EL SUEÑO DE HOWARD SANT-ROOS

Nacido en Cuba, en la mismísima La Habana, en 1991, Sant-Roos ha sido una de las gratas sorpresas de la última VTB. Adolfo Romero nos da a conocer su historia desde su nacimiento hasta el día de hoy.

Vengo de donde hay un río
Tabaco y cañaveral
Donde el sudor del guajiro
Hace a la tierra soñar.
Orishas. 537 C.U.B.A

La Habana daba la bienvenida a los Juegos Panamericanos en aquel año de 1991. Toda Cuba era una fiesta, abriendo sus puertas a sus vecinos del continente. Era algo inimaginable, un suceso histórico. Cuba, la hermosa Cuba, paraíso para tantos, y el hogar de millones de personas. “Piculín” Ortiz y Hortensia Marcari asombraron a todos en el torneo de baloncesto. Cuba superaba a EEUU en el medallero, con 140 oros. Era la primera vez en la historia que sucedía. En La Habana.

Decían, en aquel año, que el muro había caído. “¿Qué muro?”, llegaban a preguntar algunos. Los suministros con el sello de la URSS ya no estaban por las calles, las revistas con propaganda soviética no existían. Algunos, que habían salido de Cuba, confirmaban lo sucedido. Ya no había telón de acero, desde 1989. Pero en Cuba seguía existiendo.
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Nereida tenía 21 años aquel día de febrero. Trabajaba como defectóloga, impartiendo clases a niños con algún tipo de retraso mental. Y aquel 13 de febrero, le llegó el regalo más hermoso que pudo tener. Su hijo, su único hijo. Tras una cesárea, que salió a la perfección, el mundo daba la bienvenida a Howard Sant-Roos Olano.
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Era 1991, y Cuba se engalonaba para recibir a los países del continente americano. Era la oportunidad ideal para abrir sus puertas al mundo, para destacar a una Cuba que quería crecer. Y crecer fue lo que hizo Howard.
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Tan pronto como pudo, Nereida volvió a casa de sus padres, pues antes compartía vivienda con el padre de Howard, en casa de los abuelos de él. Sin embargo, se sentía más protegida en casa, con su familia. Eran pobres, sí: pero eran una familia. La pequeña casita se encontraba en el municipio 10 de Octubre, en La Habana. Allí, vivía toda la familia. Absolutamente toda.
Calzada del 10 Octubre (Foto: HabanaPorDentro.wordpress.com)
Calzada del 10 Octubre (Foto: HabanaPorDentro.wordpress.com)
En la casa, con dos habitaciones, vivían nueve personas, entre padres, hermanos y sobrinos. Pero fue, precisamente eso, lo que hizo crecer a Howard como persona. El amor en esa casa, el cariño, la protección. No pasaba nada si discutías con tu tío. La familia era lo primero.
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Pronto Howard comenzó a destacar. Su padre era alto, con 1.98 de estatura, y Nereida, su madre, medía 1.69. No era de extrañar que con esos genes, el baloncesto llamara a su puerta. Howard probó otros deportes, como el béisbol o el voleibol, pero no eran lo suyo. Lo suyo era otro deporte, el que se respiraba en aquella pequeña casita en la Calle Serrano de 10 de Octubre, en La Habana: esa casa latía baloncesto.
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Los tíos de Howard jugaban al baloncesto, incluso su padre. De ahí a que la pelota naranja pasara a a formar parte de su vida desde muy temprano. Al lado de su casa, en el gimnasio San Carlos, empezó todo. Él, más alto que el resto de compañeros del colegio, con apenas cinco años, comenzó a lanzar a canasta, aprovechando la pasión de su familia. En ese mismo gimnasio, daban clases de baloncesto. Su tío, acostumbrado a verlo jugar, no dudó en decírselo a su madre: “Nereida, ¿por qué no llevas a Howie al gimnasio y se lo enseñas al profe? A lo mejor por su estatura lo eligen”.
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Y así fue. Con 6 años, Howard ya estaba jugando al baloncesto. Aprendía rápido, y aprendía bien, aunque desconocía los conceptos básicos. Su baloncesto era el que había visto en la calle, y ahora tocaba pulirlo. Tenía el físico y la actitud, sólo tocaba añadirle aptitudes. Con 10 años fue cuando llegó ese momento.
