🇦🇷 ESTEBAN PÉREZ, LA HISTORIA DE UN GALLO SUELTO EN LA LIGA NACIONAL

En nueva entrega de “¿Te acordás de…?, el Gallo cuenta sus inicios y cómo formó su vida alrededor del básquet. Además, sus mejores anécdotas y los duros momentos que le tocó vivir, como la pérdida de su hijo.

A lo largo de su vida, Esteban Pérez se ha codeado con los más placenteros extremos, pero también con los más angustiantes. Gritó campeón con GEPU de San Luis en la 92/93, pero sufrió el descenso tanto en Quilmes como en Olimpia de Venado Tuerto. Emigró para liderar el ascenso del Juver Murcia a la ACB, pero las complicaciones con su pasaporte lo enredaron en un litigio que duró casi dos décadas. El básquet le marcó el camino para convertirse en un jugador y una persona excepcional, pero el que hoy guía sus pasos es su hijo Joaquín, quien falleciera con 7 años tras ser atropellado mientras manejaba su bicicleta.

Nacido en Rosario y criado en Maciel, aquel alero de 2m01 forjó una carrera que todavía lo deposita en el Top 10 histórico de los máximos anotadores de nuestra Liga Nacional. Su experiencia en el exterior parecía haber comenzado con el pie derecho, aunque un proceso judicial que lo acusó de falsificación le cerró las puertas del viejo continente casi por completo. Con una mano letal, integró la Selección Argentina prácticamente por 10 años, dándose el gusto de competir ante el verdadero Dream Team de Michael Jordan y de obtener la medalla dorada en los Panamericanos 1995.

En una íntima y extensa charla con Prensa CAB, el Gallo habla sobre su actualidad, revive los duros momentos que le tocó atravesar y nos cuenta sus más divertidas anécdotas, desde sus inicios cuando un distraído portero fue despedido, hasta la noche en que orinó la mano de Juan Espil en busca de efectividad. Su trayectoria comenzó defendiendo los colores de Olimpo y Estudiantes de Bahía Blanca, una ciudad donde todavía reside parte de su familia y que reconoce como su segunda casa. No sería la única que vez que juegue para dos clubes rivales…

Contame sobre el principio de tu historia con el básquet. Nos habíamos mudado a Pergamino por el trabajo de mi padre. Yo tenía 13 años y un profesor de Gimnasia y Esgrima, que me conocía de intercolegiales, me invitó a jugar en el club. Acepté y quise presentarme a entrenar, pero el portero no me dejó ingresar porque no tenía carnet de socio. Al otro día me fui a Argentino, donde jugué hasta mis 18 ganando muchos campeonatos formativos. En esa época no había celulares, entonces a los días los de Gimnasia fueron a buscarme pensando que yo nunca había ido. Ahí se enteraron de lo que había pasado y que ya había fichado con el club rival. Al pobre portero lo terminaron echando…

Comenzás tu trayectoria profesional jugando para dos clubes de Bahía Blanca, primero Olimpo y luego Estudiantes. ¿Qué es lo más impactante de aquellos primeros años y cómo fue jugar en dos clubes con tanta rivalidad de por medio?
Mi inicio en la LNB fue con Olimpo en el ’85, un año difícil donde la Liga recién comenzaba, se viajaba mucho, había canchas con pisos de granito, pero me adapté bastante bien. En la segunda temporada llegamos hasta la final, y luego de la tercera contrataron jugadores de jerarquía como Tato López, Fefo Ruiz y Hernán Montenegro, por lo que decidí irme. Ahí me buscaron de Estudiantes. Al principio, algunos estaban enojados, pero en general tuve buena relación con ambas hinchadas. Algo similar me pasó en Mar del Plata, ya que jugué en Peñarol y luego en Quilmes, pero los del Milrayitas lo entendieron. No me parece algo malo, siempre fui respetuoso y dejé todo con cada camiseta que utilicé.

Después de una experiencia polémica en el Murcia, volvés a la Argentina, y para la 92/93 pasás a GEPU, donde se coronan campeones con un equipazo ¿Cómo recordás aquella gran temporada? Jugaban con el sistema VEDIME y tenían sólo dos jugadas: una para Espil y otra para vos.
Volví para jugar una temporada en Olimpo. Para la siguiente, Espil -a quien conocía de la Selección- me llamó para ir juntos a GEPU. Hicimos una pretemporada tremenda de un mes corriendo en la montaña. Terminamos con un récord fenomenal (45-13) y pude conseguir mi único título en clubes. No hubo lesiones graves, teníamos buena química, fue un año perfecto. Gustavo Fernández hacía jugar a todos y dosificaba la bola entre Juan y yo. Carl Amos defendía bárbaro y Roland Houston aportaba puntos y rebotes. Elnes Bolling podía reemplazar a cualquiera, y los chicos también dieron una mano. Teníamos sólo dos jugadas y dos salidas laterales, Antonio Manno era la antítesis del técnico argentino de esa época. El trabajo físico nos dio una ventaja, nos convertían y cuando volteaban ya estábamos del otro lado entrando en bandeja. Encima cortamos las redes en cancha de Atenas, fue algo increíble.

