🇦🇷 HIJOS DE LA LIGA: LA HISTORIA DE LUCIANO Y LUIS GONZÁLEZ

Nos metemos en la intimidad de la familia González. Por un lado tenemos a Luis, el Chuzo, el padre, uno de los máximos goleadores de la historia de la Liga Nacional, campeón con Atenas y de una trayectoria envidiable. Del otro lado, Luciano, el Chuzito, el hijo, uno de los jugadores de mayor jerarquía dentro de la Liga, con recordados pasos por Quimsa, Instituto y San Lorenzo donde se mostró en su mayor plenitud y ahora fichado por el Flamengo de Brasil.

Cuando las raíces son los mismas, los caminos suelen tomar rumbo similares. En La Liga hay varios casos de estos. Está en la sangre, en los genes, en ese legado que uno, el padre, triunfante y con un recorrido ejemplar, le deja a su hijo, que toma la mochila y cargado de sueños va en busca de su propia historia. Hará el camino a su manera, de su forma, con su estilo, lo escribirá con su propia pluma, pero siempre es una valiosa guía tener como padre a un gran ejemplo. En este sentido #HijosDeLiga relatará la historia de los González.

Por un lado tenemos a Luis Alberto, el padre. El Chuzo fue un goleador letal, uno de los máximos anotadores de la historia de la Liga Nacional, notable jugador que fue uno de los íconos más importantes entre la segunda parte de la década de los 80′ y la primera mitad de los ’90. Fue el primer goleador nacional que tuvo La Liga, en la temporada 1988, jugando en aquel entonces para Echagüe de Paraná y con 28,9 puntos de promedio (896 puntos en 31 PJ).

Recordado por su eficiencia y la estética como tirador, también dejó una huella grande dentro de la segunda categoría, la Liga Argentina, como el jugador con mejor promedio de puntos, con 23,5 tantos en 106 partidos, habiendo disputado tres temporadas en la división. Fue campeón de Liga con Atenas de Córdoba en la temporada 1990, aquel Griego de antología que marcó una era dentro del básquet. Con el verde cordobés también fue campeón sudamericano en 1993, además de subcampeón nacional en 1989 y en la 1992/93.

Jugó en Ferro Carril Oeste, San Miguel, Unión de Santa Fe, los ya mencionados Echagüe y Atenas, Peñarol de Mar del Plata, Sport Club de Cañada de Gómez y Regatas San Nicolás. Sin dudas un recorrido por demás prestigioso, que se completa por supuesto con múltiples presencias en torneos con la selección argentina, donde se computan preolímpicos, panamericanos y sudamericanos. Prestigiosísima trayectoria, que tras su retiro como jugador siguió manteniendo un fuerte vínculo con el básquet desde su rol como entrenador y formador, desarrollando incluso proyectos deportivos. Empresario y emprendedor, sin dudas es uno de los grandes símbolos y referentes de la rica historia de la Liga.

Por otro lado tenemos a Luciano, el hijo. El Chuzito, apodado así justamente por la decantación de su padre, es uno de los jugadores de mayor jerarquía dentro de la actualidad de la Liga Nacional. Escolta solidario, jugando incluso en la misma posición que Chuzo aunque polifuncional ya que hasta jugó tanto como alero y como base gracias a sus capacidades técnicas, Luciano tuvo una formación por demás importante a través de estos 30 años, siendo profesional desde 2007.

Como puntos destacados en la carrera del Chuzito se pueden mencionar el Súper 20 que ganó la pasada temporada con San Lorenzo de Almagro, como así el subcampeonato de La Liga en la 2018/19 defendiendo los colores de Instituto de Córdoba, además de ser subcampeón del Súper 20 del 2017 también con la Gloria. Con el Ciclón también logró el tercer puesto en la FIBA International Cup que se disputó en Tenerife a principios de este año, y el subcampeonato en Liga Sudamericana en 2018. En las últimas semanas confirmó su pase al Flamengo de la NBB, un grande de Brasil y del continente.

Más allá de estos últimos clubes mencionados, el Chuzito tuvo un reconocido paso por cada uno de los escalones de nuestro básquet nacional, pasando nivel por nivel hasta convertirse en el jugador consolidado que podemos ver en la actualidad. Jugó en Echagüe de Paraná y San Martín de Corrientes dentro del marco de la Liga Argentina, y ya en la máxima división pasó por Obras Basket, Sionista de Paraná, La Unión de Formosa, Atenas de Córdoba, Quimsa y los mencionados Instituto y San Lorenzo. Fue elegido y distinguido como el Mejor Sexto Hombre de La Liga 2018/19. También jugó en el Minas Tenis Clube, en la 2011/12 de la NBB brasileña. Por supuesto que también tuvo participación con la celeste y blanca, recordando que en formativas jugó tanto Premundial U18 como Mundial U19; además de que en la mayor jugó Panamericanos del 2011 y en noviembre del 2018 jugó en una de las ventanas clasificatorias del pasado Mundial FIBA de China 2019.

EL CHUZO, UN GOLEADOR LEGENDARIO. Hablar de Luis González es hacer mención a uno de los jugadores más desequilibrantes que tuvo la Liga Nacional en sus primeros años. Surgido del club Parque de su Villaguay natal, cuando a los 13 años detectaron rápidamente sus condiciones con Carlos Elizalde como pilar, su carrera conllevó un ascenso escalón por escalón, pasando también por seleccionados locales, provinciales y nacionales (campeón sudamericano en 1981), hasta que quizá uno de esos primeros saltos fuertes se daría cuando pasó al Ferro de León Najnudel, antes del nacimiento de los #35AñosDeLiga.

Si bien no jugó Liga Nacional con Ferro, fue parte del proceso de construcción camino a la Liga Nacional. Pasaría a San Miguel, para luego recalar en Unión de Santa Fe, dirigido en aquel entonces por Flor Meléndez y en lo que fue el primer año de La Liga, en 1985. Volvió a Entre Ríos para jugar en la capital provincial, defendiendo los colores de Echagüe de Paraná por tres temporadas, dentro de la cual nos topamos con aquella campaña del 88 donde consiguió un abrumador registro de 28,9 puntos por noche. Todo esto haría que recale al siguiente año en Atenas, parte de quel equipo que entre sus filas tenía también a Héctor Pichi Campana y Marcelo Milanesio.

