🇦🇷 LUCA VILDOZA, LA HISTORIA DE UN DISTINTO

El marplatense es mucho más que un talento excelso: es resiliencia para superar lesiones traumáticas y mentalidad para mejorar su físico y su defensa que le han permitido triunfar en Europa y dar un nuevo salto, ahora hacia la NBA.

Papá, no quiero saber más nada. ¡No juego más!

Miramar. 20 de septiembre de 2013. Los sentimientos de tristeza, bronca y injusticia invaden a un joven Luca Vildoza. Tiene apenas 18 años pero ya está cansado de tantos infortunios, de tantas lesiones, y así reacciona, en medio de su llanto y aún en silla de ruedas, cuando se encuentra en el hospital con su padre Marcelo. Minutos antes, en un amistoso ante Lanús, el base suplente del equipo de Quilmes (MdP) que se prepara para el TNA (hoy Liga Argentina) saltó a tapar un rival y cayó mal sobre su brazo izquierdo. Los gritos del pibe hacen intuir lo peor. “Cuando lo vi y escuché los gritos me agarré la cabeza y dije ‘otra vez no, por favor’”, recuerda Marcelo, aquel ex jugador que fuera campeón de la Liga Nacional con Peñarol en 1994. La predicción es acertada: su hijo acaba de sufrir la fractura expuesta de cúbito y radio. Y no es la primera vez. Apenas un año antes, también por ir tan arriba como lo empuja su pasión y potencia física, se había quebrado ambas muñecas al volcar una pelota ante Independiente de Tandil. Dos lesiones graves en un año parecen demasiado. Acobardan, hacen pensar lo peor y eso pasó con Luca. Lamentablemente, esas dos no fueron las únicas. El marplatense, hoy de 25 años, tiene un historial de problemas físicos que sirvieron para templar su carácter y hacerle ver las cosas desde otra perspectiva, permitiéndole hoy disfrutar de lo bueno y ser resiliente ante cada mala. Por eso hoy, seguramente, debe estar especialmente contento, cuando sabe que New York Knicks, uno de los equipos más famosos y tradicionales del mundo, lo han contratado. Cuando sabe que, si no pasa nada raro, en los próximos años se pondrá una camiseta mítica y jugará en el estadio más famoso del mundo, el Madison Square Garden.

“La de Miramar fue la peor, pero Luca soportó varias lesiones durísimas. De chico tenía dolores permanentes en la espalda, luego se fracturó un dedo del pie cuando pateó una silla y después, en ese mismo dedo, tuvo fractura por stress. También tuvo otra en el tobillo antes del Mundial U19 del 2013 que lo tuvo mal anímicamente”, detalla el padre. La especulación era que la seguidilla de problemas tenía que ver con que el cuerpo de Vildoza no estaba listo para semejante potencia y velocidad que mostraba el pibe. “No cualquier se sobrepone a situaciones tan complejas y a la edad que le pasaron. Hay que pensar que se perdió un campus NBA, dos Mundiales de formativas y dos comienzos de Liga Nacional”, razona Luis Fernández, coordinador de inferiores y DT del U19 de Quilmes de Mar del Plata, el club que formó a Vildoza. Pero, claro, Luca siempre demostró un temple especial para bancar lesiones y superar miedos. “En un torneo en Necochea, con 13 años, recuerdo que tuvo que salir por los dolores en la espalda pero cuando vio que sus compañeros no podían sostener la ventaja, me pidió volver. Insistió tanto que regresó al juego y lo terminó ganando”, recuerda Nicolás Mengoni, su coach de inferiores.

Los problemas nunca se detuvieron del todo pero tampoco pudieron con él. Era fines de enero del 2020 cuando el marplatense se enteró que, otra vez, debía pasar por el quirófano. Los problemas recurrentes en el hombro derecho no menguaban y las 11 infiltraciones sólo habían servido para palear la lesión porque él había pedido no parar, intentar todo antes de “volver al cuchillo”. La decisión de los médicos del Baskonia no tuvo vuelta atrás: había que terminar con el problema de raíz. Pero, claro, para Luca era volver a vivir una situación que había sido traumática en su corta carrera. Era una más, aunque claramente la más leve de todas las lesiones que habían puesto a prueba su temple, carácter y pasión por el juego. Pero, como siempre, él volvió y menos de cinco meses después, era el MVP de la final de la Liga Endesa. El virtuoso base he hecho un master en esto de volver y brillar, sufrir y resurgir. Casi como si fuera el Ave Fénix.

