tuvo en el éxito argentino, avalaron esa decisión.

En 2009, nuevamente en San Juan de Puerto Rico, Argentina volvió a lamentar ausencias de nombres importantes. Scola siempre prefirió quitarle la atención a ese tema y darles valor a los integrantes del plantel. El capitán sabía que podía cargar con el peso del seleccionado. Las derrotas en los dos primeros partidos (ante Venezuela y Brasil) dejaron al conjunto de Hernández al borde del precipicio. Pero los triunfos frente a Panamá y República Dominicana, con 20 y 30 puntos de Luifa respectivamente, acomodaron el rumbo. Una segunda fase perfecta le otorgó a Argentina el pasaje a las semifinales y la clasificación al Mundial de Turquía 2010. Scola volvió a conseguir 20 o más puntos en 6 de los 10 partidos (incluidos los 31 en la derrota en las semifinales contra el anfitrión). Esta vez, fue el máximo anotador del torneo con 23,3 puntos de promedio, además de 6,8 rebotes, y recibió el premio al jugador más valioso por segundo campeonato seguido.

El contexto de 2011 era muy distinto. Argentina fue local en Mar del Plata y Julio Lamas reunió a sus exponentes de lujo: Ginóbili, Nocioni, Delfino, Prigioni, Sánchez, Oberto y, por supuesto, Scola. Se preparó una gran fiesta para agasajar al mejor seleccionado de la historia de cualquier deporte en el país. Sin embargo, la tarea no fue sencilla. Si bien Argentina brilló en la mayoría de los partidos, perdió ante Brasil en el cierre de la segunda fase (además se lesionó Nocioni) y debió enfrentarse a un potente Puerto Rico en busca del pasaje a los Juegos Olímpicos. En esa semifinal contra los boricuas, Scola se despachó con 27 puntos. En la final, Luis brindó otra notable actuación con 32 puntos para coronarse campeón de América por segunda vez. Los 21,4 puntos por encuentro lo ubicaron una vez más en lo más alto de la tabla de anotadores del certamen. También fue el sexto mejor rebotero del evento, con 6,3 de promedio. ¿Había otro a quien darle el premio de MVP? Sin dudas que no y así lo hizo saber el público antes de la entrega del galardón.

La renovación del equipo ya era sustanciosa para 2013. El único campeón olímpico que dio el presente en el Premundial de Caracas fue Scola. La misión del conjunto de Lamas era ubicarse entre los cuatro mejores para asegurarse un lugar en la Copa del Mundo de España del año siguiente. El recorrido tuvo altibajos, con tres caídas entre la primera y la segunda etapa: ante República Dominicana, Puerto Rico y Jamaica, esta última a contramano de cualquier pronóstico. Sin embargo, siempre con el talento y el empuje del capitán, más la rebeldía de Facundo Campazzo, su nuevo escudero, Argentina logró llevar su barco a buen puerto. El partido clave fue ante Canadá, pues el vencedor iba al Mundial, mientras que el derrotado se quedaba con las manos vacías. Como tantas veces, sobresalió la figura de Scola, autor de 28 puntos para sentenciar la victoria por 73-67. En aquella cita, Luis superó los 20 puntos en 5 encuentros y promedió 18,8 puntos por partido, además de 6,9 rebotes. A pesar de haber sido el máximo anotador del certamen, no recibió el premio al mejor jugador (fue para el mexicano Gustavo Ayón), aunque sí integró el quinteto ideal.

De desafíos complejos estuvo plagada la carrera continental de Scola, pero en 2015 se edificó uno más. Con Nocioni como aliado veterano y un grupo de jóvenes en ascenso, Argentina fue a la Ciudad de México en busca de uno de los dos cupos para Río 2016. Y la historia se repitió. A pesar de no contar con el plantel más llamativo, el seleccionado que estaba nuevamente al mando de Sergio Hernández, superó cada escollo hasta posicionarse de cara a un juego clave: las semifinales contra México, anfitrión y campeón reinante. Un par de días antes, los locales se habían llevado el triunfo en el cierre de la segunda rueda. Pero en el partido que daba el pasaje a los Juegos Olímpicos, pesó la experiencia de los argentinos, especialmente de Luifa y Chapu, para concretar el sueño. La derrota en la final ante Venezuela dejó en Scola la frustración de no poder alzar una copa de América fuera de su tierra. Sí recuperó el premio al jugador más valioso. Otra vez firmó más de 20 puntos en la mitad de los partidos, con los 35 convertidos ante Canadá como marca más alta en su carrera en los campeonatos continentales, y finalizó como máximo artillero con 21,1 por juego. Además, quedó segundo en la tabla de rebotes, con 10,1 por encuentro.

Scola valora los premios que recibió, pero siempre dentro de un contexto colectivo positivo: “Haber sido MVP cuatro veces es un buen reconocimiento individual que generalmente está atado con un éxito grupal, ya que es muy difícil que al equipo le haya ido mal y que seas elegido como el mejor jugador”.

A la AmeriCup de 2017 el ala pivote llegó en plena recuperación de un desgarro en el gemelo izquierdo. Tras descansar en el debut ante Venezuela, Luis apenas pudo estar en la cancha poco más de un minuto frente a Canadá, ya que sufrió otro desgarro en el mismo músculo, aunque esta vez de la pierna derecha. El ala pivote permaneció junto a sus compañeros el resto del torneo, pero no pudo volver a jugar. Aconsejó, alentó y compartió rutinas. Celebró el camino victorioso y lamentó la derrota en la final contra Estados Unidos. ¿Habrá sido la despedida de Scola de los torneos continentales?

Nueve participaciones: 2 medallas de oro, 4 de plata y 3 de bronce, siempre con el objetivo cumplido. Cuatro premios al jugador más valioso. Máximo anotador de la historia del torneo con 1306 puntos. Luis Scola, el gran capitán argentino, es el ícono de la mayor competencia de América.

CUARTETO DE CAMPEONES EN LA ÚLTIMA DÉCADA

En breve la bola irá al aire. Si bien la próxima edición de la AmeriCup, la decimonovena, se disputará en 2021, desde este febrero las ilusiones de los seleccionados del continente estarán puestas en conseguir su boleto para poder participar. La historia más reciente, la transcurrida en los últimos diez años, abarca cuatro torneos inolvidables con cuatro campeones diferentes.

En 2011, con dos plazas en disputa para los Juegos Olímpicos, Argentina fue local en el Polideportivo Islas Malvinas de Mar del Plata. El panorama era inmejorable. Sin Estados Unidos, ya clasificado a Londres 2012 por ser campeón mundial en 2010, había varios aspirantes a conseguir el gran objetivo. Argentina presentaba un elenco de lujo, con las destacadas presencias de Emanuel Ginóbili, Luis Scola, Andrés Nocioni, Carlos Delfino, Fabricio Oberto, Pablo Prigioni y el regreso de Juan Ignacio Sánchez. Brasil disfrutaba de Marcelo Huertas, Marcelo Machado, Alex García, Tiago Splitter y Raffael Hettsheimeir. En Puerto Rico sobresalían José Juan Barea, Carlos Arroyo, Renaldo Balkman y Daniel Santiago. Para República Dominicana dio el presente Al Horford, muy bien acompañado por Francisco García, Jack Michael Martínez y Edgar Sosa. Venezuela alistó a Greivis Vásquez en pleno estrellato y a varios exponentes de la generación que haría historia unos años más tarde. En Canadá se lucían Carl English y los jóvenes Cory Joseph y Kelly Olynyk. También aparecía Uruguay, como siempre batallador, con Esteban Batista, Leandro García Morales y Martín Osimani como estandartes.

En ese contexto, Argentina, dirigida por Julio Lamas, marcó el ritmo del campeonato, impulsada por su público e iluminada por su constelación de estrellas. Liderada por Scola y Ginóbili se clasificó a las semifinales sin derrotas, pero una derrota ante Brasil, con la lesión en el tobillo derecho de Chapu Nocioni en el salto inicial, le ensombreció el horizonte. Su rival para el juego clave sería Puerto Rico, que con el espectacular doble comando de Barea y Arroyo podía arruinar la fiesta que había soñado la Generación Dorada.

El otro cupo para los Juegos Olímpicos, el reto principal que presentaba el certamen, se lo disputarían República Dominicana, que había sufrido una estremecedora lesión de Edgar Sosa (fractura expuesta de tibia y peroné) y Brasil, conducido por Rubén Magnano, ovacionado por todo el público en cada presentación de su seleccionado.