El Chuzo González es uno de los máximos goleadores de la historia de la Liga

Con Atenas ganó títulos y fue protagonista en varias oportunidades, tanto a nivel nacional como internacional. En el Griego disputó dos temporadas, la de 1989 y la liga corta de 1990, para luego pasar a Peñarol en la 90/91. Luego siguieron Sport Club (91/92), un regreso a Atenas (92/93), Regatas San Nicolás (93/94) y las últimas tres campañas de su carrera con Echagüe, hasta que se retiró tras la 96/97. Jugó casi 15 temporadas a nivel profesional, dejando una huella imborrable en la memoria de todos, más allá de que el propio Chuzo confiesa que la fuerte autoexigencia y la presión que se ponía lo hizo sentir en su momento como que siempre le faltó lograr más.

“Siempre sentí que estuve en deuda con el básquet. Siempre pensé que tenía mucho más para dar y que no di el 100%, por más que me rompía el alma. A veces pasé por momentos difíciles donde uno nunca dejaba de darlo todo, pero a mí me pasó de sentir que siempre uno jugaba mal. Entonces recuerdo que cuando volvía a mi casa casi no dormía, me acostaba y me acordaba de todas las jugadas que había hecho ese día, metiendo 30 o metiendo 10. Al otro día, lo que yo erraba, lo repetía en un entrenamiento 10-15 veces y me puteaba solo, no podía creer cómo podía errar esos tiros. Nunca lo contaba, pero era la forma de mejorar que tenía”.

“A mí me ayudó mucho que cuando empiezo a meterla mucho en Echagüe, empiezan las defensas combinadas de cuadrado y uno o de triángulo y dos, más que nada la primera. Entonces yo me comí los mejores defensores de la Liga, desde Luis Oroño hasta Aguilar, De La Fuente… pero no me los comía solo, sino en cuadrado y uno. Los entrenadores no tenían un sistema para eso. Es más, en los bloqueos los agarraba a mis compañeros y los tiraba en contra para que me bloqueen mejor, cortina en movimiento. Muchas veces los entrenadores me paraban en una esquina y jugaban 4 vs 4, era cuadrado y uno, y yo me quedaba quizá con el mejor defensor del rival y jugaban los otros cuatro (risas). Me pasó en Echagüe, en Regatas… en varios lugares”.

Como decíamos, los últimos años como jugador profesional para el Chuzo fueron en Echagüe, donde disputó en conjunto un total de seis temporadas. La segunda etapa se dio ya con 32 años y en el TNA, donde el nacido en Villaguay decidió volver a un club donde había pasado grandes momentos pero sabiendo que su retiro estaba a solo un par de años de concretarse.

“Me volví a Echagüe para los últimos años, venía de estar en Regatas de San Nicolás el año anterior. Me acuerdo que el Huevo Sánchez me había llamado para ir a Andino, que fue la temporada donde estuvo Manu en La Rioja (1995/96). Me subían el dinero que me ofrecían, cada vez más, pero yo ya había tomado la decisión de irme a Echagüe, porque también tenía decidido retirarme a los 35 años. Hincha de River, y Francescoli había dejado a esa edad, quería a esa edad dejar el deporte y no que el deporte me deje a mí, como dijo Enzo. Pero nadie lo sabía, solo lo sabía yo”.

¿Cuál es la imagen de su hijo? Luciano por su parte tiene algunos vagos recuerdos de la etapa de jugador de su padre. El Chuzito nació en 1990, por lo cual vio al Chuzo en lo que sería prácticamente la segunda etapa de su carrera. Fue ese año donde su padre salió campeón con Atenas, y de hecho solo tenía algunos meses cuando se consiguió aquel título. No obstante, los recuerdos en sí comienzan a llegar cuando fue más consciente, y con esto hablamos de la época de los últimos años de la carrera con su mencionado regreso a Paraná.

“No tengo el recuerdo tan vívido porque mi viejo los primeros años andaba de un lado para el otro de esas mudanzas cuando jugaba en Atenas, Peñarol, años en los que no tengo memoria porque era muy chiquito. Donde sí empiezo a tener un poco más de recuerdos es cuando mi viejo se viene a Echagüe. Sin dudas era consciente de que mi viejo jugaba en el primer equipo y que iba mucha gente a verlo, pero no era tan consciente del nivel de mi viejo, de lo importante que era. Para mí eran todos buenos jugadores, todos eran lo mismo, y no podía diferenciar el uno del otro si eran buenos, regulares, más o menos… cuando era chico para mí era imposible diferenciar eso. Lo que sí tenía claro es que mi viejo jugaba y sé que eso me motivaba muchísimo a mí para ir a entrenar y hacer un montón de cosas para intentar imitarlo”.

Por supuesto que esa imagen de chico también fue tomando una mayor forma con el paso de los años. Y es que, como todo hijo, Luciano cayó en la clásica curiosidad de saber cómo jugaba su padre, mientras a su vez iba tomando más consciencia de cuestiones técnicas del juego y podía tener una opinión mucho más formada de la que tenía de niño. Independientemente de esa referencia, está claro que el Chuzito siempre observó a su padre como un ejemplo y modelo a seguir. En ese sentido, en todo momento de su desarrollo buscó imitarlo.

“Con los años me fue dando un poco de curiosidad y he visto algunos partidos de mi viejo en sus mejores años, para ver realmente quién era mi viejo. Es muy fácil que te lo digan, pero yo tenía esa curiosidad de verlo cómo jugaba, realmente quería verlo y, entendiendo obviamente los cambios que fue teniendo el básquet con los años, y la verdad es que el loco jugaba bárbaro, la rompía. Creo que a todos los que tenemos papás que fueron jugadores nos pasa lo mismo, como que uno siempre tiene esa imagen de ídolo de su papá y quiere hacer lo mismo. Y el hecho de tener esa imagen de mi viejo me motivaba muchísimo, quería imitarlo y ser como él, y hasta diría que en mi cabeza era normal y súper natural eso”.

LA INFANCIA DEL CHUZITO. La pasión se transmitió por la sangre y Luciano desde muy pequeño ya comenzó a tener un fuerte contacto con el básquet. No podía esperarse menos, ya que el amor por la naranja y la emoción que generaba el hecho de picar una pelota siempre estuvo muy ligado a los González. Y en el caso del Chuzito, todo se dio de manera mucho más automática, casi como si fuese normal, desde la simpleza de crecer en un ambiente familiar con papá de referente y siendo el básquet un estímulo constante.