Tradición familiar y un talento desde la cuna. Luca nació en cuna de básquet. Su abuelo materno fue presidente del club Kimberley (MdP) y allí empezó a jugar a los cuatro años. Hasta que su abuela, fanática de Quilmes, lo hizo cambiar. También por la influencia de su padre, quien fue jugador de Liga durante cuatro temporadas y está más identificado con Quilmes que con Peñarol, pese a que fue campeón con el Milrayita. Marcelo tuvo un modesto promedio de 5.2 puntos en la Liga, pero en el primer juego de la semifinal del 94 ante Olimpia de Venado Tmetió 27 puntos, con siete triples. Fue en la única campaña que jugó allí, “mi club siempre fue Quilmes, el que me trajo de Tucumán”, aclara. Un año después de aquel festejo, justamente, nacería Luca, base como él. “Pero mucho mejor, no hay que ni aclararlo. Yo era medio pelo. Es más, sacó más a la madre que a mí. Ella es una leona y el regresar así de las cosas malas mi hijo las sacó de ella”, compara. Luca, sin embargo, siempre tuvo a su padre como espejo. Incluso en inferiores lo criticaban porque decían que lo vivía mirando, pidiendo consejos o aprobaciones. “Es verdad, pero enseguida me di cuenta de que mucho no le podía decir, que estaba en otro nivel”, aclara Marcelo.

Vildoza fue siempre un distinto. Desde sus inicios. “Se destacaba mucho en su división e incluso yo lo llevaba a las superiores, aunque no pudiera jugar por reglamento, como me pasó en la U13 marplatense”, cuenta Mengoni. Luca era una esponja que, por sus condiciones físicas y técnicas resolvía todo muy rápido. “Jugaba fácil y era muy elegante. Desde mini tiraba pases de faja… Tenía un talento superior a la edad”, rememora Tomás Alonso, quien compartió equipos desde premini. Mengoni relata una jugada que lo impactó, cuando el pibe tenía 10 años. “Recibió la pelota, esquivó al primero con un cambio de mano, hizo un giro invertido con faja incluida y dejó una bandeja pasada. Recuerdo que todos, desde entrenadores a padres, pasando por los mismos nenes y hasta los árbitros, quedaron maravillados porque no son jugadas que se ven a esa edad. El unir tantas virtudes en una misma acción, la pureza de la técnica y el nivel de ejecución en un segundo me hizo pensar que estábamos en presencia de un extraterrestre”, cuenta Nicolás, quien también recuerda la primera volcada de Vildoza, en los Juegos Bonaerenses, a los 15, que despertó el asombro del público. El padre resume el placer que fue ver jugar a su hijo durante la etapa de crecimiento. “Los que no lo vieron jugar entre los 8 y los 15 años no saben lo que se perdieron. Por eso, cuando Luca hacía cosas impactantes en la Liga, los únicos que no se sorprendían eran los padres de sus compañeros de divisiones inferiores”, comenta Marcelo.

Un compañero para atesorar. Para armar un combo casi perfecto, está Tomás para resaltar los valores del amigo. “Yo me animo a decir que como compañero fue mucho mejor que como jugador. No sólo que no era agrandando, siempre estaba preocupándose por el resto, buscando ayudar. Una figura muy solidaria, que ponía el equipo por encima de las individualidades. Eso sí, dentro de la cancha y cuando las papas quemaban, la pelota siempre la agarraba él, como sigue haciendo hoy”, completa Alonso. Patricio Coco Piñero, el hermano menor del Faca, otro símbolo de Quilmes que llegó a la Selección, tiene otra anécdota que resume lo que fue Vildoza como compañero. “Era 2013, estabábamos con Luca en el TNA con Quilmes, ambos teníamos 17 años. En un partido televisado contra Huracán de Trelew, el técnico Leandro Ramella me manda a la cancha. Era mi debut profesional. Cuando me paró, todo Once Unidos se viene abajo, gritando “olé, olé, Coco, Coco”, yo estaba muy nervioso… Entro y Luca se me acerca y me dice. ‘Vos tranquilo, yo te hago la seña y vos vení a meterme una cortina y abrite que te la doy’. Como habíamos hecho desde que teníamos 12 años. Fue lo que pasó y todo terminó con mi triple. Yo, como se ve en una foto, sólo atiné a chocarle la mano y él pegó un salto como él hubiese metido su primer triple. Luca, en vez de querer mostrarse, sólo se preocupó por que yo disfrutara, teniendo la madurez de un tipo de 20 años de Liga para ponerle el broche de oro a uno de los momentos más felices de mi vida”, relata desde Mar del Plata.

Devolverle a su Quilmes y afianzarse en la Liga. Cuando Baskonia lo compró, en 2016, accedió a que se quedara una temporada más en la Liga Nacional. “Fue una apuesta arriesgada, nuestra y de Quilmes, que le dio el equipo a Luca, pero todo salió redondo. Llegaron a final de conferencia y él se fue más preparado a España”, analiza el padre. Pero, claro, Europa es otra cosa, en todo sentido, pero en especial en lo físico y a Luca le costó hasta al punto que hubo días que llegaba llorando a la casa por la frustración, según relató su madre. “Sabía que sería duro, pero cuando estás ahí, te das cuenta que es otra cosa y sí, claro, sufrió bastante en esos primeros dos meses. Le costaba defender, también atacar. Yo, cuando veía los partidos, pedía que lo sacaran, porque lo veía sufrir… Por suerte le tocó un DT ideal, como Pedro Martínez, bajó varios kilos con la dieta y ese cambio físico le permitió defender. Y empezar a jugar…”, detalla Marcelo. El padre completa su análisis sobre cómo siguió el proceso de su hijo. “En el segundo año hubo un cambio de DT, pero el nuevo también le dio mucha confianza. El llamado de atención fue que terminó muy desgastado en lo físico. En ese sentido tenía que dar un salto y lo hizo en esta tercera campaña”, opina.