Los brasileños ganaron su juego de semifinales gracias a una noche acertadísima de Marcelinho (20 puntos, con 5-8 en triples) y la sólida conducción de Huertas (19 puntos y 7 asistencias). En el duelo entre argentinos y boricuas, más allá de la notable actuación de Scola (27 puntos), es imposible resaltar otro momento que no sea la última jugada: Barea intentó un triple desde larga distancia que le cortó la respiración a todos los hinchas albicelestes hasta que el capricho del destino jugó a favor del local y la bola impactó con el aro. La victoria de Argentina por 81-79 la depositaba en la final y en Londres 2012. En el juego decisivo, otra vez Scola fue el faro ofensivo (32 puntos y elegido MVP del torneo), bien secundado por Delfino (16) en momentos clave. El 80-75 a favor de los de Lamas fue la mecha que encendió el festejo en Mar del Plata. Diez años después de la conquista continental que bautizara a este grupo de jugadores, la historia volvía a ubicarlo en lo más alto del podio.

La cita de 2013 fue en el Poliedro de Caracas, en Venezuela. El anhelo fundamental, conseguir uno de los cuatro cupos que otorgaba para la Copa del Mundo de España 2014. Nuevamente con Estados Unidos fuera de concurso por haber obtenido su cupo mundialista al colgarse el oro olímpico, la lucha sería equilibrada y emocionante. Argentina (con Scola como referente absoluto de un plantel joven), Puerto Rico (nuevamente con el tándem Barea-Arroyo en el liderazgo), Canadá (con Cory Joseph, Tristan Thompson y Andrew Nicholson como trío destacado entre los cinco jugadores de la NBA), República Dominicana (Jack Michael Martínez, Francisco García y James Feldaine entre sus armas principales) y Brasil (nuevamente al mando de Rubén Magnano, pero con marcadas ausencias) se presentaban como los favoritos.

El anfitrión Venezuela buscaba apoyase en su fervoroso público para dar un paso adelante. Sin embargo, la enorme sorpresa la dio México, que había sido invitado para reemplazar a Panamá, sancionada por problemas federativos. El conjunto del norte del continente desplegó un básquetbol de alto vuelo y se consagró campeón al vencer en la final a Puerto Rico por 91-89. El entrenador español Sergio Valdeolmillos, quien fue expulsado en el juego decisivo, logró plasmar las buenas individualidades mexicanas para lograr un juego de conjunto envidiable. En esa fortaleza azteca sobresalió Gustavo Ayón, quien promedió 17,5 puntos y 9,2 rebotes por partido para adueñarse del premio al MVP. Otros nombres de peso que se destacaron en el seleccionado que fue campeón por única vez en su historia: Héctor Hernández, Lorenzo Mata, Jorge Gutiérrez y Orlando Méndez. Los otros boletos para el Mundial los consiguieron el finalista Puerto Rico (Renaldo Balkman con 18,7 puntos por partido y Barea integraron el quinteto ideal), Argentina (Scola, máximo anotador con 18,8 y un Campazzo en pleno ascenso estuvieron entre los cinco mejores) y República Dominicana.

En el recorrido del póker de clasificados a la Copa del Mundo, hubo momentos que los marcaron. México, que había dado el primer golpe al vencer en el debut a Venezuela, se dio el gusto de tomarse revancha de Argentina en semifinales tras haber sufrido una dura derrota por 20 puntos en la segunda fase. Puerto Rico tuvo que sufrir ante Venezuela y le ganó por 1 punto en un juego en el que los locales reclamaron por largo tiempo un triple de Barea sobre la bocina del reloj de posesión. Luego se dio el lujo de superar a su eterno rival, Dominicana, en semifinales. Argentina, tras sufrir una derrota absolutamente inesperada como ante Jamaica, necesitó de un magnífico Scola (28 puntos y 7 rebotes) para vencer a Canadá en el encuentro que le dio el pasaje al Mundial. Y Dominicana, que en el transcurso de la competencia venció tanto a Puerto Rico como a Argentina, se quedó afuera del podio, pero dejó una imagen esperanzadora.

En 2015, en el Palacio de los Deportes de la Ciudad de México, la misión era un desafío para valientes y optimistas: llegar a los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016. Había dos boletos y varios contendientes con aspiraciones serias. México volvía a contar con la mayoría de las figuras que lo habían llevado al título dos años antes, con Gustavo Ayón como máximo exponente. Puerto Rico se sostenía en José Juan Barea: conductor, anotador y líder. Canadá había decidido superpoblar su plantel de jugadores de la NBA, con Andrew Wiggins como ícono. Argentina basaba sus esperanzas en el inclaudicable Luis Scola, con Andrés Nocioni como socio en la cruzada. Al resto de los equipos se los vislumbraba con escasas posibilidades.

Sin embargo, apareció Venezuela, con el comando de Néstor “Che” García, para romper todos los pronósticos. El conjunto vinotinto, a base de defensa férrea, disciplina táctica, talento colectivo y supresión de egos, se trepó hasta lo más alto de su historia. Primero se encargó de meterse en semifinales. Luego, obtuvo un triunfo memorable ante Canadá, que había llegado como candidato y se fue con un bronce que supo a muy poco. En esa victoria que significó la concreción del sueño olímpico venezolano, Gregory Vargas se vistió de héroe cuando consiguió convertir, en los segundos finales, el tiro libre con más presión de su vida. Antes habían brillado Windi Graterol y Heissler Guillent, quienes se combinaron para 7 triples y 39 puntos.

El triunfo de Venezuela por 79-78 desató la emoción de todo un pueblo y la de García, el entrenador argentino que se sintió como un venezolano más. Y, para el postre, se dio el enorme gusto de vencer a Argentina en la final y adueñarse de un título que atesorará para siempre en su corazón.

Por su parte, Argentina tuvo que batallar no solo contra México sino contra todos sus hinchas para poder quedarse con su ticket para los Juegos Olímpicos. En el cierre de la segunda fase del torneo, el seleccionado local, campeón defensor, había enviado un mensaje con la victoria sobre Argentina. Pero los dirigidos por Sergio Hernández tomaron nota y reaccionaron en el momento preciso. En la semifinal, ganaron los sudamericanos gracias a los vitales aportes de Scola, Nocioni y Campazzo, más los oportunos triples de Selem Safar.

Como marca sobresaliente del campeonato FIBA Américas 2015 quedará el récord de Luis Scola, quien con 1292 puntos se transformó en el máximo anotador de todos los tiempos del campeonato continental. Por ese registro histórico, Luifa recibió como premio una pelota que señalaba su conquista. El eterno capitán argentino fue elegido, por cuarta vez, como el jugador más valioso del torneo.

Para 2017 llegó el estreno de un nuevo nombre y formato. La flamante AmeriCup se jugó en tres sedes en la fase inicial (Bahía Blanca -Argentina-, Medellín -Colombia- y Montevideo -Uruguay-) y una cuarta (Córdoba, Argentina) para el Final Four. También surgió un nuevo espíritu, ya que no se jugaría para conseguir la clasificación a una cita mundialista u olímpica, sino por el inmenso orgullo de consagrarse como el mejor del continente.

De cada grupo emergió un equipo hacia el cuadrangular final. México como ganador del A, Islas Vírgenes como segundo del B y Estados Unidos como vencedor del C. Argentina, que fue el mejor de su zona, de todos modos tenía asegurado su lugar en la definición en el estadio Orfeo. En los cruces de semifinales no hubo equivalencias: Estados Unidos superó a Islas Vírgenes 90-62, mientras que Argentina le ganó a México 84-67. En la final, Estados Unidos, dirigido por Jeff Van Gundy, hizo honor a su historia. A pesar de haber presentado un equipo sin figuras de renombre se quedó con la medalla dorada al vencer a Argentina por 81-76, con 21 puntos de Jameel Warney, elegido como el jugador más valioso del campeonato.

Para Argentina fue una frustración no haber podido consagrarse en su casa, pero sentó la base de lo que dos años más tarde sería el plantel subcampeón del mundo con la destacadas actuaciones de Facundo Campazzo, Gabriel Deck, Patricio Garino y Nicolás Brussino. También fue un aprendizaje el hecho de jugar sin Scola, ya que el pivote sufrió una lesión muscular en sus primeros minutos en el torneo, frente a Canadá, que lo marginaría por el resto de la competencia.

