🇧🇷 RECORDANDO LA FIGURA DE OSCAR SCHMIDT

Por Andrés Gelves (@andresgelves_)

En Natal, Brasil el 16 de febrero de 1958 nació quién sería un ídolo no solo del baloncesto sino del deporte en general. No es exagerado, algunos comparan la figura de Oscar Schmidt en el país carioca al nivel de Pelé o Ayrton Senna. Y es que el público, constante o no, sabe cuando alguien es bueno, pero bueno de verdad. 

En Natal, Brasil el 16 de febrero de 1958 nació quién sería un ídolo no solo del baloncesto sino del deporte en general. No es exagerado, algunos comparan la figura de Oscar Schmidt en el país carioca al nivel de Pelé o Ayrton Senna. Y es que el público, constante o no, sabe cuando alguien es bueno, pero bueno de verdad. 

En medio de un país donde reina el fútbol, “Mano Santa” como se le conocerá a posteridad,  práctico el juego de once contra once, pero dada su envergadura, un profesor de educación física le recomendó probar con el baloncesto. Preguntó que cuando se entrenaba -Todos los días, le dijeron. Esto le gustó, así que asistió y no se separó nunca más del deporte de la pelota naranja. 

Debutó muy joven, en sus dulces dieciséis, lo que le permitió tener una carrera profesional amplia. Su primer equipo fue el Palmeiras donde estuvo cinco años, para ese entonces empezaba a romper las redes, dando una muestra de lo que sería su capacidad anotadora. Promedió mejores números año tras año asentándose como un jugador top. A la selección llegó con 19 años y rápidamente conquistó el oro en el Campeonato Sudamericano de Baloncesto.

Jugó un par de años más en Brasil con El Sírio, donde la temporada 81/82 promedió un doble-doble con nada menos que 48.7 puntos y 11.3 rebotes, y un fugaz paso en América hasta que la calidad de su juego lo llevó a dar el salto a Europa. El entrenador montenegrino, Bogdan Tanjovic, lo trajo para el Caserta italiano después haberlo visto jugar en el Campeonato Mundial de Clubes.

Jugó once años en Italia, ocho al servicio del Caserta donde su promedio más bajo en puntos fue en la temporada del debut con 29.9 puntos por partido. Ganó una copa y tres oros sudamericanos con la selección en este tiempo.

Puso a la selección por encima de su participación en la mejor liga del mundo. Y es que Schmidt nunca jugó en la NBA por decisión propia, cuando en 1984 los New Jersey Nets quisieron ficharlo la respuesta del alero fue tajante: “No, gracias”. En parte por su amor al seleccionado, de haber jugado en los Nets por regla de la liga en este tiempo no podía representar más a su selección. 

Pero otra parte tuvo que ver con el orgullo, de saberse un jugador valioso para la liga. Los Nets los seleccionaron en el pick número 131 de la sexta ronda. “¿Sexta ronda? no, no, vamos”, manifestó tras la selección. A pesar de ello, fue al training camp y deslumbró a todos metiendo puntos, uno por cada minuto jugado. Quería mostrarles el jugador que se perdieron.

Le ofrecieron un contrato pero éste los rechazó. No renunció a la selección, se dio el valor como el jugador estrella que era y la parte económica también influyó. En otrora la NBA no pagaba las cantidades de dinero de la actualidad, para el brasileño era más rentable jugar por fuera de Estados Unidos. 

Con la selección consiguió varios logros a nivel individual y grupal, pero uno de sus mejores momentos es sin duda cuando vencieron a la selección de Estados Unidos en su casa en los Juegos Panamericanos de Indianápolis 1987, 46 puntos anotó, 35 en la segunda mitad para terminar ganando el juego por 120-115 y colgarse la medalla dorada. 

Su segundo equipo en Italia fue el Pavia. Jugó tres temporadas promediando cifras asombrosas en puntos, 43.7, 38.6 y 39.3, un verdadero killer, pero no defendía mucho. No defendía nada. Le escuché, en uno de tantos programas al mítico entrenador y analista puertoriqueño, el “Coach” Carlos Morales: “Si un jugador no te aporta en el juego defensivo, debe compensarlo todo en el otro costado de la cancha”. 

Y así era Oscar Schmidt, te anotaba de todas las zonas de la cancha, con marca o sin ella, medía 2.04 metros, le valía para tirar por encima de sus defensores con cierta comodidad producto de haber desarrollado una técnica de tiro envidiable.

Tras su experiencia en el país de la bota, mudó su juego a España al servicio del Fórum Valladolid. Allí estuvo dos temporadas y con 35 años siguió asaltando los aros. No bajó de los 33 puntos en su primer año, encestando 132 triples. Para la temporada 94/95 embocó 160 tiros desde el perímetro y promedió 23.9 puntos por juego. Contó por muchos años con el récord de más triples (11) en un mismo partido, hasta que en 2014 Jacob Pullen lo rompiera con sus 12 canastas de triple jugando para el Barcelona.

El éxito de Oscar dentro de la cancha viene acompañado de una distinguida disciplina y amor por el juego. Entrenaba más que cualquiera. Su arma letal, el tiro exterior, lo practicaba hasta el cansancio y en las condiciones que fueran. Recuerda Checho Mulero, quien fuera su entrenador asistente en el Valladolid aquella vez que fueron a jugar el torneo Diputación de Álava, en Vitoria, cuando Schmidt se bajó del bus a practicar sus tiros en un pabellón en plena remodelación sin terminar, hacía bastante frío pero eso no fue problema para que clavara sus primeros 52 tiros de forma consecutiva.

Después de brillar en Europa, volvió a Brasil con 37 años. Allí jugó en cuatro equipos diferentes. Corinthians lo recibió en su vuelta a casa y ganó la liga para 1996 promediando 30.9 puntos. Después de dos temporadas, pasó al Bandeirantes y Barverí. Jugó hasta los 45 años, su último club fue el Flamengo durante cuatro temporadas y no bajó de los 30 puntos por partido.

Se retiró con 49.737 puntos en su carrera, pudo haber jugado más para alcanzar la cifra de los 50.000 pero lo dejó pasar, su legado no lo necesitaba. La leyenda ya estaba escrita. Fue integrado al Salón de la Fama de FIBA en 2010, Basketball Hall of Fame en 2013, Hall of Fame del baloncesto español en el 2022, es el mayor anotador en la historia de los juegos olímpicos y una cantidad más de logros personales.

Sus problemas de salud empezaron para el año 2011, a partir de ahí arrancó a jugar otro partido, esta vez frente a un tumor en la cabeza del cual tuvo que ser operado en dos ocasiones, salió airoso en ese par de veces pero luchó durante 11 años con el mal hasta que la muerte lo alcanzara el pasado 17 de abril a sus 68 años, cuando fue llevado de urgencia al hospital tras una complicación de la que no se levantaría.

Queda su legado, como uno de los más grandes y valiosos jugadores de baloncesto, no latinoamericano sino del mundo, se dedicó para ser uno de los mejores hasta alcanzarlo, impulsado por su amor al juego, rompiendo barreras y quemando redes hasta el cansancio.

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