“No recuerdo tanto, pero me han contado mucho y hay fotos que demuestran que sí, que ya en los primeros años me iba a todos los partidos de mi viejo, de tener el típico arito de plástico con la pelotita de goma colgados en algún lugar de casa como siempre. Cuando mi viejo se viene a Echagüe, ya tenía algo de seis años más o menos y empezaba a jugar con mosquitos. En esas primeras divisiones tengo un recuerdo más fresco, porque ya empecé a tener categorías en formativas y empiezo a encontrarme con la pelota. Tengo algunos recuerdos muy lindos de esa época”.

Luciano junto a sus hermanos más chicos, el tercero contando desde la izquierda

“Me acuerdo de jugar en el playón de la cancha de afuera de Echagüe, esa transición de la pelotita chica a la mediana, empezar a jugar partidos los fines de semanas, toda esa parte la tengo súper fresca. También tengo toda la parte fresca de ir a verlo a mi viejo, porque se retiró cuando yo tenía casi 8 años, en el 97 jugando en Echagüe. Recuerdo haber ido a ver algunos partidos de mi viejo, un montón de fotos de esa época con mi viejo y de hecho la primera camiseta que usé alguna vez cuando arranqué a jugar al básquet a los 4 años se la di a mi viejo porque la tenía guardada, así que tengo un par de recuerdos que son reliquias después de tantos años”.

El Chuzo también recuerda aquella primera camiseta que usó Luciano con apenas 4 años. Y es que termina teniendo un valor especial, único, parte del orgullo de un padre viendo a su hijo cómo va dando sus primeros pasos en el básquet, en aquel deporte que tanto han respirado y tanto los ha unido durante todos estos años. Aquella remera con la que el Chuzito arrancó a jugar fue en San Nicolás, cuando su padre militó con los colores de Regatas en la temporada 93/94 de la Liga Nacional. El recuerdo, esa reliquia como bien comenta el hijo, para el padre resulta ser algo tan importante que la enmarcó la puso en su oficina.

“Como una de las cosas más importantes que tengo de recuerdo es su primer camiseta, cuando estábamos en San Nicolás, que la tengo en un cuadrito en mi oficina. Ahí tenía 4-5 años, y esa camiseta está apenas entrás a mi oficina. La guardó la mamá y ahora la tengo yo en un cuadro, que fue cuando arrancó con el básquet y comenzó a transitar este camino”.

“Otra cosa que no me olvido es cuando salimos campeones con Atenas. No se me olvida nunca la imagen de tenerlo en mis brazos, tengo esa imagen grabada y de hecho suelo buscarla porque está en un video, en el medio de los festejos mientras todos celebramos en la cancha. Luciano era chiquito. Después lo de siempre, el arito de plástico y una pelota que era más grande que él al principio también (risas), eso estaba presente en todo momento en esa época”.

Y así como afloran esos recuerdos, Luciano recuerda los tiempos de muy pequeño siendo un fiel compañero de su padre. Como si fuese un círculo, una cadena que se repite una y otra vez, generación tras generación, con los hijos casi como escuderos de sus padres jugadores, como una sombra que los siguen a todas partes. Al Chuzito le pasaba justamente lo mismo con Luis, como al día de hoy ve ese reflejo suyo de aquella época en algunos hijos de los compañeros de equipo que tiene en la actualidad.

“Me pasaba un montón eso de seguir a mi viejo a todos lados, a las comidas con el equipo, a los asados, de esas cosas lindas además de los partidos me acuerdo. Incluso tenía eso de meterme en los vestuarios, como pasa hoy con los hijos de compañeros míos que quizá estamos todos dentro del vestuario y ellos también se meten adentro. Recuerdo de haber vivido esas cosas, de que terminen los partidos e ir a saludarlo a mi viejo cuando los jugadores iban a saludar al centro de la cancha… esas también las pasé”.

EL CAMINO AL PROFESIONALISMO, PASO A PASO. Si bien hoy podemos encontrar a un Chuzito afianzado, consolidado como jugador y gozando de rendimientos muy altos, la realidad es que para que todo este presente se construya existió un pasado que debió surtir. Y hablamos de todo un recorrido desde muy joven, desde que se inició en Paraná pasando por los distintos torneos locales, ligas provinciales y a partir de ahí empezar a tomar un vuelo nacional, que también fue escalonado pasando por la ex Liga B, el TNA/Liga Argentina y un salto a la Liga Nacional donde también debió acomodarse con el paso de los años.

El propio Luciano recuerda la importancia tanto de su padre como de toda su familia dentro de este camino, desde el acompañamiento constante pero también desde la experiencia que podía aportarle el Chuzo por haber tenido vivencias similares. En ese sentido, el Chuzito agradece que cada escalón que fue pisando en el básquet le sirvió para ir madurando y entendiendo cómo buscar su mejor juego.

“En mis inicios sobre todo, mi viejo fue una muy importante fuente de consulta porque después de estar juntos en la Liga Provincial me fui a jugar Liga B en Unión, y ahí también me ayudó porque estaba Seba Uranga como entrenador. Mi carrera se fue dando así, escalonada y paso a paso. Y estoy mucho más que agradecido de que se haya dado de esa forma porque más haya de no haberme salteado ningún paso y de la enseñanza que tuve en todo momento, me hizo valorar muchísimo el camino que recorrí hasta ahora. Como consecuencia de todo este camino termino jugando hoy Liga Nacional, y fui pasando de niveles, dándome cuenta de los cambios que había y entendiendo cómo tenía que actuar para seguir subiendo de nivel y encontrar mi mejor versión posible”.

¿La decisión por ser jugador? Natural, demasiado natural. Y es que, como decíamos previamente, la cantidad de estímulos tan fuertes que recibió el Chuzito desde muy chico hizo que en ningún momento debiera verse en la necesidad de elegir este camino, sino que todo fue tan simple que desde los primeros años de su infancia confiaba en convertirse en un jugador profesional. Los resultados están mucho más que a la vista, ante un jugador que tiene casi 10 temporadas en la máxima categoría y se mantiene en el nivel más alto desde 2010. Eso también lo fue confirmando con sus progresos y con las señales que el mismo deporte le fue dando.

“Desde muy chico me di cuenta que quería ser jugador de básquet y dedicarme a esto. Cuando me di cuenta de algunas cualidades como para poder ir jugando al básquet, sin crearme falsas expectativas, fui entendiendo que quizá me destaca en el torneo local y notaba que mi viejo tenía cierto interés en mí por lo que me llevaba a entrenar algunas cosas extras… entonces ahí es como que me fui dando cuenta que podía proyectarme como jugador. En el medio algún llamado de la selección de Paraná, después selección de Entre Ríos, ya con 13-14 años, y eso me permitió irme midiendo un poco más a nivel nacional y me fui dando cuenta de que tenía algunas posibilidades y que era algo que realmente quería hacer”.