La próxima AmeriCup ha incorporado un sistema de clasificación con características similares a las que ofreció el camino a la Copa del Mundo de China 2019. Los fanáticos del básquetbol tendrán la oportunidad de ver al seleccionado de su país en casa transitando el recorrido que los lleve a una nueva edición de la competencia continental por excelencia. En breve la bola irá al aire y con ella, las ilusiones de todos.

 

LA HAZAÑA DE LOS 12 GUERREROS EN MÉXICO EN LA AMERICUP 2013

“La expectativa, evidentemente, no era llegar a ser campeones. Íbamos con la idea de poder competir y de que México, después de un par de ediciones sin participación, empezara a construir una selección nacional que estuviera presente en todos los torneos internacionales, que los jugadores pudieran representar a su país en cada oportunidad y a partir de eso generar una identidad. En lo estrictamente deportivo, buscábamos ser competitivos, cambiar esa imagen de individualidad y empezar a jugar como un equipo”. Así recuerda Sergio Valdeolmillos, siete años después, el panorama con el que afrontó su primer torneo de las Américas. El entrenador español, al igual que el resto de los protagonistas, no imaginaba conducir a México a la gloria. Sorprendieron a todos y se sorprendieron a sí mismos.

El seleccionado mexicano no se había clasificado a la competencia continental que se disputaría en Venezuela entre el 30 de agosto y el 11 de septiembre de 2013. Sin embargo, una sanción recibida por la Federación de Panamá le abrió la puerta para ir a jugar. Esa fue la invitación a una fiesta que México decidió aprovechar a toda orquesta.

El recorrido del campeón comenzó ante el anfitrión, en un Poliedro de Caracas completo y enfervorizado. Los mexicanos no se dejaron absorber por el entorno y se llevaron el triunfo por 65-56, con 22 puntos y 18 rebotes de Gustavo Ayón. Para Valdeolmillos, ese paso inicial fue fundamental: “Desde el primer día fuimos construyendo a partir de objetivos pequeños, partido a partido. El debut para nosotros era muy importante, aunque yo era consciente de que no iba a ser determinante, porque era contra el organizador y un buen equipo como Venezuela. Sabía que ganarles en el primer juego en su casa nos generaría seguridad y muchas cosas positivas. Habíamos disputado un amistoso contra ellos, que nos sirvió bastante, y además tuvimos más tiempo para preparar ese partido que cualquier otro -y lo hicimos a consciencia- porque una vez que comenzara el torneo, jugaríamos prácticamente todos los días. Salimos muy mentalizados. Además, sabíamos que Venezuela tenía cierta presión -de hecho hizo una primera fase bastante titubeante-. Ese triunfo sirvió para posicionarnos. Lo que nos dimos cuenta desde el inicio del torneo, es que el aspecto defensivo sería un detalle táctico prioritario, por eso fuimos incidiendo cada vez más en ese tema. Lo importante es que la defensa fuera una cuestión colectiva y no de jugadores que lo hicieran bien por separado. Eso luego se trasladaría al resto del juego. En ese inicio descubrimos que podíamos hacer algo más, aunque no sabíamos hasta dónde llegaríamos.”

En los dos encuentros siguientes, México continuó por la senda del éxito. Paraguay, el equipo más débil del campeonato no fue un obstáculo difícil de sortear: 87-65, con 17 puntos de Orlando Méndez. Luego, República Dominicana tampoco fue un escollo complicado: 85-61, con 26 de un acertadísimo Méndez. El sol brillaba para el equipo de Valdeolmillos. Sin embargo, aparecieron un par de nubarrones en forma de derrotas. Ante Argentina, en el cierre de la primera fase, por un contundente 98-78. Después, en el comienzo de la segunda ronda, frente a Canadá por 89-67.

Así lo rememora el entrenador: “En principio esos eran los dos equipos más potentes. Canadá tenía varios NBA y Argentina llegaba con un sistema ya establecido durante años y con jugadores de experiencia. En esos partidos pagamos ese sentimiento de inferioridad. Salimos a la cancha pensando que no éramos capaces de ganarles. Tras esas caídas nos dimos cuenta que no habíamos competido a nuestro mejor nivel, que deberíamos haber tenido otro comportamiento y que mentalmente no habíamos afrontado esos partidos como debíamos. Esto nos sirvió para analizar todo y llegar a las semifinales con otra mentalidad. Nos exigimos subir un peldaño, nos comprometimos a competir al 200% de nuestras posibilidades y hacer lo mejor posible en lo que dependiera de nosotros”.

La recuperación llegó con tres victorias que le dieron a México el primer gran premio: la clasificación a la Copa del Mundo, evento del que había participado por última vez en 1974. Venció a Uruguay 87-73, con 17 puntos de Ayón, a Jamaica 100-89, con 25 de Héctor Hernández, y a Puerto Rico 66-59, con 13 de Noé Alonzo.+

Los mexicanos ya se habían transformado en la gran sorpresa del torneo, pero no se conformarían con eso. El rival de semifinales era Argentina, con Luis Scola como líder y Facundo Campazzo en franco crecimiento. En un duelo memorable, los norteamericanos se impusieron 76-70, con 24 puntos y 12 rebotes de Ayón.

Sin dudas, Valdeolmillos había logrado convencer a sus jugadores de que eran capaces de todo y así lo explica: “En este tipo de torneos es muy importante borrar de tu mente el partido pasado, hayas ganado o perdido. Trabajamos bien ese aspecto y tuvimos una dinámica positiva. El desarrollo colectivo a nivel defensivo nos dio la creencia de que en ataque nos faltaba pasarnos más el balón y ser tan solidarios como en defensa. En el transcurso del torneo, fuimos superiores a casi todos defensivamente, reboteábamos bien y lo hacíamos como un equipo. En ataque logramos dejar de ser tan individualistas para transformarnos en un conjunto que se pasaba la pelota y era generoso. La claves fueron la motivación de volver a enfrentarnos a Argentina y el haberles inculcado que no se trataba de que Gustavo Ayón, Orlando Méndez o Jorge Gutiérrez jugaran bien, sino de que todos lo hicieran. En ese partido, Lorenzo Mata tuvo un gran trabajo defensivo y en ataque se vio beneficiado por lo que generaban sus compañeros. Ese fue un ejemplo de lo que nosotros buscábamos transmitirles a los jugadores”.

En la gran final esperaba Puerto Rico. En el duelo previo, los boricuas habían reservado a sus tres estrellas: José Juan Barea, Carlos Arroyo y Renaldo Balkman. Para la búsqueda de la medalla dorada, todos a la cancha. “Habíamos enfrentado a Puerto Rico en el último partido de la segunda fase. Sabiendo que no se jugaban nada, consideraron que no era realmente importante prepararlo. Mientras que nosotros hicimos lo contrario porque yo pensaba que si les ganábamos y luego nos tocaba tenerlos como rivales en la final, mis jugadores saldrían con más confianza y seguridad a partir de ese antecedente inmediato. A raíz de eso, cuando efectivamente jugamos ante Puerto Rico en la definición, lo hicimos de tú a tú y nos quedamos con el triunfo”, repasa Valdeolmillos. Esa final, en la que el coach español fue expulsado en la primera mitad, tuvo un desarrollo muy cambiante. México se impuso 91-89, con 23 puntos de Jovan Harris. Otra brillante actuación de Ayón (20 puntos y 16 rebotes) lo hizo merecedor del premio al jugador más valioso del torneo. El merecido reconocimiento al pivote fue el cierre de oro para un logro que superó ampliamente los sueños de los más optimistas.

De esa manera, México consiguió su único título continental. Una proeza que será aún más gigante con el transcurso del tiempo. Valdeolmillos la pone en contexto: “Posiblemente haya sido el hito más importante de la historia del baloncesto mexicano. Aunque, quizás lo más relevante no haya sido ser campeones de América, sino demostrar que con orden, preparación, exigencia y una planificación adecuada se podía llegar lejos. Les dimos a los jugadores la importancia que se merecen y demostramos que México, que es una potencia en baloncesto, podía conseguir grandes objetivos. Es un país en donde el baloncesto gusta mucho y tiene la capacidad de estar muy por delante de lo que está hoy. Para ubicarlo donde merece necesita constancia, continuidad, seriedad y perseverancia. Eso se consigue con una federación organizada y jerarquizada que defienda y les dé protagonismo a sus jugadores”.