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Nereida lo cambió de escuela, y allí coincidió con el entrenador que marcó su camino,Yonael. Él fue quién lo pulió y lo mimó, hasta el punto de que Howard fue seleccionado para entrar en la escuela de deportes de La Habana: la Escuela Integral de Deportes Manuel Fajardo.
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A partir de ahí, Howard se disparó. Mejoró individualmente, hasta el punto de lograr su primer MVP, en el Campeonato Nacional que se disputó en la provincia de Guantánamo. Howard trabajaba constantemente, pero las auténticas estrellas fueron su madre y su abuela. Ambas dejaron todo para seguir a Howard allá donde iba. Las zapatillas eran uno de los principales problemas, ya que jugaban en pistas de cemento y no en parqué. Además, toda la ropa la tenían que comprar ellos, incluso con la que disputaban los partidos. Pero eso no era problema para Nereida. Ella le gritaba a su hijo que se lanzara al suelo. “Tírate al piso, ya lavaré yo la ropa. Tírate al piso, haz lo que tengas que hacer”, le decía Nereida.
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Nereida dio todo por su hijo. Pero hoy, se muestra orgullosa. “No me pesa tanto esfuerzo porque no ha sido en vano”. Howard siguió mejorando y destacando en Cuba. Mas se abrió, cuando tenía 16 años, una nueva puerta. Una puerta que podía cambiar su futuro. Su madre se había casado con un italiano, y surgía la posibilidad de establecerse en el país transalpino.
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No fue fácil. Howard tenía que dejar a familia y amigos atrás, cambiar Cuba por Italia. Hacer nuevos amigos, un nuevo idioma, hasta nueva comida. Del arroz o los frijoles, las verduras, la ensalada, a la pasta. Pasta carbonara, con tomate, al pesto… “¡Y no tengo nada en contra de la pasta! Me encanta”, apunta Howard.
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Pero aquello marcó el camino de lo que sería hoy. Ya sabía lo que era cambiar de un país a otro, de una cultura a otra. Dejarlo atrás todo. Y comenzar de cero. Entre tanto cambio, necesitaba encontrar algo que lo arraigara a su pasado. El baloncesto.
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Frente a casa, encontró un club. La Gerardiana, donde probó suerte. Donde la suerte le sonrió y le abrió las puertas de Italia. No sólo eran sus nuevos compañeros del instituto, también encontró a 12 chicos de su edad que compartían el baloncesto. Nuevos amigos con los que poder aprender en Italia.
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Howard no tardó en destacar. Su físico, con dos metros y 80 kilos, le daba un aspecto frágil, pero es parte de su éxito. Ser tan liviano le permite ser más rápido que su par. Y cuando llegó a Italia, era el más alto del equipo, el más fuerte, el más físico. Destacó en la Geradiana, y el Casalpusterlengo puso sus ojos en él, fichándolo para cederlo al Bernareggio. Allí jugó dos temporadas, en las que Howard demostró lo que era capaz de hacer. Llegaba el momento de buscarle un destino más atractivo. Y ese fue Alemania.
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Era el año 2011 cuando Howard aterrizó en el país teutón. Sin conocer, de nuevo, a nada ni nadie. Alternó el New Yorker Phantoms con el segundo equipo del club, y allí coincidió con jugadores de la talla de Immanuel McElroy, Thaddeus McFadden o ¡Dennis Schröeder! Alemania cambió a Howard. En todos los sentidos.
Howard machaca de espaldas (Foto: Braunschweig)
Howard machaca de espaldas (Foto: Braunschweig)
Fue allí donde conoció a Jessica. “Si puedes escribir sobre ella, hágalo, fue muy especial para mí”. Compartió con ella tres años, los dos que pasó en Alemania y el de su vuelta a Italia, pero no fue posible. Aún así, la recuerda con cariño y aprecio. “No siempre salen las cosas como piensan”, reconoce el propio Howard.
