🇦🇷 LA HISTORIA DE DECK: DE PREFERIR EL FÚTBOL A ABRAZAR EL BÁSQUET

Tortu prefería el fútbol por sobre el básquet hasta que admitió haber visto un juego por TV que lo cautivó. Luego tuvo a Leo Gutiérrez como espejo, se formó en Quimsa y dominó la competencia con San Lorenzo. Esta es la historia del santiagueño que trabajaba limpiando micros y en campos de alfalfa hasta que abrazó el básquet como destino profesional. Ahora, que parte a la NBA, su historia de película es digna de revivir.

En aquellos míticos picaditos en el patio de su casa en Colonia Dora seguramente nunca soñó con la NBA. Sólo quería jugar y divertirse. Era ponerse la 20 imitación de los Spurs y no parar hasta el anochecer. Sin importar el calor, el piso de tierra y ese tablero hecho por su padre con un palo de arco de fútbol, un pedazo de madera media doblada y un volante de tractor que hacía las veces de aro. La cosa era jugar. Y competir. Como refleja aquella vieja foto que, a esta altura, ya se convirtió en mito por lo significa y por lo que emociona.

Según recuerda su hermano mayor Joaquín, aquel día de 2008, tal vez en el mejor momento de Manu en San Antonio tras ganar su tercer título, están los dos –Gaby con 12 años- jugando un clásico 2 vs 2 con Sergio Gómez y Miguel Díaz en el pueblito de 2.500 habitantes santiagueño ubicado a 175 kilómetros de la capital. “Era feliz, estaba con los míos, en mi lugar. Y sólo pensaba jugar”, contaría años después, ya siendo una figura europea y de nuestra Selección argentina quien hoy está viviendo sus últimas horas en Madrid y preparando la mudanza a Oklahoma City. Lindo momento para, desde Prensa AdC, recordar una historia de película que nos conmueve aún más hoy que lo pensamos en la NBA.

“Las discusiones se armaban cuando era la hora de la siesta. Hacía 40 grados pero nosotros queríamos seguir jugando. Nora y el Gringo, nuestros padres, no nos dejaban y teníamos que entrar a casa”, recordó Joaquín, jugador profesional como Tortu. “Yo era Leo Gutiérrez o Luifa Scola”, aportó Gaby, quien a los pocos años después enfrentaría a Leo en la Liga y compartiría el seleccionado que haría historia con el capitán Luis. Así fue cómo el menor de los Deck empezó a seguir los pasos de la camada que marcó el camino del deporte argentino. Pero, claro, en esa época faltaba mucho por recorrer y Gaby prefería el fútbol. “Ojo que era bastante bueno, goleador, soñaba con ser profesional”, admitió. Pero su hermano lo convenció de intentar con el básquet. “Me llevaba a jugar al club Mitre pero yo me volvía porque no me gustaba el básquet… Hasta que vi por TV un partido de la Liga Nacional y me encantó”, contó. Nuestra Liga Nacional, justamente, la que sería su casa por años, la que le permitiría desarrollarse y dar el salto a Europa, nada menos que al Real.

Pero, claro, para eso faltaría… Porque, más allá que los Deck se divertían en la cancha, afuera la cosa ni era tan sencilla. “No nos sobraba nada. Más te diría que nos faltaba”, rememoró Joaquín. Por eso los hermanos trabajaban en los campos de alfalfa, ayudando a su padre, a veces al rayo del abrasador sol santiagueño. O limpiando el interior de los micros de larga distancia en la empresa en que Carlos era chofer. Hasta que un día Joaquín tomó una decisión. “Lo recuerdo bien: eran las 2 de la tarde, hacía un calor bárbaro y estábamos con Tortu en la bodega de uno de los colectivos. Sofocados, cansados… Y ahí nomás le dije: “Nos vamos, Gaby. Así no podemos seguir”, recordó. La cara de Gabriel lo dijo todo.