Los 12 Guerreros, como se popularizó a este equipo mexicano, escribieron la página más gloriosa del básquetbol de su país. Lamentablemente, esa gran gesta no se pudo prolongar en el tiempo. La llama quedó encendida un par de años más y de a poco perdió calor. Aún México está a tiempo de reavivar ese fuego. Revisar aquella épica actuación de 2013, con todo lo positivo que la rodeó, puede servirle de guía.

 

GUSTAVO AYÓN, EL FARO QUE GUIÓ A MÉXICO HACIA LA GLORIA

En el recuerdo del éxito conseguido por México en el Torneo de las Américas de 2013, tiene mucha fuerza la imagen de un sólido juego colectivo ideado por el entrenador Sergio Valdeolmillos y ejecutados por los jugadores. Sin embargo, es imposible imaginar aquella conquista sin la presencia de un deslumbrante Gustavo Ayón.

“Gustavo ha sido para México y para el baloncesto de su país alguien muy importante. En países con una cultura deportiva más desarrollada, Ayón tendría un reconocimiento mucho más grande que el que tiene. En el deporte mexicano deben avanzar para darle la valía y el cuidado a jugadores como Gustavo, que no surgen a menudo. Él tiene una enorme capacidad de liderazgo fuera de la pista y también al momento de jugar. Es muy generoso y no busca anotar sus puntos, sino ayudar a sus compañeros y hacerlos mejores con las cualidades que tiene. En 2013 Ayón fue fundamental para México, que necesitaba una referencia como la suya en el juego interior”, analiza Valdeolmillos desde España.

Como indica el coach español, la presencia de Ayón en el Premundial de Caracas en 2013 fue imprescindible como faro para un grupo que logró funcionar, por primera vez en mucho tiempo, como un verdadero conjunto y no como un cúmulo de individualidades. Así lo recuerda el actual jugador del Zenit de Rusia, desde San Petersburgo: “Mis compañeros confiaban plenamente en mí, tanto dentro como fuera de la cancha y mi objetivo siempre fue cuidarlos en ambos aspectos, que estuviéramos 100% concentrados en cumplir nuestro sueño que era obtener ese boleto al Mundial de España 2014 para México, después de 40 años”.

El pivote nacido en Nayarit, de 28 años en aquel torneo donde México consiguió su única medalla dorada en el máximo torneo continental, ya había disputado un par de campeonatos de América: el Preolímpico de 2007 y el Premundial de 2009. En ambos había mostrado un buen nivel, sobre todo en el segundo, en el que promedió 10,4 puntos, 9,4 rebotes y 2,8 asistencias por partido. En Caracas, sin dudas, llegó a su pico de rendimiento con el seleccionado. “Personalmente fue un extraordinario torneo. Mi sentir era que esta estaba en uno de mis mejores momentos con la selección y no podía perder esa gran oportunidad de sacarle el máximo provecho a esa sensación. Cuando terminó el torneo, estaba sumamente feliz de haber logrado un objetivo más que me había puesto en mi carrera”.

El recorrido de México en aquel magnífico torneo de 2013 comenzó con una victoria sobre el anfitrión Venezuela por 65-56, con 22 puntos, 18 rebotes, 4 asistencias y 4 tapones de Ayón. Es evidente que el astro nayarita se había enfocado de un modo especial y dispuesto a llevar a su equipo mucho más lejos de lo esperado. El camino de Gustavo continuó con 14 puntos en apenas 14 minutos del holgado triunfo 87-65 sobre Paraguay, 16 puntos y 8 rebotes en el contundente éxito 85-61 sobre República Dominicana y 19 puntos y 10 rebotes en la dura derrota 98-78 ante Argentina para cerrar la primera etapa del campeonato.

La segunda fase comenzó con otra caída de los mexicanos, esta vez 89-67 frente a Canadá, aunque Ayón volvió a lucirse con 19 puntos y 11 rebotes. Luego, los de Valdeolmillos retomaron la senda victoriosa y el pivote mantuvo su desequilibrante aporte: 17 puntos en el 87-73 a Uruguay y 19 en el 100-89 a Jamaica. Los 5 puntos y 8 rebotes en el 66-59 sobre Puerto Rico se debieron a los apenas 11 minutos que el pivote estuvo en cancha.

En el resonante triunfo 76-70 contra Argentina en semifinales, Ayón volvió a mostrar su mejor versión: 24 puntos, 12 rebotes y 3 asistencias. Dominó el juego interior y se erigió como la gran figura del encuentro. Y en la final, tuvo su cierre de oro: 20 puntos, 16 rebotes, 3 asistencias y 2 tapones en la victoria 91-89 frente a Puerto Rico.

En síntesis: 17,5 puntos (tercero en la tabla de líderes del campeonato), 9,2 rebotes (cuarto en el ranking del torneo) y 1,4 tapones por partido (el mejor del certamen). Con esas estadísticas y la medalla dorada en el pecho, Ayón se llevó el premio al jugador más valioso. “El premio al MVP fue un reconocimiento al trabajo en equipo, porque si cada jugador no se hubiera entregado a sus compañeros en la duela y viceversa, no habríamos obtenidos los resultados que nos planteamos en conjunto. En ese momento se lo dediqué a mi hijo Álvaro y estaba muy feliz por haberlo recibido, ya que eso significaba que, como selección, habíamos cumplido nuestra meta”, dice el pivote mexicano.

A pesar de esa maravillosa actuación, Ayón no está convencido de que haya su mejor participación con el seleccionado mexicano: “Sería muy injusto porque en el Centrobasket de Nayarit y en el Mundial de España, ambos en 2014, también mostré un muy buen nivel. Sin embargo, el FIBA Américas de 2013 siempre lo recordaré como algo muy especial, porque muchas personas de los medios de comunicación y del mundo del básquetbol no creían que teníamos posibilidades de ganarlo, pero en nuestra mente siempre nos sentimos campeones, pues creíamos en nosotros como equipo”.

México abrazó la gloria de América por única vez en su historia en 2013. El primer nombre que se viene a la mente de cualquiera que busque recordar ese torneo es el de Gustavo Ayón. El nayarita merece ese reconocimiento.

 

AMERICUP 2015: UN TÍTULO SORPRESIVO, PERO BASADO EL TRABAJO

Venezuela llegó al Torneo de las Américas de 2015 en Ciudad de México con la aspiración de por lo menos ubicarse en quinto lugar, para conseguir una plaza para el Repechaje Olímpico del año siguiente. Con ese resultado todos podían darse por servidos.

La razón es que el conjunto venezolano tenía notables ausencias. Su principal figura y jugador de la NBA en ese momento, Greivis Vásquez, decidió no participar, alegando diferencias con la federación nacional. El centro Gregory Echenique y el alero Luis Bethelmy, no pudieron recuperarse de lesiones y los jóvenes de la NCAA, Anthony Pérez y Michael Carrera, no recibieron permiso de sus respectivas universidades para actuar con la selección.

Nadie daba nada por el equipo. Lo único que tenía a su favor era que había realizado una gira de preparación por Europa, en la que se enfrentó a conjuntos de primer nivel. De hecho, el último partido de fogueo contra una España cargada con la mayoría de sus figuras, apenas lo perdió con un canasto doble de último segundo. Ese resultado contra la potencia europea, hizo que la gente volteara de reojo, pero hasta allí.

La competencia arrancó y Venezuela, dirigida por el argentino Néstor “Che” García dio una contundente demostración ante Cuba con triunfo 73-52. Luego se produjo el primer gran resultado, victoria ante Puerto Rico por 74-63. Después los dos favoritos de la competición, Canadá y Argentina sacaron a relucir su jerarquía y se impusieron ampliamente con marcadores de 82-62 y 77-68, respectivamente, para cerrar la fase de grupos.

La segunda vuelta inició con apretado triunfo ante República Dominicana (72-68), pero derrotas corridas ante México (73-70) y Uruguay (77-75) amenazaron con eliminar incluso la posibilidad de ir al Repechaje.

Sin embargo, llegaría el duelo ante Panamá, rival siempre incómodo. El ganador iría a Semifinales y el perdedor a casa. Los dirigidos por el “Che” hicieron el trabajo y terminaron ganando 75-62, para asegurar la primera meta que era el Repechaje.