La adaptación y maduración en Europa. Fernández es del círculo íntimo de los Vildoza, hombre de consulta permanente, por eso vale escuchar su análisis sobre el progreso de virtuoso base. “Yo noto una importante maduración intelectual con respecto a su edad. Me asombra cuando hablo con él y eso lo veo plasmado en la cancha. Una de sus falencias era lo defensivo, cómo iba a sobrellevarlo en Europa y hoy, si bien no es Campazzo, al menos hace sombra, como lo cargo yo cuando hablo (se ríe). Tácticamente está jugando bárbaro, en ambos costados. Eso habla de su progreso en todo sentido. Juega en ambos puestos, base y escolta, y eso también le ha dado confianza. El resto lo hace con su enorme talento, el mismo que tenía a los 8 años. Luca nació así, siempre le salió todo fácil. Y todavía tiene mucho futuro por delante”, analiza el coach.

El padre cree que la maduración en la cancha tiene que ver con la personal. “Yo lo escucho día a día, la visión que tiene de la vida, y noto cómo afronta cada desafío. Como pasa con las lesiones, que han sido traumáticas, pero para él son contratiempos. Tiene claro, desde muy chico, que esto es su vida y sabe cómo lidiar. Además tiene la ayuda de psicólogos… Noto a Luca con otra madurez y eso está directamente con todo lo vivido, con una experiencia de vida mucha mayor a cualquier chico de su edad, por frustraciones y alegrías que lo han hecho crecer”, explica. Luca acuerda. “Es así, estoy realmente disfrutando del momento que estoy pasando, sabiendo que en el deporte hay altos y bajos, y cuando te toca la buena, hay que disfrutarlo”, dice. El ser MVP de las últimas finales de España lo elevaron en la confianza y le dieron tranquilidad. “Un premio así da otra confianza, te genera una mentalidad diferente, como para volver a demostrar que el MVP no fue sólo ese día… Y esta temporada, la verdad, me he sentido muy cómodo, siendo un pilar del equipo, sabiendo que Dusko (Ivanovic, el DT) me ha dado esa responsabilidad, me lo hace saber en cada juego y cada práctica. Por eso disfruto más que antes”, aclara.

Y sí, Luca, en un punto, es otro. Con el mismo talento de siempre, pero otro dentro de la cancha y afuera. Primero, por su físico, absolutamente cambiado a partir de los cuidados, profesionalismo y la dieta adoptada con los gurúes de la Selección. “Es una dieta muy estricta, difícil… Yo, por caso, en Quilmes no la hacía cuando estaban en mis primeros procesos con la Selección y cuando concentraba, lo sufría. Me moría de hambre. Una vez recuerdo que me escapé a un McDonald’s y me retaron. Eso me hizo cambiar el chip”, cuenta, sobre esta metodología que básicamente es comer dos veces al día, sin desayuno ni merienda. “Me costó adaptarme, pero me cambió mucho. Yo pesaba 87 kilos cuando llegué a España y ahora estoy en 77. Estoy más flaco, pero no perdí fuerza y potenció mi rendimiento”, resalta quien se cuenta cuando ve dos fotos suyas, una del 2015 y una actual. “Se nota mucho, sobre todo en los cachetes”, compara entre risas. Tal vez esta condición física hace que las lesiones “ya sean parte del pasado”, como admite. “La temporada anterior tuve una difícil, pero no fue tan dura como otras de años anteriores. Por eso creo mentalmente es lo principal, lo estoy disfrutando y todo tiene que ver con todo”, considera quien ya no está en pareja aunque asegura que su perro, un setter irlandés, es una compañía muy especial. “Siempre está ahí. Da igual que lo rete, que haya jugado mal o me haya peleado con alguien, tengo su emoción y cariño. Para él soy su mundo, me transmite energía positiva y me hace olvidar de todo. Mucha gente cree que es un perro, nada más, pero es mucho más para mí”, explica.

Luca está a punto de dejar Vitoria, tras cinco años maravillosos en lo que dejó una huella profunda en este equipo vasco que, desde hace 30 años, es la principal sucursal del básquet argentino en Europa. Vildoza ha sido determinante en ganar la ACB hace poco menos de un año, siendo MVP y quedando en la memoria colectiva por jugadas de lujo, como aquellos amagos ante pivotes (él mismo aceptó, en charla con Prensa CAB, ponerle “el chicle” a esa jugada) o esos triples kilométricos o agónicos para ganar juego o mandar partidos a tiempo extra. Con este nivel, también demostrado en el Mundial con Argentina, se va a la NBA mientras vive un sueño. “Ni en los sueños pensé que iba a llegar a esto. La vida es buena, te lo juro”, reconoce sin decir que él también ha colaborado para que el presente le sonría…

Texto: Julián Mozo / Prensa CABB

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