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En esos dos años, Howard se forjó como jugador. En su primer año, ya dio muestras de su potencial ante el filial del Alba Berlín, anotando 28 puntos con un 87% en tiros de dos. Alternó entrenamientos con el primer y segundo equipo en su primer año, aunque no llegó a debutar en esa campaña. Todo cambió en el segundo año, donde sí pudo pisar la primera división alemana, aunque sólo durante cinco partidos. Estaba preparado para dar el salto al baloncesto profesional. Y sería en Italia.
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Pero antes, el gran escaparate. Howard no oculta su deseo de jugar en la NBA. Sería el primer cubano en jugar en la mejor liga del mundo. “La NBA es el sueño de cualquier jugador, ¿quién no querría probar ahí? Salí de Cuba y llegué a Europa, y me encantaría jugar en la NBA, jugar contra esos jugadores a los que solo veo por televisión.”. Sant-Roos acudió al Eurocamp, celebrado en Treviso, donde tuvo una actuación realmente destacable. Su físico, más adaptado al puesto de dos que de tres, le permitía sacar ventaja con su primer paso e iba mejorando, poco a poco, su tiro exterior.
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Sin embargo, no tuvo suerte de salir drafteado, y volvió a Italia, para jugar en el Junior Casale. Allí, cambiaría todo. Fue en un partido. Aquel día, Howard se salió, brilló con luz propia y machacó el aro por encima de sus rivales seis o siete veces. En el equipo rival, estaba el que ahora es su agente. “Cuando empezó a representar jugadores se debió acordar de mí, porque fui uno de los primeros jugadores a los que empezó a representar. Hablamos de cómo trabajar juntos, y ahora más que un agente, es un amigo. Creo que todos aquellos mates sirvieron para que me representara”.
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Con un agente, era cuestión de tiempo que Howard Sant-Roos fuese creciendo. Aunque él mismo admite que no es muy conocido. “Si te preguntan quién es Howard Sant-Roos, la gente dice que quién es este tipo”. Y eso es ahora, asentado en una liga de primer nivel como la VTB. Pero antes, existieron otros caminos.
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Tras el año en el Junior Casale, donde Howard fue el americano del equipo, y promedió 14.7 puntos, 4.5 asistencias y 6.8 rebotes, en la Lega Due Silver, equivalente a LEB Plata. El Casapusterlengo apostó por él para la temporada 2014-2015, en LEGA Due, y le daba todas las responsabilidades: él debía ser el encargado de liderar al equipo.
Sant-Roos, en Italia (Foto: Casalpusterlengo)
Howard no dudó. Era su momento. Y lo aprovechó. ¡Vaya si lo aprovechó! Ante el Recanati, rozó el triple doble con 16 puntos, 11 rebotes y 7 asistencias para 29 de valoración. 21 puntos y 8 rebotes ante el Bawer Matera. Y eso es sólo una pequeña muestra. Sus promedios fueron de 15.1 puntos y 20.7 de valoración, que puso a Sant-Roos en la agenda de varios equipos. Entre ellos, el Laboral Kutxa.
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Ante la baja de Bertans, el Laboral Kutxa estuvo muy cerca de firmar al jugador cubano, pero no fue posible puesto que no hubo acuerdo entre Cuba y España para los papeles que certificaban que Howard era jugador cotonú. Como extracomunitario no tenía sitio, por lo que tuvo que continuar hasta final de campaña en Italia, y buscar un nuevo equipo al final de año.
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Cantú o Trento fueron algunos de los equipos interesados, pero Howard quiso probar en la República Checa. Fue a Nymburk, donde realizó pruebas físicas y técnicas para que valoraran su fichaje. Lo dio todo, con la esperanza de dar un paso más en su carrera. La paciencia, como virtud.
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De fichar por Nymburk, participaría o en Eurocup, o en FIBA Europe Cup. Además, podría jugar en la VTB, una de las ligas más potentes del continente. “También me encantaría jugar en Euroliga, y quiero ir paso a paso”. Se marchó a Cuba, su país, su tierra. Donde hay un río, tabaco y cañaveral, como reza Orishas en su canción.
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Y fue en Cuba cuando recibió la gran noticia: El Czech Nymburk quería contar con él.
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Howard no tardó en viajar a la República Checa. Firmó su contrato, y rápidamente se puso a trabajar con sus nuevos compañeros. Un equipo joven y rápido, que ofrece un baloncesto alegre, de memoria, y una gran defensa. Además, cuenta con veteranos de la talla de Jiri Welsch, al que Howard respeta profundamente.
