MANU, YA ERES ETERNO

Por Adolfo Romero (@dopo4)

Cuando era niño
Y conocí el Estadio Azteca
Me quedé duro, me aplastó ver al gigante
De grande me volvió a pasar lo mismo
Pero ya estaba duro mucho antes

Canción: Estadio Azteca, Andrés Calamaro

La imagen de Maradona sellando el camino de los ingleses en el Mundial de México ’86 lo elevó a la categoría de mito en Argentina. Su imagen, si bien deteriorada con el paso del tiempo, sigue rozando lo divino. El mejor argentino de todos los tiempos, un título que ni tan siquiera el propio Leo Messi ha logrado arrebatarle, a pesar de sus innumerables logros. De ahí que el simple hecho de abrir el debate con Manu Ginóbili ya permite poner en alza todo lo logrado por el bahiense.

Casi 23 años después de su debut con Club Andino de La Rioja (debutó el 29 de septiembre de 1995), Ginóbili pone punto y final a una carrera incomparable, a un magnetismo que pocos deportistas han alcanzado. Poco queda de aquel chico frágil, pequeño, que se hizo hueco entre el talento argentino a base de garra y lucha, que esperó crecer hasta que, al fin, llegó el estirón.

De ahí a  Europa, donde Ginóbili comenzó como un chico argentino que probaba suerte en Calabria, y que con una agresividad y potencia dignas de estudio, llegó a la élite Europea. Manu fue objeto de deseo por diversos equipos, incluso españoles, y solo un “no” de Scariolo impidió que llegara a la ACB.

Ginóbili fue un puñal para las defensas europeas. No solo en Calabria, donde ya dejó buena muestra de su talento, inabarcable, y que dio con él en Bologna, después de recibir ofertas de grandes clubes europeos. Entonces hizo historia en una Kinder que logró el cetro europeo ante Baskonia, con Manu como líder y MVP indiscutible. Al año siguiente repitieron final, pero no pudieron superar al Panathinaikos de Obradovic y Bodiroga, entre otros.

Supo que estaba preparado. Después del amargo final en el Mundial de Indianápolis, donde tuvo que conformarse con la plata ante Yugoslavia, Ginóbili daba el salto a la NBA, donde sólo él sabía su techo. Fue después de vencer a EEUU, donde Popovich fue testigo directo de la exhibición del argentino. R.C Buford, quien apostó por el argentino en el año 99, lo definió como un potro desbocado. Y no quedó duda de aquello.

La llegada de Ginóbili a San Antonio, un equipo dirigido de manera férrea por el mencionado Popovich y liderado por Tim Duncan, una de las grandes estrellas de la liga, así como David Robinson, la leyenda de la franquicia texana. Porque aquellos Spurs distaban mucho de los que brillaron en 2014, con un baloncesto pocas veces visto, y eran un equipo duro, correoso, sin lugar a la imaginación.

Ginóbili dudó, pero nunca se rindió. Su garra, su entrega, su lectura de juego permitieron a los Spurs crecer como equipo. Dejó claro que él era el eslabón perdido. Una pieza indispensable que servía el caos dentro del orden. El verso libre, como tantas veces se le ha denominado.

A partir de ahí, el idilio de Manu con el baloncesto, en general, no ha tenido parangón. Llegó para vencer y no tardó en hacerlo, logrando su primer anillo de cuatro en su temporada de debut, donde ya dejó muestras de su talento en los playoff. No obstante, no fue hasta 2005 donde Ginóbili demostró que en su palmarés quizás debiera haber un MVP de las Finales.

El vacío que deja Ginóbili es tan grande como el que implica, con su retirada, el punto y final a la generación dorada de Argentina, la que logró el oro olímpico en Atenas, la que, de no ser por un triple fallado por Nocioni, contaría también con un título mundial.

Porque fue con Argentina con quien Ginóbili trasciende. Con quien se transforma y pasa de humano a divino. Si Maradona tuvo la Mano de Dios, Manu Ginóbili tuvo La Palomita. Aquella canasta que sirvió para cerrar la herida que se abrió en Indianápolis ante Yugoslavia. La revancha tuvo que esperar dos años, pero supo dulce. Ginóbili se vistió de mago y anotó una canasta imposible sobre la bocina y que sirvió para marcar el camino.

De ahí a la eterna lucha por los metales. Japón, Beijing, el dominio en el FIBA América. Ginóbili como líder de una generación que será imposible de olvidar.

Después del éxito en 2007, donde Manu logró su tercer anillo, siendo de nuevo clave en la final ante los Cavs, el esquema de los Spurs fue evolucionando, hasta alcanzar su cénit en 2014. De lo logrado en estos últimos años por los Spurs de Popovich poco más se puede escribir. Una oda al extra-pass, el baloncesto hecho arte, con Ginóbili ejerciendo como líder de la segunda unidad, no tan agresivo, no tan físico, pero con una de las mejores lecturas de juego y capacidad de pase que ha visto la NBA.

Del picado, donde pocos ha habido como él, y con el no-look pass por bandera, permitiendo desconcertar a las defensas rivales sin hacer perder fluidez al movimiento de su equipo. Ginóbili abría las puertas de la eternidad y del Hall of Fame mientras regalaba sus últimos minutos.

Lejos de sus mejores guarismos, desde luego, pero con el talento y el carisma intactos, Manu Ginóbili ha ido brillando allá donde fue. Y cuando más lo necesitaba su equipo, más acto de presencia hacía. Que le pregunten a James Harden, que vivió una de las últimas grandes noches del astro argentino.

De lo que pudo ser si Kawhi no llega a encontrar el pie de Pachulia, a lo que ha sido. Quizás Manu se habría retirado con un quinto anillo, apeando a los Warriors, ahora inaccesibles para cualquier otra franquicia. Mas todo entra dentro del terreno de la ficción.

Lo único real es que Manu no necesitó una temporada de homenajes. No se sintió retirado en cada encuentro que disputara. Sólo la reflexión ha impedido tenerlo un año más sobre el parqué. Y se ha ido como siempre ha sido él, elegante. Sin hacer ruido, con un mensaje sincero, que ha provocado una cascada de felicitaciones por una carrera sin igual. Porque nadie tiene un palmarés como el suyo, si diferenciamos Copa de Europa de Euroliga, donde solo Bill Bradley lo igualaría.

Se retira Ginóbili, y nos deja un vacío que será imposible de llenar. Cierra una etapa que nadie quería ver acabada. Ahora solo queda disfrutar de sus mejores actuaciones y dejar que la memoria engrandezca aún más  su legado. Que “La Palomita” siga en nuestras retinas, que su 20 de San Antonio cuelgue del techo del AT&T. Que Calamaro rinda homenaje al OAKA igual que hizo con el Estadio Azteca. Que Manu Chao nos diga cómo sería vivir si él fuera “Manudona”.

Manu, ya eres eterno.

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