JEROME MEYINSSE, DE CORAZÓN SUDAMERICANO

El estadounidense Jerome Meyinsse, hijo de un ghanés y una jamaiquina, se reprocha a sí mismo y pide perdón a su interlocutor, cuando no encuentra la palabra justa en su entendible español. Para compensarlo apela a algunos gestos. Entonces, abre grande y firmes sus manos o cierra sus puños y los aprieta contra su pecho, allí bien cerca del corazón, donde solemos ubicar nuestros sentimientos. A sus 30 años y tras haber pasado por ocho equipos en tres países diferentes (Argentina, Brasil y Venezuela) durante nueve temporadas, se le reconocen muchas virtudes humanas, además de las deportivas.

El estadounidense Jerome Meyinsse, hijo de un ghanés y una jamaiquina, se reprocha a sí mismo y pide perdón a su interlocutor, cuando no encuentra la palabra justa en su entendible español. Para compensarlo apela a algunos gestos. Entonces, abre grande y firmes sus manos o cierra sus puños y los aprieta contra su pecho, allí bien cerca del corazón, donde solemos ubicar nuestros sentimientos. A sus 30 años y tras haber pasado por ocho equipos en tres países diferentes (Argentina, Brasil y Venezuela) durante nueve temporadas, se le reconocen muchas virtudes humanas, además de las deportivas.

“Llevo una actitud positiva en la vida y la traslado al básquetbol. Soy una persona alegre y tengo una risa contagiosa, que a mucha gente le gusta. Mis padres me enseñaron que hay que ser humilde y tratar bien a todos. No soy ese estilo de estadounidense frío y con aires de superioridad. Me criaron con afecto y así soy. Por eso me gusta Latinoamérica, la gente es caliente, se abrazan. Me sentí cómodo desde que llegué, como si hubiera nacido aquí”, explica con naturalidad, el pivote de San Lorenzo.

Resulta imposible no repasar la anécdota de su inicio en el profesionalismo, cuando aceptó pagarse el viaje a Argentina para someterse a una prueba en el Club 9 de Julio de Río Tercero, con la incertidumbre de si saldría aprobado y con contrato asegurado. “Tenía confianza en que me iban a contratar. Por eso, primero, fui a buscar en el mapa dónde quedaba Argentina. No sabía nada. Me puse a averiguar sobre su cultura. Es importante conocer sobre el lugar donde uno va a vivir. Eso ayuda a la adaptación”, asegura Meyinsse, que también quiso conocer sus raíces, por lo que viajó a Ghana y a Jamaica.

Desde aquel desembarco en el interior de Argentina ya pasaron nueve años. De 9 de Julio (“contra todos los pronósticos hicimos una gran campaña, mantuvimos la categoría y armamos un gran grupo”) pasó a Bahía Basket (“aprendí mucho de Pepe Sánchez”) y de allí a Sionista de Paraná (“no fue una buena experiencia. No me sentí bien y a los dos meses pedí salir”). Enseguida firmó contrato con Regatas Corrientes y ahí cambió la historia: “Fue la mejor decisión de mi vida. Me adapté enseguida, entendí mi rol y formamos un gran equipo. Yo siempre quería anotar y ahí entendí que se pueden hacer otras cosas valiosas, que hay que hacer lo que el equipo necesita y que lo más importante es ayudar a ganar”. Así llegaron los dos primeros títulos en la carrera de Meyinsse, la Liga Sudamericana de 2012 y la Liga Nacional de Argentina en 2013.

No conforme con estos logros fue detrás de nuevos desafíos, y de un mejor contrato, con el Flamengo de Río de Janeiro. Su adaptación a Brasil también fue inmediata. El primer objetivo fue aprender el portugués. “En principio estudié sólo, después tuve una profesora que me ayudó mucho, pero entendí que la mejor forma era salir a la calle y hablar con la gente. Así aprendí mucho mejor”, recuerda y no deja dudas de la eficacia del método, ya que las palabras en portugués de entremezclan con frecuencia en su relato.

¿Por qué su prioridad por aprender el idioma? El jugador nacido en Baton Rouge, Louisiana, es claro cuando explica que “poder hablar con tus compañeros te ayuda a comunicarte mejor en la cancha y evita conflictos afuera de ella. Es una lástima que muchos extranjeros no aprendan el idioma del país donde juegan”.

En Brasil fue muy felíz, porque en 2014 ganó todo lo posible: la Liga Nacional, la Liga de las Américas y la Copa Intercontinental. Pero también, porque se adaptó de manera inusual. “Me gusta mucho el asaí (fruta típica de Brasil) y eso me unió a los simpatizantes del equipo. También me hice seguidor del fútbol. Aprendí las reglas, iba a la cancha y me metía entre los fanáticos. El único problema es que jugando al fútbol soy horrible… Esos tres años fueron increíbles, me enamoré de la cultura de Río de Janeiro, de su música y de sus playas”, dice Meyinsse, al que aquella experiencia le dejó también una novia, con la que convive desde entonces.

En Brasil tuvo un solo mal momento: cuando inesperadamente falleció su padre de un ataque al corazón. Para Jerome, “fue un golpe muy duro, porque además, soy hijo único y éramos muy unidos. Aunque lo sabía, ahí entendí que debemos disfrutar cada día como si fuera el último”.

Ahora su actualidad es San Lorenzo, de nuevo en Argentina. “En Flamengo estaba demasiado cómodo. Quería otros desafíos, volver a jugar bajo presión y en un equipo con muchos simpatizantes. Quería sentir ansiedad antes de los partidos y eso lo logré en San Lorenzo”, explica. Llegó y fue campeón en 2017. Sin embargo, no le renovaron contrato y emigró a Atenas de Córdoba. Asegura que no lo tomó mal: “Es parte de este trabajo. Hay que aceptarlo. Si no lo hacés, la vas a pasar mal. Me fui bien de San Lorenzo”.

Haberse ido en buenos términos le dejó la puerta abierta para el regreso, que se produjo un año después. “San Lorenzo te presenta desafíos permanentes. Todos te quieren ganar, los partidos son siempre calientes y te obligan a dar lo mejor de vos”, expresa, poco antes del debut frente a AEK de Atenas, en la Copa Intercontinental, que se disputará en Río de Janeiro, donde se encontró con viejos amigos.

Meyinsse aclara que para él mantener esos afectos, los que supo generar en todos estos años, es fundamental. “Hice muchos amigos en Argentina y Brasil y aprendí mucho de sus culturas. En Estados Unidos nos enseñan que somos los mejores del mundo, pero yo siento que en Sudamérica se hacen mejor las cosas. Hay que tener humildad para aceptar que las cosas se pueden hacer de otra forma. Por ejemplo, la familia tiene un valor superior. Eso es importante. En Estados Unidos trabajamos toda la vida y no disfrutamos. Se lo digo a mis amigos. Yo iba por ese camino. En Sudamérica se disfruta más”, dice y se augura unos cinco años más de vida deportiva, tras lo cual espera dedicarse a viajar por el mundo.

Sin embargo, hoy reconoce que su lugar está en Sudamérica, entre Buenos Aires y Río de Janeiro: “Me gusta vivir con los latinos, son más afectuosos. No quiero volver a la forma de vida de mi país. Cuando voy de vacaciones a Estados Unidos, visito a mi mamá y a mis amigos y ya me quiero volver. Estoy más cómodo acá”.

Texto: Alejandro Pérez/FIBA
Fotos: FIBA

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