Howard Sant-Roos, con el Nymburk (VTB League)

 

“Jiri es especial. No sólo es el veterano del equipo, si no que además te coge aparte, te dice las cosas de forma cercana, no te lo dice las cosas de malas, porque todos somos hombres ya al fin y al cabo, y te trata como un amigo.” No es una sorpresa que el Czech Nymburk funcione, y menos aún para Howard, que conoce a la perfección a sus compañeros. Con Jiri, habla de vez en cuando en español, lo que lo hace sentir aún más acogido. Son inexpertos, sí, pero también son conscientes de ello. La entrega para el Nymburk es necesaria: así vencieron a equipos como el Lokomotiv-Kuban.
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Su temporada, hasta el momento, está siendo realmente destacable. Howard Sant-Roos es uno de los nombres de moda en la VTB, sobre todo tras lo que sucedió el pasado 31 de octubre ante el VEF Riga. Howard se multiplicó, anotó 29 puntos, cogió 8 rebotes, recibió 8 faltas y dejó claro que está en Nymburk para liderar.
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Cuando el balón más quemaba, Howard se la jugó, aprovechando su físico, y anotando la canasta de la victoria. No sólo eran números. También sensaciones. Acababa de demostrar que también sabía resolver al final del encuentro.
Mas Howard sigue pensando en Cuba. No conoce demasiado del baloncesto de allí, aunque sí ha oído hablar de varios jugadores, como Yorman Polas, del Giessen 56ers, o Taylor García, en el Quintanar de LEB Plata. Ellos, junto a Yasiel Rivero y Javier Justiz, podrían ser una generación de oro para el baloncesto cubano. “Me encantaría ponerme la camiseta de Cuba y representar a mi país, y por qué no, hacer algo parecido a lo que ha logrado Venezuela.”
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Howard quiere seguir creciendo. Brillar en Europa, darlo todo en cada partido. Y, por qué no, jugar en España. “Espero seguir así, jugando, riendo y amando el baloncesto”.
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Cercano, brillante, educado. Cariñoso, amable, y familiar. Sobre todo, familiar. “Si hay algo que destacar de mí es “familia”. Es lo principal para mí. Crecí con mis tíos, con mi madre, con mis abuelos, hemos vivido todos en una misma casa. Todos sabemos cómo es Cuba, somos muy pobres, y vivíamos todos juntos, compartíamos, discutíamos y nos amábamos.” Howard Sant-Roos no sería quien es sin su familia, lo reconoce y lo siente. Cuba es su tierra, pero tampoco quiere abandonar Europa cuando se retire.
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¿La solución a ello? La da él mismo: “No sé qué haré al final de mi carrera. Supongo que estaré 6 meses en Cuba y 6 en Europa, ya tengo muchos amigos en Europa e ir y no volver no me gustaría. Repartiría el tiempo en ambos sitios. Si ya es difícil cambiar, desde Cuba a Europa, y dejar amigos en ambos sitios no me gustaría, me gustaría repartir. Ya veré qué me invento.” O también se plantea dedicar algo de ese tiempo a conocer mundo. Aunque ahora, no se plantea su vida a tan largo plaza.
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Ahora, Howard Sant-Roos piensa en seguir creciendo. Aquel niño de Cuba, que jugaba en cemento, destrozaba las zapatillas, el que aprendió a jugar en la calle. Donde el baloncesto sirvió a Howard para soñar, donde su liviano peso le dio alas para volar y machacar el aro. “Juro que he intentado hacer pesas y cosas así, pero no consigo ganar peso.” Ríe cuando lo recuerda. “Quizás sea mi arma secreta, así el rival se relaja”.
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Howard Sant-Roos viene de Cuba, donde hay un pedazo de él. Pero Howard Sant-Roos debería ser de todos. Porque su brillantez, su ilusión, y sus sueños se comparten al oírlo hablar. Esta es la historia de Howard Sant-Roos. El de la familia, los amigos. El amor. El que viene de donde hay un río, tabaco y cañaveral. Donde el sudor de guajiro hace a la tierra soñar. Este es el sueño de Howard Sant-Roos.
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