-¿Adónde vamos a ir?
-A Santiago, a Quimsa, a probar suerte allá con el básquet.
-¿Estás seguro?

“Habíamos ido al campus Quimsa en el 2008 y teníamos la oferta del club para radicarnos. Pero era difícil tomar la decisión, no era nada fácil dejar todo en nuestro lugar… Pero ese día hicimos el click. Estábamos cansados de esos trabajos tan duros. De alguna forma también fue para sacarles dos platos de comida a mis viejos. La cosa estaba mal y Quimsa nos ofrecía departamento, comida, todo… Esa, más allá de perseguir un sueño, fue la principal razón de por qué nos fuimos del pueblo”, explicó el menor.

Fue la profesora de Educación Física, Paola Aguilar, la que vio condiciones en Gaby y le recomendó ir a Quimsa. “Primero jugamos un par de meses en Ceres, Santa Fe, pero no nos adaptamos y nos volvimos. Luego llegó esa oportunidad del campus. Nos fue muy bien en la prueba y quedamos”, informó Joaquín. Pero, claro, irse a Santiago era como viajar a la Luna en aquella época. O casi. “Irme de Colonia Dora a Santiago capital fue el sacrificio más grande que hice. Mi vieja lloraba todos los días y yo era un chico de pueblo, la ciudad me costó… Tuvimos que empezar de cero con todo. Varias veces pensé en volverme. Por suerte estábamos juntos con Joaquín, él me ayudó mucho. Además, en el club, nos hicieron sentir como en casa”, contó Tortu, quien ligó el ya famoso apodo por un compañero mendocino, Maxi Quiroga. “Un día estábamos acostados y yo estaba todo tapado con una frazada, sólo se me veía la cara cuando espiaba… Ahí empezó a joderme con que era una tortuga que sacaba la cabeza para mirar”, relató. Sobrenombre que se le hizo carne a Gabriel, pese a que no refleja lo que exhibe en una cancha…

Su debut en nuestra Liga fue en el 2010, un 15 de enero, cuando Quimsa enfrentó a Quilmes de Mar del Plata y de ahí nunca más paró. Ya se venía destacando en selecciones nacionales formativas. Pero había dudas: se decía que un poco gordito, algo lento y hasta bajo para el nivel internacional. En aquella época era ala pivote pero ya se destaca algo: su gran fluidez para jugar, la capacidad para anotar y una personalidad que le permitía no inmutarse por nada, fuera bueno o malo. En Santiago nunca se detuvo: trabajó en su tiro, en el físico y en el juego de frente al aro. Se fue haciendo mejor jugador hasta que el reconocimiento masivo llegó en forma de premio, cuando resultó elegido el Jugador de Mayor Progreso. Fue en aquella temporada en la que, con el equipo de Silvio Santander, festejó el Súper 8 en 2014 y luego se coronó en la Liga Nacional, pocos meses después, en 2015.

Pero, claro, lo mejor estaba por venir. En 2016 lo contrató el poderoso San Lorenzo. Pagó y se lo llevó. Y tocó Buenos Aires, la gran ciudad y un equipo grande del deporte argentino. “Tampoco fue fácil. Me requirió otra adaptación. Pero me trataron muy bien en el club y pude llevarlo bien. Fue una etapa clave de mi carrera”, explicó. Fueron dos temporadas en las que dominó nuestra amada cuna de cracks y resultó el mejor del Cuervo que se coronó bicampeón de la Liga Nacional (2017 y 2018, siendo ambas veces el MVP de las Finales y una vez más de la fase regular, en la última campaña), conquistó la Liga de las Américas 2018 (siendo el MVP del Final 4) y se llevó además el Súper 4 del 2017. Ya sin nada que probar ni ganar, dio el salto a Europa, nada menos que al Real Madrid, donde se fue haciendo un hueco lentamente hasta convertirse en un obrero-estrella.