“Desde chico siempre quise ser jugador. Disfrutaba muchísimo jugar, los viajes con el equipo, disfrutaba mucho competir, representar a las distintas selecciones y todo lo que conlleva esa parte de la formación de cada chico. Fue totalmente natural, se fueron dando cosas paulatinamente y nunca hubo un cambio abrupto en el medio que tampoco me lleve a tener que decidirlo, sino que fue casi hasta sin darme cuenta de que iba a suceder. Incluso fue todo súper escalonado, y de hecho estoy muy contento de que haya sido de esa forma”.

Con San Lorenzo, en la última temporada de La Liga

El Chuzo por su parte cuenta cómo eran esos primeros años de maduración deportiva de su hijo. Si bien entendía que tenía condiciones para explotar, sabía que era cuestión de mantener un trabajo constante, dedicación y compromiso para que ese talento pueda exprimirse. Por eso también es que supo guiarlo, ya fuese cuando lo dirigió para Liga Provincial como así también cuando comenzó a dar pasos más sólidos con la llegada que el propio Luciano menciona en Unión de Santa Fe. No obstante, el padre también es consciente de que el camino no fue sencillo, que Luciano debió pasar momentos deportivos complicados de afrontar, pero que felizmente todo terminó encausándose positivamente con la constancia y la maduración.

“Luciano me decía de chico que se iba a ir a Europa a jugar básquet, y yo lo cargaba con que como lejos iba a ir a jugar a la calle Europa (risas). Siempre dijo que quería ser jugador y así fue. Si me preguntabas a mí, a los 14-15 años lo veía con condiciones pero todavía no ponía una ficha importante en él. Me ofrecen irme a Villaguay a jugar Liga Provincial y llevo dos chicos de Paraná, con Luciano siendo uno de ellos, como el 11 y 12 del equipo. En ese momento se estimuló muchísimo entrenando ahí, con casi 16 años y donde creo que hace un quiebre también en que iba a dedicarse a esto”.

“Después se lo lleva Sebastián Uranga a Unión de Santa Fe. Ahí, también con Antonio Ferrari, creo que tuvo el crecimiento técnico-individual porque le dieron la confianza y dio un salto de calidad importante. Pero no significaba la realidad que vivía deportivamente, más allá de lo mucho que mejoraba. Luciano tuvo que remarla casi toda la vida, y mucho. Juega C, Federal con Unión, después vino Echagüe donde jugaba poco y era suplente en el torneo local de juveniles, y situaciones así hasta que recién en los últimos años es como que se le empezó a dar todo mucho mejor”.

“Una vez, de chico, me dijo que si iba a ser así de duro y complicado quería dejar de jugar. Le dije que no, que tenía las condiciones pero el tema es que la vida es así, que se tenía que romper el alma entrenando todos los días y lo vea. Su carrera deportiva fue así siempre de dura, es muy loca su historia. Una situación dura que tuvo que pasar fue cuando lo cortan de Obras y se tuvo que ir a Minas, y hubo un momento en el que se quería volver. La realidad es que le estaba yendo muy bien deportivamente pero jugar como extranjero con 20 años era una locura, y me acuerdo que me pedí vacaciones de mi trabajo para irme 10 días a verlo, y ahí se acomodó un poco todo. Esas fueron dos situaciones duras, y tuvo varios años complicados en el sentido deportivo”.

Dentro de este paso a paso que se respetó a rajatabla para el Chuzito, pasando por todos los niveles, demostrándose que podía llegar e incluso con el básquet poniéndolo a prueba en varias situaciones particulares que le tocó vivir deportivamente. Claro que acá hay un arco por demás importante, que es el pilar que representa su familia, pasando por su padre en particular por ser la voz más experimentada dentro de la materia, pero sin olvidar a su madre Fabiana y sus hermanos, Ayelén y Emiliano.

El Chuzito mismo cuenta cómo fue sobrellevando los momentos no tan felices, a veces generados desde la ilusión misma de buscar algo más y otras veces topándose con la realidad y hasta cierta frialdad que tiene el profesionalismo dentro de una carrera con tantos años. En este sentido, si bien también conllevó un proceso de maduración en todo sentido, hoy termina encontrándose con una realidad por demás importante, de la mano que a su vez estos últimos años todo ha encajado a la perfección tras tanto sacrificio.

“Me costó un montón. Siempre, y en los primeros años más todavía, estuve muy apoyado en mi familia, en mis viejos, porque me costaba. Uno tiene todas esas expectativas, es joven, y por ahí las cosas no se me daban de la forma en las que uno quería que sí después se terminaron dando en estos últimos años. Pero han pasado varias temporadas en el camino. Mis expectativas quizá cuando era más chico eran unas y no las conseguía, y después se terminó consiguiendo en los años posteriores”.

“Sin dudas que hablo mucho de mi viejo y la importancia que tiene incluso al día de hoy acompañándome porque desde siempre estuvo como mi apoyo en todo, mucho más en los comienzos, como para mantenerme en la línea inclusive, sin creerme que era el mejor como así también si tenía que jugar tres años en el TNA como lo hice saber que no estaba mal, que fue esa etapa mía entre los 17 y los 20 que estuvo buenísima, una gran experiencia para mí y después termino yéndome a jugar la Liga. También entiendo que si se dio así por algo será, y estos últimos años recién ya logré hacerme cargo de un montón de cosas y ya no mirar tanto para el costado, ponerme una meta y darle para adelante. Fue un largo camino, hoy ya tengo 30 años y soy consciente que dentro del camino he madurado un montón de cosas desde el juego y demás, me siento cómodo en ese sentido y cuando tengo que hablar con mi viejo, sea de básquet o de lo que fuese, elijo los momentos y trato de encontrar un equilibrio”.