No puedo dejar de preguntarte por el “bautismo” que le hiciste a Espil antes de enfrentar a Gimnasia (C) en aquel cuarto juego de semifinales. 
Gimnasia tenía un equipo de locos: Merchant, Moten, Uranga, Aispurúa, Landsberger. De hecho, en ese famoso juego, Andrew Moten convirtió 63 puntos, el récord de anotación de La Liga. Lo que pasó es que Merchant le había tomado la mano a Espil, quien en los primeros tres partidos no había metido un solo triple. Entonces, antes de entrar a la cancha en Comodoro, lo llamé al baño, le oriné la mano para sacarle la mufa y no dejé que se la lavara. ¡Y funcionó! Entre los dos hicimos 69 puntos. Con Juan tenemos una hermosa relación, cada vez que nos encontramos me lo recuerda entre risas.

Si bien tuviste una gran trayectoria, también te tocó descender con Quilmes y Olimpia en 1996 y 2000, respectivamente. ¿Qué sensaciones te quedan de aquellas experiencias?
Lo de Quilmes lo sufrí muchísimo, me siento muy culpable. No podía creer que con semejante equipo hayamos descendido. Teníamos a Dominé, Racca y Uranga, quien creo que apenas pudo jugar dos partidos por lesión. A mí me operaron del talón. Fue de esos años donde todo sale mal. En Venado Tuerto, si bien fue doloroso, la situación era distinta: el club estaba prácticamente en quiebra, nos quedaron debiendo, había chicos que no tenían para comer. Toda esa negatividad influye a la hora de salir a la cancha. No teníamos mal equipo, estaban Walter Herrmann, Mauricio Hedman, Fabián Righi, Ezequiel Lamas y buenos extranjeros. Hicimos todo lo posible para salir adelante, pero te aseguro que no nos dejaron, desde lo dirigencial hasta el arbitraje.

Te retiraste en 2004 jugando para Libertad de Sunchales y comenzaste a trabajar en el ámbito de la salud. ¿Actualmente seguís en el mismo sector?
Así es, hoy estoy viviendo en Maciel -el pueblo santafesino donde me crie- y trabajando en la salud gremial. Además me recibí como productor de seguros, así que también estoy con eso. Viajo constantemente a Buenos Aires, me mantengo bien y con la cabeza ocupada.

Si bien abandonaste la actividad profesional a los 38 años, continuaste por un tiempo jugando en ligas menores y torneos de veteranos. ¿Cómo es tu relación con el básquet al día de hoy?
Volví a la actividad profesional con 43 años jugando dos temporadas del Torneo Federal con Hispano Americano. Participé también de una liga santafesina y del maxibásquet porteño, sólo por diversión. Aunque no me gusta mucho el estilo actual de la NBA, miro a Campazzo cada vez que juega, y lo propio haré con Deck. Es admirable lo de ambos, para aplaudir y disfrutar. Respecto a la Liga Nacional creo que estamos en una meseta, entendible por la pandemia y la economía. Pero hay muchos chicos que juegan muy bien, ojalá puedan seguir desarrollándose.

Esteban no sólo es considerado, también tiene la sensibilidad de alguien que pasó por lo peor. Unos minutos después, tras las últimas frases que están por leer, estas fueron sus palabras: “tocaste el tema de mi hijo, se me hace un nudo en la garganta y en general no puedo hablar. Pero no sé, se ve que tenés buen aura y te pude contar, no es fácil el tema”.

Hace 12 años sufriste una pérdida que nadie está preparado para afrontar, la de tu hijo Joaquín. ¿Sentís que con el pasar del tiempo pudiste salir adelante o es un día a día?
La pérdida de Joaquín fue un golpe tremendo, un martillazo en la cabeza en el que no entendía nada, y tampoco lo entiendo ahora. En agosto cumpliría ya 20 años, pero lo veo en las fotos y para mí va a ser siempre mi chiquito de 7. Son cosas de la vida para lo que uno nunca está preparado. Pienso que es necesario soltar, dejar ir, pero a la vez siento que él está cerca. Por supuesto que lo recuerdo, lo extraño y cuando estoy solo lo lloro, creo que es algo lógico y que no está mal. Lo llevo conmigo como una guía, una luz que me ilumina, una energía que utilizo para seguir adelante. Sé que nunca pude volver a sonreír como antes, pero es imprescindible tomar eso tan malo que pasó e intentar convertirlo en algo positivo para todos los días…

Tanto compañeros como rivales de toda tu vida deportiva fueron a verte y te acompañaron en ese momento…
Sí, el apoyo que tuve de todos los jugadores que me llamaron y se acercaron a mi casa fue maravilloso, incluso personas con las cuales había tenido algún roce. Eso te ayuda a equilibrar un poco la mente. Después de lo que pasó con Joaquín, tuve la suerte también de ir a un Juego de las Estrellas donde me hicieron emocionar hasta las lágrimas. Son cosas que llenan el alma y te muestran que algo bueno hiciste para recibir tanto afecto.

Cuando mirás el retrovisor y observás al Gallo jugador, ¿qué ves? ¿Qué te dejó el básquet?
La pelota fue mi vida. La perseguí para un lado y para el otro, me dio una mujer, un hijo, gente hermosa, experiencias buenas y malas. Si bien tengo comunicación con muchas, me encantaría tener más tiempo para compartir con todas las personas que me abrieron una puerta. Esas que me acompañaron incluso en lesiones y enfermedades, simplemente por llevar la camiseta de su club. Por más que hoy esté alejado del básquet, todos los días, incluso en esta conversación, esa pelota forma parte de mi vida. Es la que me guió, me dio de comer y forjó como ser humano.

Texto: Kevin Chareun / Prensa CABB

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