La misión hasta ahí ya estaba cumplida ante los analistas y la opinión en general. El cruce en Semifinal era ante Canadá, con nueve jugadores de la NBA en su plantilla, pensar en una victoria para ir a los Juegos Olímpicos era una osadía y más si se tenía en cuenta el antecedente de la fase de grupos, en donde los norteamericanos habían apabullado. Pero puertas adentro, la sensación era distinta.

“Te digo, yo prefiero a Canadá en este cruce que a Argentina”, comentó aquella vez en una conversación fuera de micrófonos, el entrenador asistente Nelson “Kako” Solórzano, en los pasillos del hotel en el que se hospedaban las selecciones.

El “Che” recuerda que antes de ese duelo ante Canadá en el grupo existía convicción. “Cuando salimos a jugar contra ellos nosotros sentíamos que le ganábamos. No salimos a ver qué iba a pasar. Salimos del vestuario convencidos de jugar de igual a igual. Después del juego ante Panamá, nosotros verdaderamente sentíamos que podíamos lograr algo grande”, dijo el coach oriundo de Bahía Blanca.

La sensación de seguridad estaba basada en el trabajo. Si bien Venezuela había tenido un torneo de altibajos hasta allí, la realidad era que en la cancha físicamente el grupo lucía muy bien y la defensa era su principal arma.

“Fue sumamente importante la preparación en Europa contra equipos de primer nivel y el haber llegado a México 15 días antes del inicio del torneo, eso nos permitió aclimatarnos a la altura”, explicó en una oportunidad el ex presidente de la Federación Venezolana de Baloncesto, Carmelo Cortez.

El partido contra Canadá se dio como lo había premeditado el coach García. Se mantuvo de igual a igual en todo momento, para sorpresa de la gran mayoría. Fue hasta el cuarto período, restando tres minutos y medio, cuando los canadienses lograron alejarse a siete puntos. El entrenador pidió un descuento de tiempo y luego de diseñar una jugada dijo unas palabras que llegaron a lo profundo de sus jugadores: “Estamos a tres minutos de ir a los Juegos Olímpicos”.

“Eso fue una motivación. Empezamos a ajustar mejor en la defensa, luego vino un triple de Heissler Guillent acabándose la posesión, que fue muy importante y nos volvimos a poner en juego”, rememoró el ala pívot Néstor Colmenares.

Los vinotinto lograron el triunfo (79-78) contra todo pronóstico con un tiro libre de Gregory Vargas, restando par de segundos, y alcanzaron la clasificación a los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, los segundos en su historia.

Allí nacieron los “Héroes de México”, que se pusieron a la altura de los “Héroes de Portland”, aquel equipo que en el Torneo de las Américas de 1992, liderado por Carl Herrera, Yván Olivares, Sam Shepperd, Gabriel Estaba, entre otros, clasificó a los Juegos de Barcelona ’92 y jugó la final del continente ante el mítico “Dream Team” de Estados Unidos, que contaba con Michael Jordan, Magic Johnson, Larry Bird y compañía.

Pero la historia no terminaba allí. Aún quedaba la final contra Argentina, uno de los equipos más dominantes del continente. “Esa final fue atípica para mí porque el máximo logro era clasificar y ya lo habíamos hecho, pero después teníamos que ponerle el moño a toda esa actuación. Sentíamos que nuestra final había sido contra Canadá”, contó García.

Ciertamente en la final, a Venezuela le costó entrar en partido, quizás abrumados aún por el resultado anterior. Argentina tomó ventaja en el primer cuarto pero a partir del segundo, el equipo despertó y con su defensa regresó al partido. Pese al triunfo el día anterior ante Canadá, seguía existiendo escepticismo en la gente. Solo cuando se consumó la victoria (76-71) fue que lo creyeron.

A lo interno no había sido así. Como dijo el “Che”, luego del triunfo ante Panamá, empezaron a sentir que podía pasar algo especial. Pero no fue casualidad. Detrás hubo una sólida preparación que creo las condiciones para generar confianza y esa fue la clave del éxito.

 

AMERICUP 2017: UN EQUIPO EN SU MÁXIMA EXPRESIÓN

La primera edición de la AmeriCup, con su nombre actual, fue en 2017 y tuvo tres sedes para la etapa de grupos: Montevideo (Uruguay), Medellín (Colombia) y Bahía Blanca (Argentina). Se trataba de una nueva experiencia para la competición a nivel formato y estructura, dado que para la definición se había designado una cuarta sede, que fue Córdoba (Argentina). Allí concurrirían los cuatro mejores equipos para definir el título. El modelo fue exitoso por donde se lo analice. Hubo canchas llenas, partidos de muy interesante nivel y un respaldo total de las federaciones.

En la primera fase, las tres sedes mencionadas recibieron a cuatro equipos cada una: en el A se juntaron Argentina, Canadá, Venezuela e Islas Vírgenes, en el B estuvieron Colombia, Brasil, Puerto Rico y México, y en el C, Uruguay, Estados Unidos, República Dominicana y Panamá. En pocas palabras, lo mejor del continente.

Luego de algunos resultados sorpresivos, los clasificados al Final Four de Córdoba terminaron siendo Argentina, México, Estados Unidos e Islas Vírgenes, quienes se enfrentaron en semifinales en ese mismo orden de aparición (el local ante México y Estados Unidos frente a Islas Vírgenes). Y tanto argentinos como estadounidenses lograron imponerse con claridad. La final quedaba servida para los dos seleccionados más sólidos del torneo, que se reencontraban en un juego decisivo después de diez años (2007).

Por un lado, el equipo de Sergio Hernández, de excelente funcionamiento colectivo a pesar de la inesperada baja del capitán Luis Scola (llegó al torneo con lo justo tras un desgarro en el gemelo la pierna izquierda y, luego de disputar apenas un minuto de partido con Canadá, se desgarró el gemelo de la derecha). Por el otro, el conjunto de Jeff Van Gundy, con un buen plantel que mezclaba calidad, experiencia y ambición y que, si bien no poseía figuras NBA, tampoco presentaba jugadores despreciables en lo más mínimo. Por un lado el local, afrontando de lleno el recambio de la exitosa Generación Dorada, con un nuevo líder dentro del grupo (Facundo Campazzo) y un desesperado deseo de trascender, de escribir historia propia. Por el otro, el cuco histórico, con sus argumentos de siempre (defensa asfixiante y ataque rápido) pero adosando a su esquema de juego una interesante tendencia hacia el tiro exterior como piedra angular de las ofensivas.

El partido se disputó en el estadio Orfeo, con un marco inolvidable. Argentina empezó mejor y llegó a sacar una máxima de 20 puntos de ventaja en el tercer cuarto (50 a 30), no obstante, la presión, la ansiedad y la falta de experiencia en algunos jugadores le complicaron el terreno al momento del desenlace. Estados Unidos palpó esa inseguridad y, con Warney (MVP), Dilliard y Munford como abanderados, reaccionó con furia para terminar dando vuelta la historia y quedarse con el título. Fue 81 a 76, tras un cierre dramático. Y aunque los fanáticos locales se fueron con un sabor amargo -mezcla de resignación y frustración- también supieron con seguridad, ahí mismo, que su Selección estaba dando un paso gigantesco hacia el futuro.

Jeff Van Gundy

Argentina creció muchísimo a partir de aquella dolorosa e inesperada derrota. Sobre todo dolorosa, por cómo se dio el partido y por cómo añoraba aquel plantel su primer título. Las lágrimas de sus integrantes en la entrega de medallas fue motivación para lo que vendría más tarde (la clasificación al Mundial de China). De los golpes se crece. Los norteamericanos, en tanto, celebraron un nuevo título. Con orgullo. Porque fueron un equipo en su máxima expresión y ya no un simple compilado de estrellas. Porque construyeron su identidad en base a un compromiso colectivo sincero. “Queríamos hacer algo grande y lo conseguimos”, manifestó Van Gundy, luego de los festejos. Y vaya si lo consiguieron.

Desde que se comenzaron a disputar los Torneos de las Américas en 1980, Estados Unidos acumula ya siete títulos, y eso que no tuvo participación constante en el certamen. Sólo perdió una de las ocho finales que protagonizó: ante Puerto Rico, en México 1989.

Reggie Hearn

 

LA DÉCADA DE LOS 2020’S, UNA VITRINA DE TALENTO

En las cuatro décadas anteriores, las distintas ediciones de la AmeriCup dejaron una huella en el baloncesto, no solo a nivel continental, sino, internacional.