LAS ENSEÑANZAS DEL CHUZO Y LA RELACIÓN ENTRE AMBOS. Siguiendo con esta línea de cómo se ha ido desarrollando la carrera del Chuzito, por supuesto que encontrar en su padre a un jugador histórico y tan emblemático para la Liga Nacional resulta ser una condición que debió exprimirse. El escolta que jugó la última temporada en San Lorenzo explica que cuando era muy joven y con apenas 14 años decide irse de Echagüe a otro club de la ciudad como Talleres, donde ya estaba dirigiendo su padre en la categoría mayor de la institución.

justify

Los González: Luciano, Luis, Ayelén y Emiliano

“A los 14 años aproximadamente me voy a Talleres de Paraná, donde mi viejo dirigía la primera división. En ese momento venía de Echagüe y jugaba solo en mi categoría, y cuando me fui a Talleres pasé también a jugar en categorías más grandes incluso llegando a jugar en juveniles que eran dos categorías más que la mía por un tema de cantidad de jugadores. Echagüe tenía su cantera y yo quizá no tenía tanto lugar, y en ese momento mi viejo me aconsejó cambiarme de club. Lo hice y creo que fue una de las mejores decisiones que tomé, porque sentía que me iba a estancar un montón jugando en una sola categoría y me dio un panorama bárbaro”.

“Mi viejo también me empezó a inculcar que entrenando tres veces por semana es irreal si querés seguir por este camino, así que empezamos a sumar unos turnos a la hora de la siesta después del colegio. A los 14-15 años también empecé a ir al gimnasio, y ya en ese entonces fui haciendo cositas que antes no hacía, porque antes eran esos tres entrenamientos por semana y jugar, nada más. En ese momento también se empezó a jugar el famoso picadito, el 3×3, ahí en el club así que esos dos años que estuve en Talleres de Paraná fueron espectaculares y me sirvieron para crecer un montón, teniendo a mi viejo ahí al lado ayudando tanto a mí como a todos los demás, porque incluso llegó un momento que todos los chicos de mi categoría también sumábamos entrenamientos a la hora de la siesta después del colegio”.

Todo esto tiene una óptica similar pero de todas formas necesaria de destacar, si tenemos en cuenta la faceta del Chuzo como entrenador, donde ahondó mucho más sus conocimientos que ya tenía en su periodo de jugador, sabiendo incluso cómo transmitirles cierto tipo de conocimientos a sus hijos. La importancia de detectar hasta los momentos, de cómo y cuándo, y que todo el progreso se vea plasmado dentro de un proceso también, para saber hacia dónde ir en cada elección y cada sensación.

En definitiva, Luis escribió una carrera bastante similar a la de Luciano en cuando pasar por momentos bisagra dentro de su historia como jugador, desde decidir irse del estelar Ferro de los ’80 para jugar en San Miguel, pasando también por Unión donde ya en 1985 jugó la primera Liga Nacional. Luego el recorrido siguió por Echagüe, Atenas, Peñarol y demás equipos, pero ese comienzo tampoco fue sencillo para el Chuzo y lo explica con las historias que fue viviendo también.

“El ser padre de un jugador de básquet que pasa por todas estas situaciones, de ir paso a paso, de haberla luchado siempre y sabiendo que fue muy difícil para Luciano, es una mezcla de orgullo y me encantaría que muchos jugadores pasen por esa misma situación. No me refiero al sufrimiento sino en el ir escalando por categorías”.

“Ser profesional implica mucho y en ese sentido traté de entenderlo con Luciano. Es muy particular porque a mí también me costó mucho ser profesional, porque cuando yo me voy del gran Ferro de todos los tiempos, con Cortijo, Oroño, Uranga, Darrás y Maggi, hablo con León y le digo que tenía ganas de jugar. León fue claro conmigo y me dijo que iba a jugar dentro de 3 años en Ferro, pero que le parecía muy bien que quiera jugar. Entonces me recomendó a un club como San Miguel, que recién había ascendido, donde ayudó a armar un equipo y nos habíamos ido varios chicos que en ese momento estábamos en la selección argentina juvenil. Allá estaba Becerra, el tío de Luis Scola, yo no lo conocía tanto pero era un gran jugador y en esa época ya se estaba retirando. De ahí a Unión de Santa Fe donde también me tocó remarla, porque me lleva Flor Meléndez y de golpe llega el Negro Romano así que la remaba desde atrás otra vez (risas), a veces jugábamos un rato juntos pero si tiraba un tiro de más chau, y más porque el Negro era mi ídolo, así que más respeto aún le tenía”.

“El proceso que a mí me tocó pasar como jugador me sirvió para después convivir un poco en paz con Luciano en el sentido de entender cuándo se tiene y quiere hablar de básquet. A mí me encantaría hablar mucho más de básquet con él, pero lo respeto, sobre todo los silencios. Si gana sin importar cómo juega podemos hablar al otro día, no pasa nada, pero si pierde por ejemplo directamente no lo llamo porque sé lo que pasa por la cabeza del jugador que pierde. Si tiene ganas claro, todo lo que quiera, y eso lo hice todo el tiempo. Luciano sabía que cuando quisiera hablar de lo que sea me tenía a disposición, eso lo hablamos, tenga o no tenga razón, pase o no pase, más o menos grave. Mi función como padre es que hable de básquet cuando tiene ganas de hacerlo, y si no quiere hablar de básquet entonces no se charlará. Entiendo que el jugador de básquet tiene dos cosas, la vivencia en soledad y la vagancia en soledad. En ese sentido, Luciano supo moverse bien desde chico, no solo por lo que le hayamos podido inculcar nosotros desde casa sino también porque también tuvo algunos compañeros que más o menos le indicaron por dónde ir”.

Independientemente de estar en todo momento para lo que Luciano necesite, como todo padre que se preocupa y desvive por el bienestar de sus hijos, el Chuzo también cuenta cómo era y sigue siendo su postura en cada partido que el Chuzito juega. Los nerviosismos y la emoción siempre presentes, la expectativa, el aliento y el buen augurio por resultados favorables también, pero todo lo demás pasa más desde lo interno, por dentro, sin manifestarlo sabiendo que cualquier otra sensación podría ser contraproducente. Sobre todo en los primeros años, donde hasta podía llegar a ser una presión.

“Cuando Luciano jugaba mini básquet iba a un par de partidos, y más que yo la madre hizo un rol muy bueno donde lo acompañó siempre. Ella quizá con algún grito de aliento, por haber sido deportista y entender que quizá siendo muy chico se podía generar una presión si uno decía más, pero yo no emitía sonido alguno. Es más, si hoy me ves incluso en la Liga viéndolo a Luciano soy igual, no digo nada en el partido o en una cancha. Por más que hayamos jugado al básquet profesionalmente no corresponde decir nada, porque a nosotros como chicos o incluso ya formados como jugadores no nos hubiese gustado que nos hicieran lo mismo”.