En la Selección dejó su huella desde su debut en 2012, cuando fue goleador del Mundial U17 (21.7 puntos, además de 7.2 rebotes), siendo elegido en el quinteto ideal con figuras como Dante Exum, Mario Hezonja, Justise Wislow y Jahlil Okafor, todos a la postre jugadores NBA. Eso le abrió la puerta del campus Nike Hoop Summit, en 2013, y una participación en el Mundial 3×3 U18 de Indonesia, donde volvió a romperla. Tocó la preselección mayor en 2014 y, desde sus primeros partidos, dejó claro su talento y personalidad.

Como en aquella anécdota que contó Selem Safar en la previa de que Tortu fuera titular por primera vez en el recordado Premundial 2015 en México. “Ibamos en el ascensor, bajando, hacia la cancha, cuando lo veo demasiado tranquilo y le pregunto cómo estaba que iba a ser titular en un partido tan importante, pensando que la procesión iba por dentro y estaba muy nervioso. Y él, recuerdo, alzó la cabeza y me dijo ‘no pasa nada, esto es básquet, Chango’. Ahí entendí todo, por donde pasaban las cosas para él”, recuerda. Justamente sus compañeros rescatan la paz interior que lo diferencia, incluso en los momentos de máxima presión, algo que lo hacen distinto. “Siempre digo esa frase porque así siento el básquet. Es un deporte, no hay que matar a nadie ni se le va la vida a nadie. Encima, si te ponés nervioso, es peor, te sale todo mal. Mejor estar tranquilo”, explicó Deck, haciendo parecer fácil lo difícil. “Sé que no todas las personas se lo toman así, quizá sea una virtud mía”, agregó cuando intentó profundizar en el tema.

Su juego es de elite, por eso hace años que lo buscan y ahora Oklahoma se animó a ofrecerle un contrato, pero el amor popular va más allá de su nivel en la cancha. Lo que atrapa es su forma de ser, su humildad y cómo mantiene inalterable la esencia. Sí, es el Tortu de la gente. “Vivo con tranquilidad de todo chico de pueblo. Yo nunca dejé de tener los pies en la tierra: sé de dónde vengo y cuáles son los valores que me trajeron hasta acá. Trato de ser respetuoso, humilde y honrar mi palabra. Siempre. Ante todo”, remarca. Y enseguida desempolva una sabiduría callejera que lo diferencia. “La calle me ha enseñó mucho: el respeto, la amistad, la importancia de portarse bien, porque en la calle no te podés hacer el loco. Además, no le tengo miedo a nada. Me fui de mi casa y me ha costado, pero ¿miedo? Nunca. Por más presión que haya”, dejó claro, hace poco, con su habitual claridad.

Mentalmente, Deck nunca se fue de Colonia Dora. Ni cuando se mudó a Santiago. Ni cuando llegó a Capital Federal para dominar la Liga con San Lorenzo. Tampoco cuando se fue con todos los lujos a Madrid. Hace un año, justamente, consultado por la chance NBA que se le viene abriendo desde 2017 reconoció que “me gustaría jugar en la NBA, pero no me mueve el piso. Diría que prefiero estar en mi pueblo, con mi vieja, riendo, tomando mates y recorriendo el campo con mis amigos. Cada vez que voy, cargo energías. Si es por mí, estaría allá”, dijo, romántico. Y, claro, es su lugar en el mundo. Y siempre se le viene a la mente. “En el Mundial, cuando entré al estadio, en el debut ante Corea, me lo puse a mirar y a recordar aquella canchita en casa, esos picados hasta la nochecita con amigos”, fue su emocionado recuerdo. Ahora le tocará mudarse a Oklahoma y jugar en la NBA, pero de alguna forma su corazón y la cabeza estarán un poco en Colonia Dora. “Siempre, cuando me toca jugar algo importante, lo primero que pienso es en eso. Si me dieran a elegir, jugaría al lado de mi casa”. Que en la NBA sea como siempre: jugá como en el patio de tu casa, Tortu.

Texto: Julián Mozo / Prensa AdC

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