Desde contar con selecciones históricas como el ‘Dream Team’ de Estados Unidos en la edición de 1992, o la Generación Dorada en la primera década de los 2000’s, también pudimos presenciar figuras que tuvieron su impacto en el baloncesto de la región como un Oscar Schmidt, Manu Ginóbili, José “Piculín” Ortiz, Carl Herrera, Gustavo Ayón, y muchos más.

La nueva década de los 2020’s contará con tres ediciones de la AmeriCup: 2021, 2025 y 2029. El proceso para la próxima edición comenzará el próximo mes de febrero con 16 selecciones luchando por los 12 espacios disponibles para el evento del verano 2021 donde se buscará al campeón continental.

Y así como se vio en los primeros 40 años de existencia de la AmeriCup, con toda seguridad en la nueva década que recién comienza, seremos testigos de grandes momentos y nuevas figuras del baloncesto internacional, pues varias selecciones atraviesan por un proceso de renovación.

Por ejemplo, una selección como Argentina apunta que seguirá como una selección a seguir en los próximos torneos. Aunque ya la Generación Dorada de Ginóbili, Andrés Nocioni, Luis Scola, entre otros, cumplió con sus objetivos y colgó los tenis, Argentina sigue con un talento respetable encabezado por el armador Facundo Campazzo, quien con 28 años, se encuentra en el momento más productivo de su carrera y de seguro le veremos hacer magia en las próximas ediciones de la AmeriCup.

También podemos agregar nombres como el de Gabriel Deck, Luca Vildoza, Nicolás Brussino, Patricio Garino, que vienen de ser parte del equipo que fue subcampeón en la pasada Copa del Mundo. De igual forma, de seguro veremos el destello de nuevas estrellas como el juvenil Leandro Bolmaro, quien jugó en Mundiales en las categorías menores y ya da sus primeros pasos en el baloncesto profesional con el FC Barcelona.

Otra selección que observar es Brasil. En años recientes, la selección brasileña ha visto los primeros pasos de jugadores coo Yago dos Santos, Bruno Caboclo y Didi Louzada, que, de cumplirse los pronósticos, deberán ser los que lleven el liderato de un programa que vio pasar los mejores años de canasteros como Anderson Varejao, Leandro Barbosa, Nene, Marcelo Huertas, entre otros.

Didi Louzada

Puerto Rico, por su parte, pudiera recuperar el tiempo perdido en las ediciones recientes de la AmeriCup, cuando quedó fuera de los puestos semifinalistas en 2015 y 2017, algo que su afición no está muy acostumbrada. Muchos en la Isla del Encanto están apostando a la cepa de jugadores que tuvieron éxito a nivel juvenil como el equipo que llegó quinto en la Copa del Mundo Sub 17 en 2014 y que el se agenció la medalla de bronce en la Mundial de la misma categoría en 2018. Nombres como Arnaldo Toro, Iván Gandía, Andre Curbelo, George Conditt, Jermaine Miranda, Julian Strawther, pudieran levantar el baloncesto puertorriqueño y regresar a Puerto Rico a los primeros planos de la AmeriCup como ocurrió en los 1980’s y 1990’s.

A su vez, Uruguay cuenta con una joya en el guardia Santiago Vescovi, graduado de la Academia de la NBA en México (al igual que el boricua Miranda) y que recientemente en el baloncesto colegial de Estados Unidos con la Universidad de Tennessee. Vescovi ya debutó con la selección adulta en los Juegos Panamericanos, y muy bien lo podremos ver en una futura AmeriCup.

Igual debe pasar con la República Dominicana, que cuenta en su programa con un prometedor Jean Montero, quien con apenas 17 años ya es profesional en España y las selecciones menores ha demostrado destello de lo que puede hacer en una cancha. De seguro le veremos hacer lo mismo en alguna AmeriCup de esta década.

¿Y qué tal los equipos del norte? Canadá cuenta con una camada de mucho nombre, aunque le falta demostrarlo sobre la duela con resultados contundentes. Ya van más de 20 años de la última vez que Canadá disputó una final de la AmeriCup (1999). Si todos los ingredientes mezclan bien, Canadá pudiera aspirar a alguno de los títulos a disputarse en esta década.

Estados Unidos siempre es a observar. Con el desarrollo de la G-League, los estadounidenses han ampliado su nivel de talento en el continente. Los estadounidenses son los actuales campeones continentales y tuvieron marca de 10-2 durante las eliminatorias mundialistas. Varios de los jugadores que estuvieron en esas ventanas, eventualmente, llegaron a la NBA. El talento sobra.

Otras selecciones que tuvieron éxito reciente como México y Venezuela pudieran estar en la batalla en los próximos años. Estar entre los mejores del continente americano deberá ser una obligación para estos equipos si desean dar el salto de mayores logros a nivel internacional.

 

¿CUÁL FUE LA MEJOR EDICIÓN DE LA AMERICUP?

El debate es un ejercicio que suele enriquecer a las comunidades. Sean estas pequeñas o grandes. En nuestro caso, el básquetbol de América abarca un territorio tan amplio como variado. Y desde las distintas latitudes surgen diversas ideas y opiniones.

En esta primera mesa redonda virtual en la que nos sentamos, cada uno frente a su computadora, convocamos a prestigiosos periodistas para proponerles responder la siguiente pregunta: ¿Cuál fue la mejor edición de la AmeriCup en sus 40 años de historia?

Cuando están involucrados los seleccionados nacionales, hay una influencia de los sentimientos que puede pesar en las elecciones personales. Porque además de profesionales, somos apasionados de este deporte. Y lo vivimos con el análisis, pero también con el corazón.

Para el puertorriqueño Carlos Morales, entrenador campeón con su seleccionado nacional en 1995, y analista televisivo y analista televisivo: “En lo organizativo, las dos veces que la NBA presentó los torneos FIBA Américas (en 1992 en Portland y en 2007 en Las Vegas) me parecen las mejores. En lo deportivo confieso que carezco de objetividad al seleccionar el Preolímpico de Tucumán y Neuquén de 1995, en el que una devaluada selección de Puerto Rico sorprendió a todos en la final al superar al anfitrión del torneo, Argentina, por solo 1 punto y luego de haber caído por más de 30 en una ronda anterior”.

Por su parte, el argentino Alejandro Pérez, relator e historiador, considera que “sin dudas el Torneo de las Américas de 1992 fue único, porque marcó un hito en la historia del básquetbol internacional, ya que por primera vez Estados Unidos participó con jugadores de la NBA y lo hizo con el más maravilloso equipo (Dream Team) que se formará jamás. Si solo tomamos las ediciones normales, sin la presencia de semejantes estrellas, la de 2011 fue muy atractiva, con una clasificación olímpica definida con el balón en el aire y una final muy reñida”.

El venezolano Freddy Chavier, experimentado comentarista e historiador, indica: “La mejor edición ha sido Portland 1992 porque allí se vio al mejor equipo, que sin discusión fue el de Estados Unidos de ese Preolímpico, el auténtico e inigualable Dream Team. En ese entonces si querías armar el mejor equipo de todo el planeta, solo necesitabas pasaportes estadounidenses. Después de aquello es imposible, dada la internacionalización de la NBA. Para agregarle más peso a mi elección, aunque quizás aquí no pueda ser todo lo objetivo que quisiera, debo poner en valor lo que representó para Venezuela ese torneo, donde consiguió su primera clasificación a los Juegos Olímpicos”.

El brasileño Juarez Araújo, quien se ha desempeñado tanto en medios gráficos como en televisión, expone su punto de vista a partir de sus vivencias: “Estuve en Portland en 1992 y esa fue la mejor edición. Más allá de la participación del Dream Team, fue notable por la clasificación olímpica que consiguió Venezuela por primera vez en su historia. El equipo dirigido por Julio Toro superó a Brasil en semifinales y así logró un hito en la historia de la competición”.

El comentarista televisivo y radial uruguayo Juan Pablo Taibo señala: “La mejor edición de la AmeriCup fue la que se disputó en México en 2015. El nivel de la gran mayoría de las selecciones fue muy alto, o bien por aspectos individuales de cada uno de los representativos (varios de ellos jugadores NBA) o bien por apariciones colectivas de destacar como la campeona Venezuela (quizás de la mejor de la historia). También fue muy valioso lo de Argentina. Para Uruguay ese no fue un gran torneo (aunque venció a los campeones en la primera fase) y quizás sí mejoró su imagen en la edición de 2017, donde pudo organizar una sede y jugar de local luego de muchos años, darle minutos de jerarquía a jóvenes que hoy son referentes, ganarle a Panamá y República Dominicana y estar muy cerca de hacerlo ante Estados Unidos, posteriormente campeón”.