LOS CHUZOS COMPARTIENDO EQUIPO. Como se dijo previamente, los González compartieron equipo en varias oportunidades. Eran otros tiempos, con el Chuzito todavía un adolescente que aún no salido de su Entre Ríos natal y un Chuzo en su faceta de entrenador, pasando varios clubes de la provincia en los que llevó a cabo sus proyectos deportivos. Una de esas primeras veces en las que coincidieron, aunque primero mucho más desde compartir el mismo club y no tanto el equipo en sí, fue cuando se encontraron en Talleres de Paraná, donde Luciano pudo llegar a jugar en varias categorías. Luis comenta un poco cómo fue todo ese cambio y cómo trató de mantenerlo estimulado con el básquet dentro de una edad tan importante para los jóvenes.

Luciano y Luis juntos, en una tribuna, viendo jugar al más chico de los González

“Cuando me voy a dirigir Talleres y Luciano jugaba formativas en Echagüe, tenía 13-14 años. Le dije que se venga conmigo, iba a poner un asistente que trabaje bien en las formativas. En Echagüe era uno más de su categoría por así decirlo, más allá de que se podía destacar algo. Se dio así, se vino conmigo a Talleres. Ese año entrenaba en formativas lo llevaban a las categorías superiores, sea U17 y U19, ya teniendo un biotipo altito. En ese entonces los clubes no acostumbraban a entrenar en enero y febrero, y aproveché que en el club tenían pileta para poner un par de entrenadores de formativas en el horario de la siesta, una hora y media o dos antes. Arrancaron con 4-5 chicos, incluyendo a Luciano, y en un momento pasaron a ser 50. Al entrenar todos los días, fue una cantidad de estímulos muy grande que en tres meses parecía para él como si fuese un año de entrenamiento”.

Tampoco hay que olvidar la etapa de la Liga Provincial, donde con el Chuzito un poco más grande y antes de dar sus primeros saltos fuertes de calidad y proyección, volvió a encontrarse con su entrenador como su padre. Luciano se remonta a aquellos años, entre los gratos recuerdos que se le vienen a la cabeza por una etapa tan linda y hasta despreocupada de la juventud, y las sonrisas producidas por acordarse de alguna que otra situación cómica con su padre. La etapa de Sarmiento de Villaguay.

“Después de esa etapa en Talleres me fui a jugar Liga Provincial y de nuevo también mi viejo era el entrenador. Recuerdo que la Liga Provincial, ya con mayores, era durísima, y ahí capaz que no me quedaba otra que bancarme las locuras de mi viejo (risas). Pero yo quería aprender, ya el hecho de estar integrando un plantel mayor y competir a nivel provincial, estaba muy bueno, y quizá jugaba poco pero también es verdad que tenía 16 años y había muchísimo por aprender todavía. Atesoro esos años de una manera muy especial porque es la previa a integrar planteles profesionales, y sin lugar a dudas lo disfrutaba un montón porque era salir a divertirme, jugar por el puro hecho de jugar. Después podían darse o no los resultados, porque hemos salido campeones de la liga local, pero la verdad es que nos divertíamos muchísimo, era un grupo de amigos que jugábamos, el mismo grupo de amigos con el que salíamos, con el que nos íbamos a un cumpleaños de quince y que al otro día a las 2 de la tarde nos volvíamos a juntar… estaba buenísimo. Fue súper divertido”.

“Hemos tenido un montón de discusiones (risas). Fue dentro de una etapa que podría decir que hasta era lógica también, porque tenía 15-16 años y creía que jugaba bárbaro, mi viejo quizá se quería acercar para poder corregirme cosas y yo un poco por orgulloso, un poco de ir al choque y hasta por el hecho de que era mi viejo. Y a veces hasta se peleaba también con mis amigos, mis compañeros, no era tan sencilla la situación pero estaba buenísimo (risas). Hubo muchas vueltas de los partidos donde obviamente volvíamos en el mismo auto, y capaz que no se emitía ni una sola palabra en el trayecto de la vuelta del club a la casa. Es una situación muy difícil, aparte yo me imagino que cuando un padre tiene algo para decir no se puede contener o esperar, porque lo vivió y sabe lo que es un partido, y sobre todo en el caso de mi viejo donde también hay que sumar que era el entrenador… así que cada vez que tenía que cagarme a pedos en la cancha la vuelta a casa no era fácil (risas)”.

Por su parte el Chuzo recuerda que a veces podía existir alguna que otra situación particular, pero nada fuera de lo que era un trato habitual entre jugador y entrenador. En este sentido, Luis remarca el siempre haber sido claro con separar los roles, sabiendo que dentro de la cancha Luciano pasaba a ser un jugador más de sus dirigidos y que hasta tenía algunos debates con los dirigentes que querían verlo jugar más a su hijo, aunque el Chuzo tenía una visión y no lo consideraba tan preparado aún.

“Como su entrenador, en sus inicios, quizá yo era muy duro con él. Como papá no mezclaba las cosas, porque entrábamos en un entrenamiento y para mí era un jugador más. Incluso hay dirigentes que pueden dar fe de esto, porque cuando lo dirigí en Sarmiento, que estuve como entrenador, me decían que Luciano tenía que jugar más y me preguntaban por qué no lo ponía, pero yo les decía que no me parecía el momento… discutía con el dirigente, él a favor de Luciano y yo era el papá que no lo ponía (risas). Imaginate cómo era esa situación. Capaz hoy te digo que me equivoqué en ese momento, pero esa fue la experiencia que tuvimos”.

Independientemente de esa situación particular, el Chuzo siempre tuvo una óptica minuciosa sobre las condiciones del Chuzito y su desarrollo. Quizá cuando era más joven era un tanto indescifrable el jugador que podía proyectarse a ser independientemente de las condiciones que mostró desde un principio, sin embargo, con el paso de los años todo eso se fue solidificando y Luciano terminó transformándose en un jugador solidario. Es ese jugador que resigna protagonismo propio para que su equipo brille, aquel que antes de encarar hacia el aro piensa en asistir a algún compañero si es que la situación de juego lo amerita.

“Siempre lo vi como un 2 distinto. Si analizás los 2 normalmente, Safar por ejemplo, le das 30 centímetros y piensa en tirar… y está bárbaro que así sea, hablando de jugadores de su generación, donde quizá más acá en el tiempo podemos nombrar a Redivo por ejemplo. Luciano tenía en mente que tenía que mejorar físicamente y también mejorar la parte defensiva, entonces el tipo se puso eso como objetivo. Así se fue consolidando, creo que incluso fue leyendo hacia dónde iba a ir el básquet, y eso lo ayudó notoriamente. Siempre piensa como un jugador de rol, y respeta si hay alguien mejor en el equipo, cosa que también lo hace muy bueno para el entrenador. Si le dicen que va a ser sexto o séptimo hombre lo acepta siempre y cuando tenga los minutos que le dicen que le van a dar, y eso no solo habla de la mano del entrenador sino también de la forma en la que tiene Luciano de aceptarlo. No todos aceptan eso”.

“Siempre hablo con Luciano de que me encanta la evolución del básquet, y es real que me gusta el básquet de ahora. Cuando yo tenía 20 tenía que meter 20 puntos pero era horrible, había otra presión constante. Si había días donde metía 10 pero yo consideraba que había pasado bien el balón y que había defendido más o menos bien, y capaz te volvías a la casa, no salías en el diario y el entrenador te contrataba para lo otro. Parte de la evolución también la entendió Luciano, porque en parte de su crisis entendió que era un 2 generoso, solidario, que si tenía que pasar el balón lo hacía y si ganaba más allá de no tener un gran partido estaba contento igual, y de verdad que estaba contento”.

EL MISMO APELLIDO; DOS CAMINOS DIFERENTES. Cuando se habla de transmitir ese amor por lo que uno hace, y en consecuencia de este legado que pasa del padre al hijo, erróneamente puede pensarse que el apellido tiene que ver con trazar una trayectoria similar o de la misma magnitud a la que hizo su predecesor. Y la realidad es que tomarlo de esa forma resulta ser contraproducente, ya no nos debemos olvidar que partimos de la base en la que cada uno es libre de sus elecciones y que cada uno es un caso aislado y diferente.

En el caso de los González encontramos similitudes varias: el mismo apellido, la misma posición, el mismo apodo… y hasta en parte también puede decirse que hay una referencia en los clubes por los que pasaron (Echagüe, Unión, Atenas, incluso a nivel selección ambos también llegaron a vestir la celeste y blanca). Pero dentro de la cancha las diferencias están mucho más marcadas: el Chuzo fue mucho más un tirador nato, un goleador soberbio y prodigioso, con enormes facilidades en ofensiva; y el Chuzito es mucho más un laborioso, todoterreno, mucho más de rol y con la capacidad tanto de jugar en todas las posiciones del perímetro, parte de su gran talento para adaptarse.

De todas formas, más allá de estas distancias que marcamos, despegarse de la imagen del padre fue algo particular contra lo que tuvo que combatir Luciano en sus primeros años de carrera, de muy joven, cuando ni siquiera había comenzado a transitar profesionalmente. Obviamente que con el paso del tiempo eso desapareció, porque el jugador demuestra sus propias condiciones de juego, escribirá su propia historia a su manera, y eso hace que todo fluya muchísimo más. Otro aspecto, que es el que marca Luciano a continuación, es que entendió que en casa tenía la experiencia de su padre para poder sacarle provecho cada vez que necesitaba algún consejo puntual sobre la vida deportiva.

“Me acuerdo del famoso dicho de que estaba en la selección por ser el hijo de… pero estoy hablando de la selección local y cuando tenía 14 años. Y me rompía mucho eso porque sabía que estaba súper preparado y quizá era de los mejores jugadores del equipo, entonces como que no tenía nada que ver mi viejo. Eso era lo que me molestaba. Después lo fui entendiendo y procesando, y hasta comprendí que yo en mi casa tenía una ayuda. No es que tenía que ser como mi viejo, mi viejo hizo su carrera y lo tenía y tengo que aprovechar porque hizo la vida que yo siempre quise hacer para mí también, y ahí fue cuando empecé a escucharlo mucho más y tener ese tipo de relación. Duró un par de años eso del hijo de… pero cuando ya se empezaron a dar cosas buenas para mí fue quedando apartado y creo que nunca más nadie me lo dijo”.

El Chuzo también fue una pieza clave dentro de este juego de los apellidos y de cómo quitarle cualquier tipo de presión posible a su hijo. Lo hizo hasta de forma inconsciente, y esto es porque Luis siempre asimiló el hecho de que Luciano era un jugador distinto, con un talento que supo pulirse mucho más, como una copia suya pero evolucionada. Para lo único que entiende que puede existir alguna comparación es para el apodo, donde ríe al pensar cómo todos dentro del círculo cercano los llaman de la misma forma.

“En mi grupo, cuando vamos a comer el asado y demás, yo siempre marqué los errores que tuve como jugador… que la picaba con los codos, que lo único que hacía era tirar al aro (risas)… por eso Luciano siempre fue una versión mejorada de mí. Es mejor. Yo sabía que como había tenido logros deportivos, muchas veces de las que decía eso Luciano me miraba con cara de no saber qué estaba diciendo. Pero desde siempre pensé y dije que Luciano iba a jugar muy bien, realmente muy bien, no sé cuál va a ser su techo pero juega bien. Es un 2 generoso, que lee mucho más el juego que yo… yo solo la metía. No se puede comparar”.

“Lo único que quizá faltó para esa comparación fue que tenga otro apodo, porque era medio fuerte eso (risas). Acá siempre fue Chuzo y hasta el día de hoy, con los mismos amigos, sigue Chuzo y no Chuzito. Y al más chico también le dicen Chuzo. Creo que eso fue lo único que podía marcar que fuera comparativo. Otra cosa es que creo que todos lo vieron como un jugador humilde por así decirlo, y quizá muy pocos pensaban que iba a llegar adonde está ahora, y eso también ayudaba mucho a la causa. Yo internamente veía su talento y las condiciones, por ser entrenador. Sabía que le podía llegar a costar pero me parece que muchos subestimaron el recorrido de Luciano, y eso estuvo genial porque eso también de cierta forma lo obligó a autodemostrar. Siempre supe de las condiciones y la lectura que tenía porque lo dirigí y porque siempre le presté atención”.

LA FECHA DE NACIMIENTO DE LUCIANO, UNA ANÉCDOTA

Si bien en su DNI figura que Luciano nació un 1° de enero de 1990, dentro de la familia González existe una anécdota muy cómica al respecto, la cual está justamente vinculada al básquet y a una especie de cábala. El Chuzito cuenta entre risas las ocurrencias de su papá, que al parecer ya desde la cuna tenía en mente que su hijo fuese o intentase al menos ser jugador de básquet.

“Mi viejo quería que mi destino fuese ser jugador de básquet y dedicarme a esto, creo que otra cosa no había en su cabeza, más allá de que si en algún momento hubiese elegido hacer otra cosa me hubiese apoyado como siempre. Pero bueno, yo tampoco nunca me imaginé que pudiese haber otro camino que no sea dedicarme a esto. Habría que decirle que cuente la historia de por qué me anotó un 1° de enero como fecha de nacimiento en el documento (risas)”.