Otro puertorriqueño, Marcos Mejías, redactor y vos autorizada desde sus podcasts, da su punto de vista: “La mejor AmeriCup fue la de 2003 celebrada en San Juan. Si bien en 1992 vimos, sin duda, al mejor equipo de baloncesto en la historia, la disparidad era tanta que una victoria ante un Estados Unidos con sus NBA’s era impensable. En cambio, la edición de 2003, en cuanto a calidad general, fue superior. Estados Unidos volvió a contar prácticamente con todos sus mejores jugadores de la NBA (excepto Kobe Bryant (Q.E.P.D), Shaquille O’Neill y Kevin Garnett) al presentarse con Duncan, Kidd, Allen, McGrady y Iverson. A esto, se le agrega a una Argentina que venía de una plata mundialista y que, luego ganaría el oro en Atenas 2004. De hecho, Argentina coqueteó con vencer a Estados Unidos en la segunda ronda, en lo que fue uno de los mejores partidos del campeonato. En ese momento, Puerto Rico todavía imponía respeto a nivel internacional y la clasificación a los Juegos Olímpicos abrió la puerta para la historia que se escribió en Atenas. Canadá regresó con un Steve Nash que estaba a las puertas de sus años grandes en la NBA, mientras que México y Brasil también fueron con buenos equipos. No hubo noche fácil en este torneo. Argentina perdió ante México y estuvo cerca de caer ante Brasil. Puerto Rico perdió ante Canadá en primera ronda, aunque tuvo su desquite en el juego por el bronce que dio el pase olímpico. Salvo Estados Unidos, que terminó invicto, el resto de los equipos perdió al menos cuatro partidos y ninguno llegó a siete victorias. Ya a nivel personal, y por ser boricua, la edición que más atesoro es la de 1995. A tres días del torneo, Puerto Rico no sabía qué equipo iba a llevar para el torneo que otorgaba tres plazas para Atlanta 1996. Piculín Ortiz, Jerome Mincy y Ramón Rivas lideraron un segundo grupo al cual muchos no le daban oportunidad (pues el resto de los mejores jugadores locales estaban suspendidos) y terminó el torneo con 9-1, la medalla de oro, y se desquitó de su única derrota (35 puntos) ante Argentina en una final clásica. Ha sido el último título continental para Puerto Rico”.

Las miradas son variadas. ¿Consideramos el mejor torneo al que presentó al mejor equipo, al que tuvo un nivel alto y parejo o al que por alguna razón nos genera una sonrisa al recordarlo? Todas las ediciones resaltadas tuvieron aspectos especiales. También lo tuvieron otras como la de 2001, donde se vio el comienzo del despegue de la Generación Dorada de Argentina o la de 2013 cuando México entregó, tal vez, la sorpresa más grande de la historia. ¿Está mal tener otra como favorita? Claro que no. En definitiva, lo atractivo de este tipo de debates, es que no hay una respuesta correcta, sino que todas lo son. Lo importante es valorar el recorrido que la AmeriCup ha tenido a lo largo de la historia y lo que generó cada edición en quienes estuvieron involucrados.

 

¿CUÁL FUE EL MEJOR EQUIPO EN LA HISTORIA DE LA AMERICUP?

La segunda invitación a sentarse a la mesa redonda para debatir virtualmente presenta un tema que inevitablemente nos llevó a la coincidencia más absoluta que ha percibido una comunidad. Para elegir cuál es el mejor equipo en la historia del principal campeonato de selecciones de América, no hace falta tomarse mucho tiempo para pensar.

En este escenario, se recurrió al puertorriqueño Carlos Morales, entrenador y analista televisivo, a que brinde una respuesta: “Sin duda alguna el Dream Team original que Estados Unidos presentó e hizo debutar en Portland 1992, apenas unas semanas antes de que arrasaran con la competencia en los Juegos Olímpicos de Barcelona. Con figuras como Michael Jordan, Larry Bird y Magic Johnson, entre otras, es muy difícil que alguna otra selección le pueda disputar ese título”.

Está claro que esa constelación de superestrellas dirigida por Chuck Daly no solo fue la mejor representante del continente, sino del mundo. Nadie podrá siquiera acercarse al poderío que mostró ese equipo. Once próceres de la NBA y Christian Laettner, de la Universidad de Duke. Para repasar: Michael Jordan, Magic Johnson, Larry Bird, Scottie Pippen, Charles Barkley, Patrick Ewing, David Robinson, Karl Malone, John Stockton, Clyde Drexler y Chris Mullin. Los rivales se sacaban fotos antes de enfrentarlos para atesorar esa experiencia por siempre. Todos sabían que contra ese seleccionado de Estados Unidos no había equivalencias.

Entonces, vale ampliar la propuesta del debate y eso amerita ofrecer una opción más a los prestigiosos periodistas participantes de elegir un equipo extra. Se corrieron los dioses del olimpo de la NBA y aparecieron las selecciones más terrenales.

El argentino Alejandro Pérez, relator e historiador, considera que “la respuesta no puede ser otra que el seleccionado de Estados Unidos en 1992, sencillamente, porque no habrá nunca más un equipo como ese. Entre los equipos ‘normales’, me quedo con Argentina de 2001, porque ganó todos sus partidos con una amplitud contundente, desplegando un básquetbol efectivo y vistoso, que adelantó las proezas que conseguiría en los años siguientes”.

Juan Pablo Tamborini, de destacado trabajo tanto en la radio como en la televisión uruguaya, expresa: “Más allá de lo que fue el Dream Team de Portland 1992, generacionalmente quedé marcado por lo que mostró Argentina en Neuquén 2001. Quizás no imaginamos el plantel y la generación que se estaba gestando, pero ya en ese campeonato el equipo fue realmente imbatible, no hubo paridad con sus rivales. Liderada por Ginóbili, acompañado por con un conjunto de jóvenes que demostraron una capacidad diferente a la que estábamos acostumbrados a ver de este lado del planeta, Argentina dio inicio a una generación que luego ganó mucho”.

Desde República Dominicana, Melvin Bejarán, narrador y conductor radial, detalla su elección: “El equipo de Estados Unidos de Portland 1992 queda por encima del resto sin discusión, pero cuando combinamos dominio y calidad la lista debe continuar con la Argentina de Neuquén 2001. ¿Cómo no decantarse por este conjunto que se coronó con un perfecto 10-0 que incluyó un promedio de 97,7 puntos convertidos por encuentro, apenas 74,8 puntos permitidos y nueve triunfos por cifras dobles? Aquella honorable albiceleste con Manu Ginóbili, Pepe Sánchez, Rubén Wolkowyski, Fabricio Oberto, Luis Scola y Andrés Nocioni, entre otros, marcó el inicio de la bien llamada Generación Dorada, la cual representa el mejor camino a seguir para las demás selecciones latinoamericanas”.

Para el venezolano Luis Vargas, de vasta experiencia en medios de comunicación, “el Preolímpico de Portland 92 marcó un hito en el deporte mundial. La incursión de jugadores profesionales en el baloncesto supuso una nueva era para el deporte organizado, cuyo avance quedó de manifiesto en los años posteriores. Por ese impacto tan grande, que excede las fronteras del baloncesto, y por la coincidencia de varios de los mejores jugadores de la historia de este deporte en un solo equipo, el único Dream Team de Estados Unidos debe ser el mejor seleccionado de América. Para Venezuela también fue, al alcanzar la final de aquel torneo, un hecho que estremeció socialmente a nuestro país, y terminó siendo catalogado como una de las tres hazañas deportivas del siglo 20 venezolano. Sin embargo, otros equipos deben ser considerados también en esta antología. En el Premundial de Neuquén, en 2001, que no solo tuvo a estrellas consagradas de la NBA como Steve Nash, apareció una cantidad extraordinaria de nuevos talentos de diferentes países a la NBA y a las principales ligas del mundo, liderados por esa pléyade de jugadores que hoy recordamos como la Generación Dorada. Es por eso que es ineludible la referencia a ese seleccionado argentino. La AmeriCup tiene una historia formidable, en la que Venezuela ha disfrutado momentos felices, con tres medallas, cuatro clasificaciones mundialistas, dos olímpicas y un inédito título en 2015 que hizo vibrar al país”.

El brasileño Juarez Araújo, quien se ha desempeñado tanto en medios gráficos como en televisión, aporta una mirada diferente. “Al margen de aquel irrepetible Dream Team, me quedo con la selección brasileña de 1984. Ese plantel que tenía a Oscar, Marcel, Marquinhos, Gilson, Adilson, Carioquinha, Israel Andrade y Gerson Victalino brilló en el torneo que se disputó en el gimnasio de Ibirapuera en San Pablo y derrotó a Puerto Rico en una final espectacular”.

Hay dos seleccionados de Estados Unidos que no fueron considerados por los colegas y merecen ser, al menos, mencionados en esta mesa redonda. El de 2003, que ganó el oro en San Juan de Puerto Rico, con figuras como Allen Iverson, Vince Carter, Jason Kidd, Tim Duncan y Tracy McGrady. Y el de 2007, que consiguió el título en Las Vegas, en el que se destacaron Kobe Bryant, Carmelo Anthony, LeBron James y Amar’e Stoudemire. Ambos tuvieron un registro de diez triunfos sin derrotas. También, mostraron una enorme superioridad sobre sus contrincantes.

Las opiniones quedaron expuestas. Sobre la mesa están los argumentos. Sin dudas, el Dream Team superó las fronteras de este torneo, del baloncesto y de cualquier deporte. Será por siempre el equipo más épico de la historia. En cuanto a los demás, cada uno dejó una marca en su época. El placer de haberlos disfrutado a todos es imborrable.

 

¿CUÁL ES EL MEJOR JUGADOR DE LA HISTORIA DE LA AMERICUP?

La lista de jugadores fuera de serie que mostraron su talento desde el primer Torneo de las Américas en 1980 hasta la AmeriCup de 2017 es tan extensa como lujosa. La búsqueda en los videos, los archivos y las estadísticas pueden entregar la información necesaria para construir diversas opiniones. En esta oportunidad, la mesa redonda de debate virtual está compuesta por grandes jugadores de distintos países del continente. ¿Quién es para ellos el mejor jugador de la historia de la AmeriCup?

El alero argentino Andrés Nocioni, campeón de América en 2001 y 2011, y que además disputó el máximo torneo continental en 1999, 2003 y 2015, se inclina por un compañero: “Sin ningún tipo de dudas me quedo con Scola. Tal vez pierdo objetividad por mi amistad con él y por todo lo que compartimos, pero los números me avalan. Luis es el jugador más determinante de la historia del campeonato por su compromiso con la camiseta argentina al participar en nueve ediciones. Además, es el máximo anotador histórico y recibió cuatro premios al MVP”.

El alero brasileño Guilherme Giovannoni, con ocho presencias ininterrumpidas desde 2001 hasta 2015, dice: “Desde 1980 hasta 2017 es un período muy grande, entonces ahí aparecen nombres como Oscar, Marcel, Piculín Ortíz, Héctor Campana, Juan Espil y un montón más. Pero me quedo con uno más reciente, tal vez porque me tocó enfrentarlo mucho: Luis Scola. Por los logros individuales de toda su carrera, por estar siempre presente, por su performance y por los títulos”.

E base paraguayo Javier Martínez, protagonista de su seleccionado en la edición de 2011 considera que “es una decisión complicada. Por lo que vi al final de su carrera y luego por internet, Oscar Schmidt es uno de mis preferidos, principalmente porque en su época las franquicias de la NBA no les permitían a los extranjeros representar su selección y él renunció a jugar allí para mantener su compromiso con Brasil. Sin embargo, por ser contemporáneo, elijo a Luis Scola. Por su sentido de pertenencia con la camiseta argentina y por lo que inculcó, tanto en sus compañeros anteriores como en los actuales. Su calidad y las estadísticas hablan por sí mismas, pero la huella que dejó y dejará es algo inigualable. Jugué muchos años en Argentina y pude percibir el impacto de la Generación Dorada y en eso mucho tiene que ver la constancia de Luifa. Más allá de sus logros, lo que generó en sus pares -en mi caso admiración- es enorme”.

Al alero venezolano Víctor David Díaz, quien representó a su país en los FIBA Américas de 1992, 1993, 1995, 1997, 1999, 2001, 2003 y 2005, le resulta imposible decidirse: “No puedo quedarme con uno solo, así que voy a elegir a dos: Oscar Schmidt y Manu Ginóbili. Simplemente, porque hicieron lo que se les dio la gana cada vez que jugaron un torneo en América”.

El base uruguayo Marcelo Capalbo, presente en las ediciones de 1992, 1993, 1995, 1997 y 2001, tiene clarísima su elección: “Aunque en las décadas de 1980 y 1990 hubo muchísimos jugadores que mostraron un nivel tremendo en todo el continente, sin lugar a dudas me quedo con Manu Ginóbili. Por todo lo que logró paso a paso, por su profesionalismo, su competitividad y su capacidad de adaptación. Y, sobre todo, por el ejemplo que fue para muchos chicos. Es indiscutible, les saca nueve vidas de ventaja a los demás. Detrás de él, Luis Scola”.

Francisco García, alero dominicano que jugó para su selección en los campeonatos FIBA Américas de 2005, 2009, 2011, 2013 y 2015 expresó: “Elijo a Luis Scola por su consistencia para jugar por su país. Llevó a Argentina a todos los grandes eventos a partir de sus actuaciones. Y allí fue campeón olímpico en 2004 y subcampeón mundial en 2002 y 2019. Cosechó medallas de oro durante toda su impecable trayectoria. Es un ejemplo a seguir como jugador y como persona”.

El panameño Jair Peralta, base que estuvo presente en Santo Domingo 2005 en la histórica clasificación al Mundial de Japón 2006 da su punto de vista: “ El más importante de Panamá es Michael Hicks, por su liderazgo como capitán. Un ejemplo dentro y fuera de la cancha vistiendo nuestra camiseta nacional por más de 20 años. Si nos referimos a todo el continente, resulta muy difícil elegir a uno solo, porque hay grandes estrellas como Víctor David Díaz, Leandro Barbosa, Jack Michael Martínez, Manu Ginóbili y Oscar Schmidt. De ellos me quedo con Oscar, que fue uno de nuestros primeros ídolos y quien le abrió las puertas a muchos latinos para ir a Europa. Además de su gloriosa campaña en los torneos FIBA Américas, fue el protagonista de romper la barrea cuando Brasil le ganó a Estados Unidos en los Juegos Panamericanos y a partir de ahí muchos nos dimos cuenta de que no eran invencibles”.

El pivote mexicano Gustavo Ayón, campeón y MVP en 2013, quien también jugó en 2007, 2009 y 2015, fue concreto: “El mejor es Luis Scola, porque es el jugador que más participaciones ha tenido manteniéndose en un alto nivel”.

Quedaron sin ser mencionados en estas opiniones íconos como Michael Jordan, Magic Johnson, Larry Bird, Kobe Bryant, LeBron James (Estados Unidos), Steve Nash, Jay Triano, Leo Rautins (Canadá), Marquinhos Abdala Leite, Marcelinho Machado (Brasil), José Vargas, Franklin Western, Luis Felipe López, Al Horford (República Dominicana), Mario Butler, Rolando Frazier (Panamá), Ruperto Herrera, Lázaro Borrell (Cuba), Arturo Guerrero, Rafael Palomar (México), Raymond Dalmau, Georgie Torres, Mario Morales, Fico López, Ramón Rivas, Jerome Mincy, Eddie Casiano, José Juan Barea, Carlos Arroyo (Puerto Rico), Hebert Núñez, Carlos Peinado, Horacio López, Wilfredo Ruiz, Esteban Batista, Leandro García Morales (Uruguay), Carlos Raffaelli, Miguel Cortijo, Marcelo Milanesio, Pablo Prigioni, Carlos Delfino, Facundo Campazzo (Argentina), Gabriel Estaba, Carl Herrera (Venezuela) y tantas estrellas más que hicieron brillar al torneo insignia de América.

 

Texto:
Alejandro Pérez, Marcos Mejías Ortiz, Reiner Izturriaga,
Germán Beder y Pablo Cormick para FIBA
Fotos: FIBA

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