Consultado al respecto, el Chuzo se lanza a contar la historia de por qué Luciano terminó siendo anotado en el registro aquella fecha, siendo que había nacido un par de días antes. Dentro de la anécdota, el Chuzo recuerda que en aquella época en la que nació su hijo estaba jugando para Atenas de Córdoba, y justamente explica que le pidió a Felipe Lábaque que colabore con su idea.

“Luciano nace el 28 de diciembre. ¿Qué pasó entonces? Yo había tenido un par de compañeros de equipo que habían nacido en diciembre pero que terminaron pasándose de categoría. Teníamos un equipo competitivo, pero el base y creo que el alero también habían nacido en ese mes, y cuando estábamos a punto caramelo pasaron a jugar a otra categoría. Siempre los escuchaba putear por qué los padres los habían anotado en diciembre, entonces pensé que a mí no tenía por qué pasarme lo mismo”.

“Hablo con el sanatorio de Paraná y no me dieron mucha bola, y de ahí, yo en ese tiempo estaba jugando en Atenas, llamo a Felo Lábaque para explicarle la situación. ‘Tengo este inconveniente Felo, no lo quiero anotar en diciembre porque se va a pasar de categoría y me va a putear toda la vida’… Felo se reía, pero me dijo que lo lleve así lo anotábamos en Córdoba. Y así fue, lo anotamos allá, así que aparece en los papeles como cordobés. Más allá de que sea entrerriano en el documento figura que es cordobés. Es como los africanos, que no sabés cómo los anotan (risas). Ese fue como el primer indicio de que hiciera básquet”.

DE HIJO A PADRE, DEL CHUZITO AL CHUZO

“A mí siempre me trató con una humildad sorprendente, más allá de que yo fuese su hijo. Tranquilamente podría haberse puesto como ejemplo en un montón de situaciones pero nunca lo hizo. Desde los consejos, si bien en los primeros años me marcaba algunas cosas de juego que ahora ya no me las marca tanto o son mucho más puntuales, y en ese sentido mi viejo siempre tuvo una humildad y un ejercicio tanto como jugador pero así también como padre y como entrenador, que creo que lo hizo muy bien. Debió haber sido algo súper difícil”.

“Ahora mi viejo es mucho más mi compinche, y tenemos un montón de charlas que son muy lindas, quizá también porque soy el hijo mayor. Lo mismo pasa con mi vieja. Tenemos una relación muy buena, muy sana, hablamos de lo que necesitemos hablar, de lo que sea, nos soltamos con total naturalidad y franqueza, y sé que él siempre va a estar para todo lo que yo necesite como también mi viejo sabe que yo voy a estar para lo que fuese por él”.

“Ahora los consejos hacia mi profesión son muchos más puntuales, me deja tomar todo tipo de decisiones con total libertad porque ya soy un boludo grandote (risas). Quizá a veces hablamos y me comenta por ejemplo “yo creía que ibas a jugar en tal u otro lado, pero hiciste esta transición y la verdad es que está muy bueno…” cosas así donde me en todo momento me acompañó y al día de hoy lo hace siempre, me lo demuestra en cada uno de esos gestos que tiene. En todos los lugares en los que jugué incluso me fue a visitar y siempre estuvo presente en los partidos importantes como las Finales. Siempre quiso estar presente y acompañarme, es una compañía súper fiel y estoy muy agradecido por eso”.

DE PADRE A HIJO, DEL CHUZO AL CHUZITO

“El básquet de Luciano es reconocido por ese recorrido que hizo con mucho esfuerzo y por su generosidad, por eso lo quieren en tantos lados y le tienen aprecio. Por ahí fue castigado en algunos lados, porque quizá algún dirigente pretendía que fuera un jugador que promedie los 20 puntos, pero es solidario, es un 2 que se la pasa a sus compañeros, que muchas veces quizá tuvo para batir récords y no lo hizo para que sus compañeros metan puntos también”.

“En esos momentos es cuando entendés como padre que no le va a ir mal en su vida, de ninguna forma, porque esa generosidad que tiene como persona también la tiene adentro de la cancha. Ese es el lado que yo veo como su papá de lo gratificante que es, porque aún ganando o rompiendo algunos récords uno tal vez estaría más contento, pero por otro lado, como su papá, veo esa generosidad que tiene en la vida, con sus amigos, en su vida particular, con su familia, su madre y conmigo, y eso también es parte con gran mérito de la mamá de la formación, de su educación y crianza”.

“Los papás somos papás, y lo mejor que nos puede pasar es tener primero grandes hijos. Porque de última si son ingenieros también está genial, súper genial, y te voy a decir algo más que avala lo que estoy diciendo: si a mí me preguntás hoy si me hubiese gustado ser jugador de básquet o ingeniero, porque tengo hermanos que son profesionales, te habría dicho ser ingeniero. Y eso es porque la carrera del jugador de básquet profesional es tremendamente dura, y siempre se lo digo a mis hermanos. Soy el menor de seis hermanos y tengo hermanos que son contadores, ingenieros y demás, siempre fuimos humildes, y yo siempre les digo que cuando nosotros teníamos que ir a jugar un partido era como si ellos debían rendir un examen, y si les va mal a ustedes les pueden decir ‘¡Qué lástima!’ o ‘Ya será la próxima’ pero a nosotros cualquiera nos va a decir ‘¡Son un desastre!’ o ‘¡Qué mal que están!’… cualquiera te puede decir eso en los 20 años de carrera profesional que uno puede tener”.

“El ser humano mejora ante la presión y creo que muchas de estas cosas le pasaron a Luciano. Quizá en algunas me vio de chico y en otras me escuchó, porque también hay cosas que se perciben de los papás para bien o para mal. Mucho de lo que me enseñó el básquet lo apliqué a mi vida, la mayoría de esas cosas las apliqué a mi empresa. Lo único que uno recrimina o tiene como cuenta pendiente en la vida es cómo te ven los demás, en el sentido de que parece que siempre te ven como un tipo exitoso y la verdad es que uno tiene momentos muy difíciles y muy buenos, como todos. Soy una persona muy agradecida de la vida que vivió, por la familia que me dio, por lo que me pasa hoy en día y por lo que les pasa a mis hijos”.

Texto: Lucas Leiva / La Liga Contenidos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .